Colecciones completas, Ernst Lubitsch (IV): la racha dorada

Última entrega del especial de Colecciones completas centrado en la carrera de Ernst Lubitsch; esta vez repasamos su racha dorada final, solo interrumpida por un ataque al corazón que se lo llevó demasiado pronto.
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Lubitsch con su óscar honorario en 1947
Si Estados Unidos es un país de inmigrantes, Hollywood lleva al extremo esa condición del alma yanqui. Ni que hablar en esos años, la llamada Edad de Oro hollywoodense, en que se nutrió de un sinfín de escapados de las tensiones crecientes del Viejo Continente. El país no entraría en la Segunda Guerra Mundial hasta fines de 1941, pero la inestabilidad de Europa se sentía en la tierra de los sueños desde mucho antes. A Lubitsch lo llevaría a componer su obra cumbre, de la que hablaremos algo más adelante. También le trajo uno de sus mayores disgustos, cuando los nazis hundieron el buque en el que su hija pequeña Nicola y su niñera viajaban desde Inglaterra (ambas sobrevivieron).
Puede que eso influyera en que la última hilera de películas que dirigió tenga una profundidad mayor por debajo del brillo, la sofisticación y la elegancia que signaron sus trabajos previos, incluso a los que le cabe la calificación de obras maestras como Un ladrón en la alcoba. Si en los años 20 tuvo luces y sombras, y en los 30 un breve bajón en la segunda mitad de la década, en los 40 puede hablarse de su racha dorada. Dos de sus películas de esta etapa, de hecho, tratan directamente de cuestiones vinculadas con la política europea. Pero la última vez que dejamos al director alemán, estaba en su peor momento. Sin un estudio detrás, relanzándose como productor independiente luego de ser despedido como jefe de producción de Paramount y de dos películas fracasadas desde todo punto de vista. La corriente comenzó a cambiar cuando un guion de su colaborador habitual Samson Raphaelson llegó a sus manos.

Cambiar la pisada

Lubitsch de inmediato trató de poner en marcha el guion de Raphaelson, titulado El bazar de las sorpresas, que consideraba lo mejor que había leído nunca. Pero la industria le dio la espalda. Fue con Ninotchka, en 1939, que consiguió levantar cabeza. La iba a producir la MGM con George Cukor como director y Greta Garbo como protagonista; cuando Cukor se fue a dirigir Lo que el viento se llevó, la actriz sueca pidió a Lubitsch. Siempre un negociador experto, él logró que MGM se comprometiera a producirle El bazar de las sorpresas si trabajaba en Ninotchka. Trajo a Billy Wilder y Charles Brackett, sus compañeros en la anterior La octava mujer de Barbazul, para trabajar en un guion que ya estaba encaminado por otro escritor, Walter Reisch. Y aunque aceptó filmarla como parte de una negociación, Ninotchka y su historia de una soviética fanática comunista que se enamora de un capitalista, sátira salvaje de ambos bandos con un trasfondo romántico sincero, pasarían a la historia como una de sus obras más queridas.
Ninotchka marca el inicio del mejor período de Lubitsch”, dice el biógrafo Scott Eyman, “en el que pasa revista con humor tierno y admirable los diferentes modos en los que la vida de la mente cede terreno ante la vida del corazón”. Para el realizador fue además un desafío, dado que Greta Garbo era una mujer muy insegura y paranoica a la que no le gustaba que la dirigieran. Acabó siendo un éxito muy necesario tanto para ella como para él. Garbo no aprovecharía el envión, ya que su trabajo siguiente fracasaría y la llevaría a retirarse de la industria con 35 años. Lubitsch sí que le sacaría jugo.
