Dr. House: volvé, Gregory, te perdonamos

A cinco años del final de la serie médica, recordamos a su protagonista y la influencia que tuvo y tiene
Dr. House
El pasado 21 de mayo se cumplieron cinco años desde la emisión del último capítulo de la serie estadounidense Dr. House: diagnóstico médico. Y aunque en estos tiempos la pantalla chica parece haber derrotado al cine, y el monstruo Netflix puja cuasi bélicamente con HBO y Fox por ver quién la tiene más grande (la audiencia, claro), es imposible no extrañar a un hombre cuyos pensamientos hicieron que durante ocho años nos replanteáramos una y otra vez nuestras creencias, nuestra fe, lo que pensábamos del amor, la muerte, la amistad, el matrimonio, las instituciones y demás ítems que día a día aparecen en lo cotidiano de nuestro existir.
Se puede argumentar que Game Of Thrones, The Walking Dead y Vikings son series que superan ampliamente lo construido por David Shore (creador de Dr. House, recientemente también de Sneaky Pete en Amazon). Pero desde la partida de House de la TV que hemos estado escasos de personajes que nos logren mover los pensamientos y sentimientos tan solo desde el diálogo. La televisión popular actual nos ofrece la tensión como arma primordial para mantenernos atados a la silla y no poder dejar de mirarlos. Saber qué pasará en el siguiente capítulo es un arma que Lost supo explotar muy bien durante sus seis temporadas (pese a su desastroso final) y es el principal catalizador del siglo XXI. Sumado a dicha premisa, el ingrediente “exagerado” cobra un valor preponderante. Ya sea desde lo ficticio o lo paranormal. Ya sea en una distopía futurista, donde en 100 años una guerra nuclear nos devastó, o también en un mundo real en donde las situaciones viajan al extremo de lo impensado, con abogados que cubren asesinatos a mansalva o un niño que se crían con su madre en un hotel y se convierte en el asesino más emblemático de la historia.
Lo cierto es que hay material de sobra en la actualidad como para bombardear nuestros cerebros a fuerza de series. ¿Pero cuántas de ellas han estirado los límites de nuestra mente como para hacernos replantear si nuestro dios está o no allí? ¿Cuántos tuvieron el don de lograr que entendiéramos que todos mienten? ¿De que todos fallan, de que nada es para siempre? House apeló a eso. Apeló a la duda. Capítulo a capítulo nos acorraló entre el muro de la creencia y la espada de la verdad, para que de una vez por todas tomemos una opción con coraje y valentía, y logremos soltarle la mano a la hipocresía.
Escudado en su siempre eficiente ironía y misantropía, el personaje al que Hugh Laurie dio forma arriba siempre a todas las respuestas. Obviamente, a las más difíciles, a las más complicadas de oír y asumir. Los casos médicos siempre son un detonante por el cual se consigue llevar la trama a un tema más complicado. Ya sea por un judío con cáncer que no puede asumir su sexualidad por su religión, o por una niña mitómana con Síndrome de Cushing, la cual nunca conoció a sus verdaderos padres. Gregory House irrumpió en la vida cotidiana de las personas, casi como una piedra en nuestros zapatos. Ni él nos quería, ni nosotros podíamos tragarlo. Su acidez inhumana y su desprecio por el de al lado, siempre crearon un rechazo mutuo que logró con el tiempo algo que nadie imaginaría: la aceptación. Caímos en cuenta que su lucidez y amargura sobre la vida no era más que el completo entendimiento de ella. Y él tuvo que entender que por más que no quisiera, siempre iba a estar rodeado de nosotros, simples peones en esta selva de cemento y tecnología.
Se cumplen cinco años desde que dijo sus últimas palabras y nos soltó la mano. Hizo todo lo que pudo por nosotros. Ahora nos toca seguir su rastro. Con el jazz como banda sonora. Con la verdad y la crudeza como bandera. Desterrando al inocente y enarbolando las respuestas que siempre nos hemos hecho: ¿quiénes somos? ¿Hacia dónde vamos?
Solo por eso, gracias, Dr. House.
Por Alejandro Mariano Núñez

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