Campo: buscar la profundidad en tiempos de streaming

La banda de Juan Campodónico, Martín Rivero, Verónica Loza y Pablo Bonilla publicó Tambor del cosmos, su nuevo álbum basado en la espiritualidad del ritmo. En MOOG hablamos con la banda sobre la música vista como un conector emocional entre personas, cómo es la vida en Shanghái, la importancia del baile y cuáles son sus proyectos para este año

Fotos: Matilde Campodónico

¿Cómo podrían definir el concepto de “Tambor del Cosmos”?

Martín Rivero: El nombre del disco viene de un libro que estaba leyendo Juan sobre la filosofía africana y de la cosmovisión.

Juan Campodónico: [África y el tambor, de Beatriz Hilda Grand Ruiz] es un libro que habla de cómo la cultura negra africana ve a la resonancia del tambor como la base de conexión de la música y el ritual como una cosa con mucho sentido, con mucha profundidad; no como un divertimento.

M.R.: Es una oportunidad de trascendencia…

J.C.: Claro. Entonces dijimos que nos podíamos basar en eso justamente porque estamos en un momento en el que la música tiende a ser de consumo más rápido y más literal, con menos profundidad. Es una linda inspiración hacer un disco pensando en cómo reconectarnos o cómo conectarnos a través de la música con cosas que tengan sentido para nosotros. Ese fue el disparador para escribir la canción “Tambor del Cosmos”, que habla de cómo la resonancia de la música te puede llevar a un lugar profundo. Cada uno le puede dar el sentido que quiera pero una música se relaciona con un momento específico de tu vida.

M.R.: Queremos enfatizar en la idea de que la música oficia de link entre las personas y en las relaciones que se establecen a través de la música; ya sea un ritual, una fiesta o con los recuerdos. Es que la música es una cosa muy poderosa.

La canción “Tambor de los cosmos”, cantada por Gustavo Santaolalla, se relaciona con lo que él planteaba en su etapa con Arco Iris (banda psicodélica de principios de los setenta). Algo que se puede ver en canciones suyas como “Abre tu mente”, “Viaje astral” y  “Canción de cuna para un niño astronauta”. ¿Santaolalla colaboró con la letra?

J.C. En realidad la escribimos nosotros y él la cantó. En un momento nos dimos cuenta de que era un tema interesante para que no lo cantáramos nosotros y pensamos en él porque venía de esa era del rock psicodélico; era un momento de mucha exploración en la música y de tratar de buscar en los estados de conciencia para expandir los límites de las formas musicales.

Aparte de la psicodelia, Gustavo ha sido muy importante en la música latina y es un tipo que nos ha inspirado mucho como compositor. Cuando él cantó “Tambor del cosmos” adquirió otra dimensión: agarró más significado, era como conectarse con alguien que venía de otra generación y de otro momento, y la letra habla de eso.

Caí en la cuenta de que Santaolalla tenía varias canciones que hablaban del cosmos, incluso con las mismas palabras, pero eso fue después de haberla escrito. Quizá hicimos la letra a un nivel inconsciente.

M.R.: Es que después llegamos a darnos cuenta de que era una canción con un significado mucho más profundo y que nos trascendía a cualquiera de nosotros. Incluso el estribillo lo cantamos todos juntos, lo que genera un ensamble de todas las personas; ahí volvemos a la idea de que música oficia de link entre personas.

Creo que esa idea se representa  perfectamente en la portada del álbum: se puede ver la resonancia que genera el grupo mientras toca y a la vez cómo eso los une…

J.C.: Exacto, la tapa representa esa idea de cómo nos atraviesa la música. Lo interesante es que Campo es un grupo que hace música pop, no es un lenguaje rarísimo, no es música minimalista. Entonces tratamos de ver cómo lograr que con un ritmo que ya está muy explorado tratar de llegar un poquito más profundo. Por ahí tenés “Bailar quieto”, que mezcla reggaetón, cumbia y hasta un acordeón de sertanejo, cosas muy populares  y muy de esta zona, en el sentido en cómo están mezcladas.

Al mismo tiempo nos metimos en el reggaetón pero no con una letra machista, sino que hablamos desde un lugar bastante poético sobre no poder bailar. La idea de “Bailar quieto” se basa en la contradicción. Esa idea del claroscuro está muy presente en el álbum y surge con que Martín estuviese viviendo en China cuando empezamos a grabarlo.