El bazar de las sorpresas (The Shop Around The Corner, 1940) confirmó este resurgimiento. El director tenía tanto afán por producirlo que le pagó de su bolsillo el salario a Samson Raphaelson, a partir de una obra de teatro húngara titulada Parfumerie. Podía darse el lujo porque de la Paramount se había marchado con un sueldo que prácticamente duplicaba el de los demás realizadores de la época. Apenas se completó Ninotcka, preocupado por que el estudio no cumpliera su parte del trato, sacó adelante a toda velocidad El bazar de las sorpresas con Margaret Sullavan y James Stewart, una comedia que va de los vínculos laborales en una tienda, y por supuesto también de una trama romántica, entre dos compañeros de trabajo que se odian en persona y se enamoran sin saberlo a través de cartas anónimas. Una obra reducida, de gente que el público de la Gran Depresión podía hallar real y cercana a pesar de desarrollarse en Budapest. Muy alejada del exotismo aristocrático con el que Lubitsch se había asociado hasta el momento. Eyman la describe como “una celebración de lo ordinario”, un “homenaje a las cualidades extraordinarias que se encuentran en el interior del más común de los seres humanos”. Al elegirla como una de las 100 mejores películas de todos los tiempos, la revista Time afirmaba que el toque Lubitsch jamás fue tan “conmovedor” como aquí.
El crítico Fernando Rodríguez Lafuente escribe sobre El bazar de las sorpresas que “constituye un raro capítulo” en el cine del director, porque critica “lo que se entiende socialmente como más respetable” y a eso agrega “perspectivas que habían permanecido ajenas” a su trabajo y que le dan otra base a la historia de amor, vinculada con la solidaridad, la soledad, los problemas del día a día de un lugar de trabajo pequeño. Escribe Eyman en Risas en el paraíso: “El estilo de Lubitsch había dejado de evolucionar en 1935, pero, quizás como compensación, lo que empezó a desarrollarse súbitamente fue una comprensión más profunda de las personas, una visión más humana de la vida”.
Todavía interesado en producir por su cuenta, Lubitsch se asoció luego con el productor Sol Lesser, y con la ayuda de Alexander Korda (el primer cineasta en ser ordenado caballero por la realeza británica) sacaron adelante ¿Qué sabes tú de amor? (That Uncertain Feeling, 1941, traducida también como Lo que piensan las mujeres), tercera colaboración del director con Melvyn Douglas y la primera y única con Merle Oberon, esposa de Korda. Se trata de una suerte de remake de Kiss Me Again, película muda de Lubitsch hoy considerada perdida: una esposa aburrida en un matrimonio insulso, un triángulo amoroso con un pianista anti-todo. Merle Oberon (conocida más que nada por su papel en Cumbres borrascosas) recordaría el rodaje como el más alegre de su carrera. Sin embargo, fue un fracaso comercial y el biógrafo Eyman la describe como “una comedia floja e inocua”. Lesser le tuvo tan poco cariño que nunca renovó los derechos y hoy es una película de dominio público, un poco insólitamente disponible por completo dentro de su propia entrada de Wikipedia. Si bien el traspié no fue tampoco tan grueso, bastó para que el director abandonara sus pretensiones de productor. Le dio ganas, en cambio, de encarar un proyecto más ambicioso y caro. Sería también su trabajo más osado.
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Lubitsch y Garbo en el set de Ninotchka

Sopla un viento desde el Este

Experto en la adaptación de obras teatrales poco conocidas, parece natural que el primer guion original -a la postre el único- que Lubitsch filmaría sería uno con actores de teatro como personajes protagónicos, y con quizá la frase más famosa de la historia de las artes dramáticas como título: Ser o no ser (To Be or Not To Be, 1942). Según toda la información disponible, la historia es fruto principalmente de la mente del teutón, si bien trabajó con el escritor Melchior Lengyel y el guionista Edwin Justus Mayer. Su biógrafo cita una nota del New York Times de la época, en la que Lubitsch admitía estar cansado de las “recetas conocidas”: “Drama con momentos cómicos de descanso y comedia con momentos dramáticos de descanso. Había decidido hacer una película en la que no se intentara hacer descansar a nadie de nada en ningún momento”. Puso entonces la mirada en el desastre que atravesaba su país natal, y aplicó a la Segunda Guerra Mundial (todavía en curso, y con los nazis aún en alza) el mismo desparpajo con el que trató siempre las relaciones románticas. Para poner en marcha el proyecto, aceptó un salario mucho menor del habitual y no recibió crédito ni por la historia ni por el guion.
