“23 segundos” y un triunfo del cine nacional

La primera película del ruso radicado en Uruguay Dimitry Radikov tiene la valentía de meterse en un tema complejo como el retraso mental y mantener de fondo una historia de amor, con un gran trabajo del protagonista Hugo Piccinini

23 segundos

Puntaje: 8

Lo primero que hay que decir de 23 segundos es que no tiene miedo. No es un típico “bajón uruguayo”. Se mete con un tema escabroso como el retraso mental y se embarra como debe hacerlo, sin canonizar a su protagonista. Incluso, una escena en particular es polémica y divisiva, lo que la hace difícil de tragar y por eso más memorable. La primera película del director ruso radicado en Uruguay Dimitry Rudakov es una obra compleja, que tiene su corazón en Emiliano, el limpiavidrios encarnado hasta el hueso por un fenomenal Hugo Piccinini. De a ratos se hace lenta, aunque algunos segmentos de tensión y otros de humor la levantan.

Un día como cualquier otro, el solitario Emiliano se levanta 23 segundos antes que de costumbre. 23 segundos le lleva normalmente limpiar un parabrisas en la esquina de las afueras de la ciudad en la que puede estar solo, casi todos lo conocen y nadie lo molesta por ser un poco retrasado. Ese mismo día, sin saber por qué, rompe su regla de no trabajar más si se cumple el mal augurio de tres autos negros seguidos, y ve cómo dos ladrones en moto le roban la cartera a Carina, una mujer rica (Stefanie Neukirch), y le dan un tiro. Emiliano la rescata y de inmediato queda totalmente enganchado con ella, a pesar del obvio rechazo de la chica, que se siente casi secuestrada. La lleva a su casa para que su madre ex doctora la cuide, y pretende que allí se quede. No tiene maldad; en su trastorno piensa que así por fin podrá tener una mujer. Carina lo ve con un cristal bastante diferente.

Piccinini es el destaque principal de la película, aunque tiene un muy bien guion con el que trabajar, escrito por él y por Radikov. Su historia es agridulce, no es Forrest Gump. No todo lo que hace está bien. Por sobre todas las cosas, lo más triste es que él sabe lo que le pasa, pero no es como Una mente brillante u otras películas del estilo. Haga lo que haga, Emiliano nunca se va a curar, lo que hace mucho más pesados sus deseos de normalidad, de tener un amor como cualquier otro. Una escena en la que sueña que cena con lujo en el Rara Avis junto con Carina comienza con mucho humor y se encarga de ir convirtiendo esa sonrisa en una mueca de impotencia por lo que le pasa al personaje. Sin embargo, así como hace empatizar al público, también lo enfrenta con las situaciones más radicales en que Emiliano podría meterse. Cuando se mete al cuarto de la chica supuestamente dormida y empieza a acariciarla, es difícil de ver. Es quizá más difícil sacar la vista de encima de Piccinini.

También hay que resaltar el trabajo de cámara del director de fotografía Diego Pavese, que en la escena clave en que Carina recibe el disparo tiene que trabajar casi sin música y ningún tipo de efectos para mostrar el accidente y la desesperación que invade a un Emiliano que no termina de abarcar lo que acaba de suceder y que no tiene manera de llamar a una ambulancia en el medio de la nada. Pavese lo resuelve con maestría, el disparo sucede en el fondo de la imagen y eso le da más sorpresa y fuerza; también de verdad se siente la soledad del protagonista.

Pero así como se tiran rosas, también se puede criticar la actuación de Neukirch y la de algunos personajes menores (una chica que presencia un ataque de nervios de Emiliano en mitad de la calle y parece hasta aburrida, por ejemplo). Neukirch recibe un tiro y su personaje queda totalmente tranquila. “Me dispararon”, dice como si fuera que le acaban de dar un volante. Piccinini banca solo casi todo el filme. Es él quien logra mantener el interés cuando la historia decae. Emiliano es un personaje tan complicado que es imposible no querer saber qué va a ser de él.

Radikov se recuesta tal vez demasiado en la actuación. Según contó a Montevideo COMM, el rodaje fue bastante improvisado en cuanto a la fotografía, lo que resta la posibilidad de alguna imagen recordable además de la ya mencionada, y sin dudas esa poca atención al ritmo tiene que ver con la lentitud que absorbe por momentos a la película. De cualquier manera, la valentía del director ruso es digna de destacar. El final redime al personaje de sus vaivenes al destacar su corazón por encima de sus problemas, y si bien se podría haber evitado el recurso obvio de una voz en off que explica demasiado, es una excelente carta de presentación para Radikov y Piccinini.

Gastón González (@GastnGonzalez1)

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