La cuarta temporada de BoJack Horseman es el paso que la serie necesitaba

Una crítica que intenta esquivar espóilers de lo nuevo del caballo antropomórfico de Netflix

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Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Puntaje de la temporada: 8.5/10

BoJack Horseman es varias cosas a la vez. Es una sátira homicida de Hollywood. Es un dibujo animado con animales antropomórficos que conviven con humanos. Es una comedia sin miedo a los ridículos más extremos. Es la crónica de un grupo de personas rotas, depresivas, tóxicas, que no deberían tener de qué quejarse y sin embargo son incapaces de hallar la felicidad.

No os preocupéis, oh, fanáticos: su cuarta temporada continúa la misma línea de maneras innovadoras, tanto desde el punto de vista de la animación en sí como de los temas que se tratan. Pero va más allá.

En su origen, BoJack Horseman se ataba más a la comedia; fue creciendo y se hizo famosa su capacidad para esconder patadas al estómago en capítulos eminentemente cómicos, como la conversación corazón a corazón de BoJack y Mr. Peanutbutter en medio de un reality show demente que tiene a Daniel Radcliffe como invitado de honor (el mismísimo Harry Potter le pone la voz) y a J.D. Salinger, que en este universo nunca murió, como productor creativo. Otros episodios como “Escape From L.A.” de la segunda temporada o “Fish Out of Water” y “That’s Too Much, Man!” de la tercera inclinaron más la balanza hacia el drama. Son graciosos, sí, pero no es por lo que se los recuerda.

Bueno: sus doce episodios más recientes, disponibles en Netflix desde hace una semana y pico, prenden fuego definitivamente a las etiquetas que se le pudieran colgar a BoJack Horseman. Ya no es una comedia. Es, más que nunca, el Mad Men animado. Esta temporada contiene algunos de los momentos más devastadores de la serie en su totalidad; aun así, son en cierta forma distintos a los que se vieron hasta ahora. Y eso es importantísimo, porque su creador Raphael Bob-Waksberg dijo el año pasado que veía el cierre del primer acto de la trama de BoJack Horseman con el final de la temporada anterior. Si no se notaba un crecimiento, uno podría empezar a preocuparse con que el show se fuera a estancar.

Al menos uno de estos capítulos es un drama puro, casi desprovisto de risas. Otros se mueven en el ambiente tragicómico más habitual, con esa sensación descorazonadora que tan bien le sale provocar a esta serie, mezclada con carcajadas quizá un poco más esporádicas que en ocasiones previas. Se meten con la depresión con precisión quirúrgica, imaginan cómo vive dentro de su cabeza una persona con Alzheimer, y sobre todo cuentan una historia de tragedia y tristeza transmitida de generación en generación, una familia maldita por su propia crueldad con los suyos.

No es que falten liviandad, excentricidad, sátira social ni absurdos y disparates. Mr. Peanutbutter se tira a gobernador de California en una trama que, gracias a Dios, no juega tanto con los paralelos con Donald Trump como se podría haber anticipado (los chistes y comentarios sobre el presidente estadounidense han saturado ya lo suficiente); eso le permite a BoJack Horseman concentrarse en tirar palos en otras direcciones del espectro político. Todd intenta sacar adelante un emprendimiento de payasos dentistas que se vuelve gradualmente más loco (y estamos hablando de payasos dentistas) mientras explora su revelación de que es asexual. Diane entra a trabajar a un blog fenomenalmente millenial de nombre Girl Croosh, con una ratona de jefa con la voz chillona nunca mejor utilizada de Kimiko Glenn (que interpreta a Brook Soso en Orange Is The New Black). Y en la subtrama más BoJack Horseman de todas, Jessica Biel lleva al extremo la versión burlona de sí misma hasta rivalizar la corona de auto-parodia que ostentaba Margo Martindale.

De los personajes secundarios, en particular es el año de Princess Carolyn, cuya historia se mueve en direcciones inesperadas. La actriz que le da la voz, Amy Sedaris (Mimi Kanasis en Unbreakable Kimmy Schmidt), logra sus performances más ricas y prueba que es capaz de soltar trabalenguas larguísimos a velocidad de rayo sin trancarse. De hecho, todo lo relativo al personaje foco de esos trabalenguas, la actriz sensación Courtney Portnoy, es ejemplo de las alturas que alcanza esta serie cuando se zambulle de cabeza en el humor más estúpido. De los personajes nuevos, es el año de Hollyhock, la chica que vimos a fines de la temporada pasada como una posible hija perdida de BoJack. Le pone voz Aparna Nancherla, una cómica que tiene un podcast “muy divertido sobre depresión”, en palabras del sitio Daily Beast; esa descripción que tan ajustada le queda a la propia BoJack Horseman la hace una adición ideal al elenco. Hollyhock es el catalizador de buena parte de la trama de la cuarta temporada, protagonista de algunos de sus pasajes más dolorosos y de otros que a uno le llenan el alma. Es, sencillamente, un personaje adorable.

Pero esta serie tiene nombre y apellido, y Will Arnett vuelve a romperla en la piel (voz) del caballo alcohólico más querido de la televisión. Habrá protagonizado Lego Batman: la película y siempre va a ser un poco GOB de Arrested Development, pero el actor nunca ha mostrado tanto rango como con BoJack. Lo suyo es estelar. Es para nominaciones al Emmy que nunca van a llegarle, lo cual lo emparenta más todavía con el personaje. En una temporada que explora más que nunca por qué BoJack es como es, Arnett infunde humanidad y empatía a un tipo que debería ser odioso. Hace lo mismo con Butterscotch, el padre de BoJack al que vemos en flashbacks. Solo aplausos.

Dije antes que esta serie ya no puede clasificarse como comedia, pero es un error. La forma en que la luz del sol empieza a entrar por entre los resquicios es señal de comedia, lo que protege a esta temporada de críticas que se le puedan lanzar por no estar tan cargada de chistes. Quise decir que otros shows como Breaking Bad, The Good Wife, Mad Men o, más cerca, Los simuladores, son muy divertidos sin dejar de ser dramas en el fondo. Que consigan ese balance es lo que las hace grandes. En su cuarta temporada, BoJack Horseman logra lo mismo en sentido inverso. En el panteón de las series clave de esta era, hay un caballo tocando la puerta.

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