El cómico radiofónico Jack Benny, muy popular, contaría años más tarde que sus películas solían ser malas porque los buenos directores consideraban por debajo de sus capacidades el trabajar con él. Cuando Lubitsch lo llamó, aceptó automáticamente. Para la protagonista femenina, el propio Benny insistió por Carole Lombard, una de las actrices principales del momento, que también aceptó a pesar de que a su marido (el “rey de Hollywood” Clark Gable) no le gustaba el guion ni el director. La última pieza fue que el estudio United Artists, el primero con el que había trabajado Lubitsch en Hollywood, aceptara producir la película aunque de momento solo se dedicaba a la distribución. La trama comenzó a provocar problemas desde el rodaje: el músico que iba a encargarse de la banda sonora renunció al ver que se trataba de una comedia con nazis. La tragedia también los rozó: poco después de terminar de filmar, Carole Lombard falleció en un accidente aéreo. Esto llevó a la United Artists a temer un fracaso, sumado a sus dudas sobre el tema de la película, y a disolver la productora creada especialmente para filmarla.
Ser o no ser es una sátira increíblemente valiente, inteligente, oscura y con un promedio de carcajadas altísimo, probablemente el más alto de la obra de Lubitsch. Todas las piezas de la carrera del germano cayeron en su lugar. Pero llegó demasiado pronto. Ni la audiencia ni la crítica de la época la entendieron entonces, y por más que hoy en día se la tiene en gran consideración, sigue siendo una obra más bien de culto (es la comedia favorita del filósofo y crítico cultural Slavoj Žižek). En 1942, la National Board of Review Magazine afirmaba que Ser o no ser “hará protestar enérgica y sinceramente a más de uno” y que “no es posible ignorar lo que siendo suaves calificaríamos de mal gusto”. El New York Times publicó que se trataba de “una confusión escandalosa de realismo y romance. El Philadelphia Inquirer hizo referencia despectiva a que se tratara de un alemán burlándose de Polonia y en particular de la tan destrozada Varsovia, lo que llevó a Lubitsch a defenderse con una carta abierta al diario, citada por Herman Weinberg en su libro The Lubitsch Touch: “Lo que he satirizado en esta película son los nazis y su ideología ridícula. También he satirizado la actitud de los actores, que sigun siendo actores sin importar lo peligroso de la situación”, escribió. “Ciertamente está muy lejos del director alemán que halla la diversión en el bombardeo de Varsovia”.
La revista española Nickel Odeon recoge en un número especial centrado en el director que los críticos del momento llegaron a calificarlo de “huno” por atreverse a hacer humor con la tragedia polaca. Escribe sobre eso el finado realizador Antonio Drove que este fue el mayor dolor que Lubitsch sufrió nunca, además del temor de que su hija falleciera en el hundimiento de su barco. Drove opina que Ser o no ser es la película anti-nazi “más efectiva y combativa”. Según la biografía Risas en el paraíso, Lubitsch y muchos de sus amigos y colaboradores salieron del pre-estreno discutiendo si eliminar un diálogo particularmente polémico. Todos estuvieron de acuerdo en que sí, menos él. Y el diálogo se mantuvo. Al año siguiente, el director contaría que para él lo peor que podía pasarle a una persona es quedarse ciega, pero que al ver una comedia con un ciego de protagonista y matarse de risa entendió que no había límites. “Todo tiene que depender de cómo está hecho”, cita el biógrafo Eyman. “Me pareció que la única manera de que la gente oyera hablar de los sufrimientos de Polonia era hacer una comedia”.