¿Cómo influyó el hecho de que Martín esté viviendo en Shanghái a la hora de la creación del álbum?

M.R.: Atravesó la composición del disco y sus puntos de partida. Fue muy lindo poder componer desde otro lugar, es una experiencia que no siempre se te da. Creo que aportó muchísimo porque nos fuimos contagiando de su entorno. Shanghái es una ciudad de 23 millones de personas, que está llena de estímulos y que está todo el tiempo comunicándote cosas. A la vez es una sociedad muy individualista en la que hay mucha alineación: vas caminando por la calle y los tipos están mirando la telenovela en el celular. Todo ese paisaje te estimula y te inspira mucho al momento de escribir.

J.C. Eso fueinteresante, y ya que hablamos del claroscuro, China es la antípoda de Uruguay: cuando acá era de día, allá era de noche. Creo que hay un poco de eso en el disco, de la luz y la sombra, eso contradictorio; y eso aparece en “Bailar quieto”.

M.R.: Muchas cosas las compusimos así, a distancia. No solo a distancia de kilómetros, sino de días: allá era el futuro, acá el pasado. Estuve componiendo medio dormido y  ahí entra el mundo onírico. Quisimos escribir de una forma más poética.

Verónica Loza: Además no queríamos caer en la fórmula reggeatonera en el que las canciones tienen una serie de órdenes que indican cómo tenés que bailar, qué tenés que entregar y qué no con letras súper machistas.

J.C.: Claro, en realidad el ritmo es alucinante. Hay cosas a nivel de sonido y de producción que están buenísimas, pero escuchás unas letras y decís “qué horror”, te saca toda la inspiración.

Volviendo al Tambor del cosmos, este es un disco que muestra un montón de situaciones distintas. Vero escribió una canción de cuna que se llama “Duerme agua”  y que surgió cuando ella estaba bañando a su niño pequeño; empezó a hacer el ritmo con el agua y luego lo grabó con su celular. De esa pequeña grabación empezamos a construir una canción.

Cómo surge inspiración de lo cotidiano…

J.C.: Exactamente. Es que “Duerme agua” es una canción de cuna pero para la tierra, para el cosmos. Es como que estamos todos un poco ansiosos y tenemos que bajar las revoluciones. Es como resignificar una canción de cuna, y tal vez todos necesitemos una canción de cuna…

Fotos: Fernanda Montoro

Ahora que volviste a hablar del cosmos, ¿se podría decir que el disco encierra un concepto o se puede escuchar de forma aleatoria?

Pablo Bonilla: Creo que hoy en día la música cambió su forma de escuchar, ahora se escucha de forma aleatoria. Cada canción del álbum habla por sí misma y tiene capas; tal vez a primera escucha no podés leerlo pero luego lo vas descubriendo. Creo que este es un disco que tiene distintos disparadores; cuando escuché “Duerme agua”, que tiene una cosa hipnótica que viene del mundo de la electrónica, quedé impactado. Lo mismo con “Tambor del cosmos”.

¿Qué sienten que cada uno aporta al grupo?

J.C: Cada uno tiene sus cosas: Martín es más cancionístico, yo tengo una cosa más de productor, más de dirección de cómo trasladar algo a una grabación, Pablo tiene el costado de la música electrónica y Vero tiene sus canciones, su inspiración, su manera de cantar.

Al mismo tiempo, Campo no solo somos nosotros cuatro.  Nosotros planteamos un juego pero en la grabación aparece Roberto Rodino en la batería, Gabriel Casacuberta, que tocó montones  de instrumentos, Supervielle en teclados, “Tatita” Márquez en la percusión, Javier Casella con los arreglos de cuerdas y Lucía Torrón cantó en “Wasted”.

M.R.: Hay una cosa muy virtuosa que tiene Campo y es que hay muchas personas involucradas más allá de nosotros. Eso permite que el grupo crezca a un nivel sublime porque siempre está la interacción de músicos y amigos. Este es un proyecto y una banda bastante singular.

Siempre le dieron trascendencia al baile. Se ve en “La marcha tropical”, se ve en el álbum Remixes y rarezas, luego con la música que compusieron para ballet y ahora con “Bailar quieto”. ¿Cuál consideran que es la importancia del baile?

