Game of Thrones: algunos pensamientos sobre la Batalla de los Bastardos y lo que queda por venir

La serie de HBO puso toda la carne en el asador el domingo pasado y arrancó aplausos masivos. ¿Pero es realmente todo tan genial en el continente fantástico de Westeros?
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La batalla en sí
Que la Batalla de los Bastardos fue descomunal desde el punto de vista técnico, ejecutada a la perfección, no quedan dudas. Que el del domingo pasado fue un capítulo de Game of Thrones -y de televisión a secas- para la mejor historia de la pantalla chica, tampoco. ¿Pero fue tan solvente desde el punto de vista narrativo? Más o menos.
Para explicar por qué, hay que retrotraerse a la segunda temporada del show, y recordar la primera gran batalla de la serie, la Batalla del Aguasnegras -o del Blackwater, si sos de los que no traducen-. En las novelas de Canción de hielo y fuego hay una gran batalla previa, la del Bosque Susurrante, en la que las fuerzas de Robb Stark toman prisionero a Jaime Lannister; la serie no tenía el presupuesto necesario para adaptarla en ese momento y, si bien sucedió, se evitó mostrarla al desmayar a Tyrion y saltar a cuando él se despierta con la pelea finalizada. Para la del Aguasnegras, al año siguiente, los productores D.B. Weiss y David Benioff le exigieron a HBO más dinero y llevaron a cabo un episodio prácticamente perfecto.
El momento más recordado quizá sea este, la explosión verde de wildfire –o fuego valyrio-. O quizá este fantástico discurso del menor de los Lannister, en el que tras la deserción del rey Joffrey de la batalla decide liderar él mismo el ataque contra los soldados rivales y proclama: “Esos son hombres valientes tocando nuestra puerta. ¡Vamos a matarlos!”.
En la Batalla del Aguasnegras, Tyrion Lannister debe defender King’s Landing del invasor Stannis Baratheon, mucho mejor armado y entrenado, además de con muchos más hombres y barcos. Y a pesar de la estrategia inteligente diseñada por Tyrion y de su valentía para liderar la carga, el ejército de Stannis se aproxima a ganar la batalla cuando, a último momento, llega por un costado el ejército de Tywin Lannister y los Tyrell, con Loras al frente.
Dos años después, en la cuarta temporada, la infiltración de Jon Snow entre los salvajes culmina con el bastardo de Ned Stark liderando la defensa del Castillo Negro a dos frentes, de uno y otro lado del Muro. Una vez más, la batalla ocupa el episodio entero, sin necesitar ningún cambio de locación. Y a falta de barcos y explosiones de fuego verde, y también de discursos entusiastas, la serie compensó con algunas secuencias maravillosas desde el punto de vista técnico, como este plano increíble sin cortes:
No faltan tampoco los momentos emotivos, claro. Cuando uno de los gigantes logra meterse por un túnel y se encuentra con un grupo de hombres de la Guardia de la Noche, estos entienden que no tienen ninguna chance de frenarlo y sobrevivir, y mientras lo ven venir corriendo recitan el juramento de la Guardia de la Noche.
A pesar de que sus defensores dejan todo, el Muro está a punto de caer ante los números inmensos del ejército de Mance Rayder, sus mamuts y sus gigantes. Hasta que Jon Snow arriesga su vida para ir a negociar con el Rey Más Allá del Muro, y Stannis y su ejército irrumpen por los flancos para dominar rápidamente a los salvajes carentes de entrenamiento militar. Un aliado inesperado, de quien se sabía que podía llegar, aunque no se sabía cuando.
Dos años después -¿se nota ya el patrón?- Jon Snow no tiene los hombres para enfrentar a Ramsay Bolton y sus aliados, los Kastark; va de todas maneras a enfrentarlo para recuperar Winterfell y salvar a su hermano Rickon. La Batalla de los Bastardos es tal vez la mejor lograda de las tres, una secuencia de brutalidad tremenda, con un despliegue técnico y humano descomunal que aparte de maravillar también provoca un suspenso y un drama que lo mantienen a uno al borde del asiento, coronados por golpes emocionales -la muerte de Rickon, cuando Jon queda sepultado bajo los cuerpos-.