To be or not to be Hitler
El falso Adolf Hitler de Ser o no ser

El cielo puede esperar

Golpeado por la recepción de Ser o no ser, Lubitsch se tomó un tiempo para elegir su proyecto siguiente. Fue finalmente otra adaptación teatral, El diablo dijo no (Heaven Can Wait, 1943), Samson Raphaelson como guionista. Durante el proceso de escritura, Lubitsch se divorció por segunda vez y filmó una película de propaganda anti-nazi titulada Conoce a tu enemigo: Alemania (para ver más sobre este tipo de trabajos es muy interesante el documental de Netflix Five Came Back). Nada de esto se filtra a El diablo dijo no, historia de un hombre fallecido que va a las puertas del infierno y repasa su vida para convencer al elegante “su excelencia” (el diablo del título, se asume aunque nunca se explicita) de que ese es el sitio que le corresponde para el más allá, debido a las transgresiones sociales y románticas que cometió. Este repaso le permite a Lubitsch regresar a sus entornos de aristocracia y exceso burgués favoritos, sin caer en la vetusta y caótica Europa sino en la Nueva York de principios de siglo.
“Desde la primera escena se hace evidente que El diablo dijo no es la obra de un maestro con un dominio tan total de su oficio que no tiene que hacer alarde de ello. El tono es tierno, relajado, suntuosamente nostálgico y confiado”, escribe Eyman. Fue su primera película a color, la única que completaría, y su utilización de esta técnica novedosa fue destacada por su antiguo rival D.W. Griffith. La película fue un éxito indiscutido. Sin embargo, como la vida de los comediantes está signada por el drama, ese año Lubitsch tuvo su primer infarto.
Tras alejarse de su siguiente proyecto, La zarina, por motivos de salud, filmó en 1946 Cluny Brown (traducida como El pecado de Cluny Brown) con el francés Charles Boyer y la recientemente oscarizada Jennifer Jones. Adaptar la novela exitosa de Margery Sharp, un material distinto de las habituales obras de teatro ignotas con que trabajaba, fue idea del jefe del estudio 20th Century Fox, Darryl Zanuck. Lubitsch sufrió un colapso durante el rodaje, pero se recompuso y lo culminó sin más contratiempos. “Es la obra de un hombre sereno y centrado”, escribe Eyman. “La metáfora visual, la base del ‘toque’ Lubitsch, ha desaparecido, porque las actitudes del director se encuentran ahora tan totalmente encarnadas en los personajes que hacen innecesario cualquier adorno de la cámara”. El productor y guionista español Juan Miguel Lamet publicó en la revista Nickel Odeon que Cluny Brown funciona como “digno colofón de una obra marcada por su tono burlón y el perfecto diseño de los personajes mal llamados secundarios”, una película “deliciosa” con la mejor performance que Jennifer Jones daría nunca en cuanto a “naturalidad y cercanía”.
Escribe el crítico español Miguel Marías que El diablo dijo no El pecado de Cluny Brown son las dos obras “de menor brillantez aparente” de la carrera de Lubitsch, porque disimulan con modestia “su estilo, aunque no falten, perfectamente integrados en la narración, sin llamar la atención, ninguno de los rasgos esenciales de su forma de contar, ni siquiera las famosas puertas”.
Heaven can wait
El póster de El diablo dijo no

Final anticipado

La salud de Lubitsch lo tuvo a mal traer a mediados de los cuarenta. El primer infarto que sufrió lo radió de filmar La zarina (A Royal Scandal). Trabajó el guion de esta remake de su filme mudo Forbidden Paradise (La frivolidad de una dama, de 1924) con Edwin Justus Mayer, el mismo de Ser o no ser, y llegó a dirigir los ensayos. Sin embargo, no pudo hacerse cargo del rodaje. Fue sustituido por el austro-húngaro Otto Preminger, quien acababa de ganar respeto con su Laura para el mismo estudio, la 20th Century Fox. En la película se nota la mano de Lubitsch en el guion, pero falta su destreza visual característica, lo que la convierte en despareja. A pesar de que fue bastante bien recibida a nivel crítico (la revista Variety, por ejemplo, la calificó de “altamente hilarante” y a la estrella Tallulah Bankhead de “soberbia”), no tuvo éxito en taquilla.