V.L.: Es casi como un rito te diría yo. Así como cuando uno escribe tiene la idea de ahondar en la espiritualidad no solo está la mente trabajando, sino se forma un rito con la hoja y el instrumento que estás tocando. Lo mismo pasa con el baile, por más de que no sepamos bailar es necesario hacerlo.

J.C.: La música tieneuna dimensión física centrada en la vibración. Todas las músicas bailables, cuanto más fuerte la ponés, más bailás [risas]. La conexión con lo físico, que es un lenguaje más abstracto donde interviene lo racional, es una cosa muy poderosa junto con la música basada en el ritmo y la influencia africana. Para nosotros el groove y el ritmo es como una mezcla de arte y ciencia. Pero no es lo único que nos importa, también queremos hacer una música que suene fresca y que represente de dónde venimos. De repente escuchás “Wasted”…

Con ese sample de “No puedo llorar” de Jaime Roos…

J.C.: Ese es un signo de identidad. Cuando arranca esa manera de tocar la guitarra que solo en el mundo del candombe-beat se puede dar, y que es el estilo de Jaime, cualquier uruguayo lo reconoce. Al mismo tiempo ese tema arranca y se va poniendo soul, darky y lo terminás bailando.

Campo tiene eso de conectar una visión de la música desde acá, desde el lugar que estamos en el mundo, sin prejuicios. Si en un momento está sonando cumbia y reggaetón por todos lados, nosotros lo hacemos a nuestra manera. Estamos leyendo lo que pasa a nuestro alrededor y haciéndolo por nuestro proceso, no estamos calcando algo que pasa, sino que estamos comentando con música y eso es fundamental en nuestro estilo.

¿Se han planteado la idea de publicar su música en vinilo?

M.C.: Todos los días de nuestra vida. Con Bajofondo lo hicimos, pero con Campo todavía no.

J.C.: Queremos editar un vinilo pero creo hay que hacer una mezcla en cinta analógica, que su calidad es atómica porque vas hasta el átomo y no tenés ningún píxel. Una vez que la grabación ya está en calidad digital pasarla a un vinilo no tiene sentido porque se estarían agregando los defectos del vinilo.

Me parece que hay muchas maneras de acercarse a la música. Hoy en día, la música en streaming está en muy mala calidad y eso te da mucha fatiga. No quiere decir que no se transmita lo que el artista quiso decir, pero la experiencia no es tan buena. La sensación es de agotamiento. Ahora que hay un revival del vinilo tenemos que aprovechar lo antes posible para poder hacer un lanzamiento.

P.B.: El disco tiene una cosa muy de ritual y creo que el ejercicio de escuchar un vinilo también tiene mucho de ritual. Con el vinilo no pensás en hacer shuffle y movés la púa entre canciones de acá para allá, sino que escuchás el disco completo. Por eso creo que este sería un lindo disco para escuchar en formato de vinilo.

¿Influye la forma aleatoria en que se consume música a la hora pensar en el concepto de sus álbumes?

J.C.: Nosotros hacemos los discos de la forma que nosotros los compraríamos. Creemos que un disco tiene que tener la relevancia de llamar la atención. No hay una estrategia, quizá no sea una buena estrategia hacer un disco de temas profundos y abstractos, pero hacemos el disco que podemos y con el que nos sentimos más conectados.

¿Cómo logran trasladar todos los detalles de su música al escenario? ¿Lo electrónico es visto como una ventaja?

P.B.: Es un proceso lindo porque tenés que traducir la música a otro lenguaje. Una cosa es estar en el estudio y grabar, porque vas incluyendo todas piezas que quieras; otra cosa es llevarlo al escenario, donde tenés que decidir qué tocas y qué no.

¿En qué lugares van a presentar el álbum?

J.C.: Ahora nos vamos a México. Primero vamos a estar en el DF y después en Guadalajara en la Feria FIMPRO, que es un festival para bandas emergentes; luego venimos a Montevideo para estar el 22 de junio en el Teatro El Galpón, donde vamos a tener un montón de invitados que estuvieron en la grabación, y después nos vamos a Buenos Aires, que tocamos en Niceto Club.

Entrevista por Rodrigo Guerra

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