Combina, por lo tanto, lo mejor de las experiencias anteriores para conseguir algo fantástico, y sin necesidad de abarcar el episodio entero, con espacio suficiente para ver a Daenerys Targaryen montada en su dragón para quemar la flota de los Amos y más tarde forjando una alianza con los Greyjoy. Sin embargo, aparece la repetición: en ese momento de desesperación en el que el ejército diezmado de Snow está rodeado por los escudos estampados con el hombre desollado de los Bolton, cuyos soldados avanzan a paso lento pero destructor hacia ellos, aparece por un flanco un ejército salvador a último momento. Esta vez se trata de los caballeros del Valle de Arryn, llevados a la salvación de Sansa por un Petyr Baelish poco presente en esta sexta temporada. No se trata de un deus ex machina, una solución caída del cielo que no tiene sentido narrativo, porque se viene sembrando desde los episodios anteriores; sí es, en cambio, algo ya visto. No solo en la historia de las batallas cinematográficas, ni siquiera de las fantásticas (El señor de los anillos supo hacerlo), sino dentro de la propia serie. Al menos podría haberse realizado de otra forma. Así como está supone una mancha en lo que sin este contexto es uno de los mejores episodios de televisión de todos los tiempos.
Violencia, violencia, violencia
Por otro lado, lo que busca la Batalla de los Bastardos a un nivel de subtexto es mostrar lo terrible de la guerra, un tema muy presente en los últimos libros de Canción de hielo y fuego, que la serie dejó más bien de lado en busca de los shocks de brutalidad a los que tiene acostumbrados a sus fanáticos. Algo de eso se había visto en el episodio que tuvo el regreso de Sandor Clegane, si bien el discurso famoso que tiene lugar en Festín de cuervos (conocido como “The Broken Man”, el hombre quebrado, desde un punto de vista emocional y humano) fue dejado afuera y sustituido por una discusión filosófica sobre de qué sirve la violencia. En este caso no está tan presente en las palabras, pero sí en esos caballos que impactan entre sí, en esos cuerpos que se apilan hasta formar parte del cuerpo de batalla, en el sacrificio del gigante Wun Wun, en las flechas de los Bolton que llueven sobre los hombres de uno y otro bando indiscriminadamente.
Cuando todo termina, y Jon Snow le desfigura la cara a golpes a Ramsay antes de dejárselo a su hermana para que defina qué hacer con él, el final del villano más malvado de Game of Thrones llega de manera horriblemente sangrienta y sádica. El propio Kit Harington -nada más ni nada menos que Jon Snow- dice en un detrás de escenas del capítulo que el objetivo es que el espectador se sienta asqueado con lo que ven.
En las redes sociales, no obstante, de lo que más se habla es de satisfacción, incluso de parte de Sophie Turner, la actriz que encarna a Sansa Stark, muy contenta por tener “su primera muerte”. ¿Game of Thrones ha llevado a celebrar esta violencia? ¿No debería condenarla? En una serie poblada de personajes moralmente ambiguos, la Batalla de los Bastardos supone un triunfo del más claramente heroico de todos; por eso significa un momento de festejo para los fanáticos. Sin embargo, no debería ser tan sencillamente feliz: la muerte de Ramsay es de un sadismo coherente con su estilo de vida, sí, y eso no significa que esté bien desde un punto de vista moral. En un comienzo, Game of Thrones se esmeró en complicar las cosas, que no estaban bien o mal per se, y esto es lo mismo, un retorno a eso que había dejado de lado cuando empezó a mostrar a Ramsay asesinando personas inocentes y bebés recién nacidos a diestra y siniestra.