La leyenda del terror Vincent Price (el del monólogo tenebroso en “Thriller” de Michael Jackson, para los no iniciados), que tiene un rol secundario en el filme, criticó según la biografía Risas en el paraíso que Preminger “tenía el sentido del humor de una guillotina”. Lubitsch se pasó el rodaje inquieto, aunque se contuvo y no tomó las riendas como había hecho con Una hora contigo doce años antes. Entre La zarina El pecado de Cluny Brown, el alemán produjo El castillo de Dragonwyck, el debut como director de Joseph L. Mankiewicz; todo indica que él tampoco la pasó muy bien en la filmación por no poder participar como le gustaría, aunque la película fue un éxito y, según Price, que actuó aquí de villano, Mankiewicz aprendió mucho de Lubitsch (pocos años después realizaría una de las grandes comedias de todos los tiempos, Eva al desnudo).
Como dicho antes, Lubitsch sufrió otro colapso trabajando en Cluny Brown y posteriormente desarrolló una adicción por el analgésico Demerol; esto le provocó cambios de humor tan bruscos que arruinó su siempre rica vida social. La Academia le entregó por ese entonces un óscar especial por su trabajo vital en el género de la comedia: “Tenía una mente adulta y odiaba decir las cosas de la manera más obvia”, destacó sobre él el presentador del premio. Sin embargo, en una vuelta cruel del destino, apenas bajar del escenario lo atacó una angina de pecho que casi se lo lleva ahí en la misma ceremonia. Vaivenes de salud o no, Lubitsch continuó trabajando y desarrollando una nueva adaptación de obra de teatro, que se titularía La dama de armiño. Para ello volvió a trabajar con Samson Raphaelson, y con la cabeza puesta en la actriz mejor paga del momento, la sex symbol Betty Grable. Visto desde la actualidad se ve que ni Raphaelson estaba convencido de la historia ni nadie apoyaba mucho la elección de Grable; encima, perseguido hasta el final, se debió reescribir el guion porque el Código de Producción determinó que era “inaceptable”: “el adulterio” era tratado de manera cómica sin “valores morales” que lo compensaran. Parece como si Lubitsch siguiera tirando adelante por miedo a morirse si se quedaba quieto más que porque el proyecto realmente valiera la pena. Y recién comenzado el rodaje, todo indicaba que la elección era la correcta, pues sus amigos y colegas lo veían en excelente estado de salud.
Falleció de un infarto a ocho días de comenzar la producción. Fiel a lo que fue el tema favorito de su carrera, murió mientras pasaba la noche con una amante. Narra su biografía que cuando su amiga, la actriz Mary Loos, llegó al cuarto donde acababan de declararlo muerto, vio que Lubitsch había estado utilizando su estatuilla de óscar como soporte para colgar su reloj, y no pudo más que sonreír. Otto Preminger culminaría también el rodaje de La dama de armiño, estrenada en 1948 (su título original es That Lady in Ermine). La biografía de Eyman agrega que al terminar el velorio, Billy Wilder le comentó a William Wyler (otro director legendario de raíz alemana y amigo en común con su mentor): “Bueno, se acabó Lubitsch”. Wyler le contestó: “Peor aún. Se acabaron las películas de Lubitsch”.
Pero para cerrar, mejor la cita de John Ford que surge de su biografía de 1975: “Ninguno de nosotros pensaba que estábamos haciendo más que entretenimiento momentáneo. Solo Ernst Lubitsch sabía que estábamos haciendo arte”.
Walk of Fame
La estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

Filmografía rankeada

8) La dama de armiño (1948)
Pretendía ser el regreso triunfal de Lubitsch a los musicales y, luego de la muerte del director en pleno rodaje, acabó en manos de Otto Preminger. Según los comentarios de los actores, Preminger cambió el estilo entretenido de filmación del alemán por uno autoritario, eliminó canciones, recortó el guion… Fue un fracaso comercial rotundo.
7) La zarina (1945)
Ostenta una gran actuación de la mítica actriz teatral Tallulah Bankhead como Catalina la Grande y un trío de performances secundarias excelentes en Charles Coburn, Sig Ruman y, sorprendentemente, la leyenda del terror Vincent Price, aquí como un marqués francés seductor. Sin embargo, queda la sensación de que Lubitsch podría haber elevado el material por encima de Preminger, un director que no se asocia frecuentemente con la comedia. Anne Baxter, que poco después ganaría un óscar, está desperdiciada, y el papel masculino principal deja mucho que desear en manos del joven William Eythe. Este útimo parece estar en un drama, desentona y es la pata más débil del conjunto.
6) ¿Qué sabes tú de amor? (1941)
Remake de su película muda Divorciémonos, esta es la obra más olvidable de las que Lubitsch dirigió enteramente en los años 40. Merle Oberon y Melvyn Douglas están muy bien como la pareja principal, pero el tercero en discordia Burgess Meredith está raro, su papel no acaba de cuajar. De cualquier manera, no es un traspié tan fuerte como para quebrar la racha dorada del director, sino más bien un desvío de poca trascendencia.
5) El pecado de Cluny Brown (1946)
Sus placeres son más sutiles que los de trabajos más hilarantes de la filmografía del teutón, aunque esto no es una crítica. Lubitsch no erra en su encare ni lo suaviza: su mira sigue tan firmemente puesta en la sátira social como en sus dos películas anteriores, Ser o no ser El diablo dijo no, con bastante más fiereza que en esa última y con menos polémica que en la anterior. Basada en una novela de Margery Sharp, con guion de sus colaboradores noveles Samuel Hoffenstein y Elizabeth Reinhardt, y producida por él mismo, Cluny Brown recuerda al muy posterior combo de novela y película de Lo que queda del día (libro del Nobel de Literatura 2017 Kazuo Ishiguro, filme de James Ivory y la celebrada guionista Ruth Prawer Jhabvala) en cómo se mete con la estructura de la alta sociedad británica. Pero donde Lo que queda del día preserva cierto respeto por su mayordomo protagonista, Lubitsch no. La joven Cluny Brown es sobrina de un plomero y le interesa mucho trabajar en ese rubro; a lo que no es algo adecuado para una dama, su tío la fuerza a entrar en servicio doméstico y así acaba en una mansión campestre de sirvienta. La elegancia anticuada de otras obras que tratan el mismo universo, como Downton Abbey, desaparece y es sustituida por la opresión evidente de una chica de clase trabajadora a la que se le dice constantemente que no sabe cuál es el lugar que le corresponde. Agréguese a eso que Cluny Brown transcurre en 1938, con su alta sociedad apenas consciente del peligro que se sobreviene en Alemania, y se tiene entre manos una película estelar.
4) El diablo dijo no (1943)
La primera a color de Lubitsch es una comedia nostálgica que retorna al lujo aristocrático, aunque esta vez en la Nueva York de fines de siglo XIX y principios de siglo XX en lugar de la lejana Europa. Es un filme en el que no se puede dejar de sonreír, adulta, inteligente e inventiva sin olvidarse del corazón, con tres actores fenomenales: Don Ameche como el protagonista Henry Van Cleve, Charles Coburn como su abuelo descarado y Gene Tierney como Martha, la esposa de Henry y la única mujer que lo enamora de verdad.
3) El bazar de las sorpresas (1940)
La confirmación del crecimiento y maduración tardía de Lubitsch que Ninotchka había hecho prever. Se trata de un romance confinado a una tienda, con dos empleados que no se soportan y no tienen idea de que se están enamorando uno del otro por cartas anónimas. 58 años más tarde, Nora Ephron retomaría la obra de teatro en la que Lubitsch y Samson Raphaelson se basaron y la actualizaría en la forma de Tienes un e-mail con Meg Ryan y Tom Hanks. Aquí están Margaret Sullavan y un James Stewart en la cresta de la ola, más un elenco secundario impresionante. No es la película más graciosa del alemán porque no busca tanto la carcajada sino la sonrisa con emoción subyacente. Bien puede ser su obra más honestamente romántica.