Lo más positivo de la Batalla de los Bastardos es de cualquier manera el final de Ramsay como personaje. Joffrey Baratheon era hasta el momento el más exagerado y caricaturesco de los villanos de la serie, a diferencia de otros más texturados como su abuelo Tywin Lannister y su madre Cersei, u hoy en día el Gorrión Supremo; de todas formas, Joffrey -sobre todo gracias a la fantástica actuación del joven Jack Gleeson- era un tremendo personaje, de esos que uno ama odiar. Ramsay no. Era tan malo que no tenía gracia, y rápidamente los guionistas se quedaron sin cosas malas que pudiera hacer. La violación de Sansa fue el techo, una vuelta de tuerca que retorció estómagos y provocó la mayor controversia en torno al show hasta el momento. Que dejara que sus perros se comieran el cadáver de la mujer que había amado, que matara a su padre y el resto de las atrocidades de esta temporada más bien sonaron a shocks por el mero hecho del shock y no por contar una buena historia. Es una lástima, porque el actor Iwan Rheon se probó casi tan excelente como Gleeson, con una sonrisa perpetuamente pintada en su rostro aun en los momentos de mayor violencia. Ramsay Bolton, en cambio, no será extrañado.
Lo que se viene
Los novenos capítulos de Game of Thrones son en general reconocidos como los “salados”, y con razón: la muerte de Ned Stark, las tres batallas mencionadas antes, la Boda Roja, la hoguera de Shireen y el escape de Daenerys a lomos de Drogon son memorables en todos los casos. Pero a veces se deja de lado lo tremendo de los episodios finales de la serie, en particular sus últimos segundos: la entrada de Dany al fuego y su salida increíblemente viva y con los dragones bebé en la primera temporada; la primera vez que se ve el ejército masivo de white walkers en la segunda; Dany rodeada por los esclavos liberados que claman por ella al coro de “Mhysa” (“madre”); la pelea entre Sandor Clegane y Brienne, y el asesinato de Shae y Tywin por Tyrion, en la cuarta; el asesinato de Jon Snow en la quinta. A Game of Thrones le gusta irse con un boom.
A diferencia de en todos los años anteriores, esta vez no se sabe qué esperar ni siquiera de parte de los lectores de las novelas. Sin embargo, todos los que han tenido en sus manos los libros de Canción de hielo y fuego están a la espera de que finalmente dé la cara cierto personaje con corazón de piedra. Con Brienne y Podrick todavía en las tierras de los ríos, se puede soñar.
Más allá de eso, lo que se viene es una incógnita. No es creíble que Euron Greyjoy llegue ya a Meereen dado que todavía debía ponerse a construir barcos, por lo tanto ese enfrentamiento entre el pirata y sus sobrinos con seguridad quede para más adelante. Y si se parece al Euron de Festín de cuervos, hay que saber que es un villano más complicado de lo que puede aparentar en un comienzo. En cuanto a Sam y Gilly, es de esperar que se vea su llegada a Oldtown. Tal vez llegue alguna noticia de Dorne, y no estaría de más saber qué se trae entre manos Lord Varys con su misión.
Yendo a los personajes principales, probablemente ni Daenerys ni Jon, ni tampoco Arya ni Sansa, sean los protagonistas de este último episodio: todavía resta conocer el futuro inmediato de Cersei, a quien su hijo Tommen le birló la chance de un juicio por combate que su Montaña zombie habría ganado sin despeinarse. No solo queda por verse si la reina madre tiene algún truco bajo la manga, sino también qué se trae entre manos Margaery, que la tiene mucho más clara de lo que su suegra puede admitir. Quizá sea una venganza contra Cersei, aunque no encajaría del todo con su personaje, ni con el crecimiento que ambas han tenido. Y con los viajes mentales en el tiempo que tuvo Bran a principios de temporada y todas las teorías que generaron, sería de muy mala gente si no se ve algo más del -ya sin Rickon- menor de los Stark. Ahí también hay mucha posible tela para cortar.
Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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