2) Ninotchka (1939):
Lubitsch trabajó con sus guionistas Walter Reisch y la pareja Billy Wilder-Charles Brackett. Pero en el libro Conversaciones con Billy Wilder, el histórico director-guionista austríaco reconoce que por más que ellos se pasaban horas encerrados trabajando, fue el alemán quien aportó algunos de los detalles más memorables. Es la historia de una enviada soviética a París que se va enamorando del capitalismo, estrenada en 1939, previo a que Churchill siquiera soñara con el concepto de “Guerra Fría”. Ninotchka es en sí misma un documento de la visión que Occidente tenía de la Unión Soviética antes de que el conflicto escalara y el mundo se dividiera en dos.
La Rusia de Stalin es mostrada como un lugar opresivo y duro (“Los últimos juicios masivos fueron un éxito; habrá menos rusos, aunque mejores”, lanza en un momento y con orgullo la propia Ninotchka); de todas formas, la monarquía zarista previa queda bajo una luz todavía peor. La que mejor parada sale es la París escenario del romance incipiente entre Ninotchka y Leon (Melvyn Douglas, perfecto), aunque Lubitsch y compañía -hay que recordar que el director era alemán, Wilder austríaco y Greta Garbo, la actriz protagónica, sueca- se reservan un par de palos para la sociedad francesa de pre-guerra.
Ninotchka significó el penúltimo rol cinematográfico de Garbo, y fue el único cómico de su carrera. De hecho, este contraste con la seriedad habitual de la actriz se empleó en el marketing de la película, retomando el “¡Garbo habla!” del primer filme sonoro de la sueca y dándolo vuelta con un “¡Garbo ríe!”. Como Ninotchka, Garbo desplega un rango actoral tremendo desde un comienzo seco y deadpan hasta una performance romántica clásica, con tintes dramáticos incluidos como para no perder el gusto.
1) Ser o no ser (1942):
El costado político-social de Lubitsch y su capacidad incomparable para hacer reír se combinan de manera impoluta en Ser o no ser, una sátira mucho más salvaje que Ninotchka y quizá más de avanzada que Un ladrón en la alcoba Una mujer para dos, aunque no por sus aspectos sexuales o de enredos románticos -que también los tiene, y cómo- sino porque es una crítica y burla descomunales al régimen nazi… y eso que llegó a los cines con Adolf Hitler todavía a la cabeza de la Segunda Guerra Mundial, en 1942. Situada en Varsovia, Ser o no ser involucra a un grupo de actores polacos de calidad más bien pobre que se ven envueltos en una trama de espionaje gracias al vínculo de María Tura (Carole Lombard) con un joven piloto militar.
Los destaques de esta película son múltiples en el plano actoral, pero el gran ganador es Jack Benny, un humorista de poco trabajo en largometrajes al que Lubitsch le exprime hasta la última gota en el rol de Joseph Tura, el marido de María. Benny se roba todas las escenas en las que aparece y su personaje va ganando tracción a medida que se entrevera más con una misión patriótica en la que no tiene el interés más mínimo.
El guion ha de ser de los más ajustados de la historia. Balancea a la perfección lo complejo de la situación en la Polonia ocupada con algunos chistes más básicos (un Hitler que responde a los “¡Heil, Hitler!” con un “¡Heil a mí mismo!”) y otros que resultan durísimos hasta hoy (“Lo que Tura le hizo a Shakespeare, nosotros se lo estamos haciendo a Polonia”, dice un oficial nazi sobre las pobres dotes del actor, sin saber que está hablando con el mismo Tura en un disfraz). Cuando la política queda a un lado, Ser o no ser no pierde fuerza para nada. Benny y Lombard se sacan chispas cuando Tura descubre el engaño de su mujer, sin nunca poder enfrentarse debidamente con ella por estar siempre disfrazados o mintiendo a sus interlocutores.
“Nunca ha sido igualada”, dice la breve reseña de la colección Criterion sobre ella. Y es cierto.
Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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