Sangre, bajón y The Walking Dead

Un repaso muy subjetivo del regreso de la serie de zombies y si tiene sentido seguirla mirando
negan-moog
Antes de ver el primer episodio de la séptima temporada de The Walking Dead, quise preguntar a un grupo de estudiantes de guion si habían podido verlo en vivo para escuchar opiniones sin riesgo de spoilers, y se dio la casualidad de que ninguno de ellos seguía el show. “¿Qué tal es?”, me preguntaron. “Inconsistente”, respondí. Luego de soportar el capítulo, lo sostengo más que nunca.
Las web de críticas de televisión se han llenado este lunes de comentarios sobre el regreso de la que quizá sea la serie más popular del mundo, y como casi siempre las opiniones están divididas. Que si era necesario ver tanta sangre, que si la serie es demasiado nihilista-bajón, que si los planos de Rick en pleno ataque de nervios son más chistosos que dolorosos. Pero la pregunta clave es: ¿valió la pena esperar tanto?
Los ganchos son clave en las series, y sin dudas deben serlo los de fin de temporada. No necesariamente tienen que suponer, sin embargo, cliffhangers: esos momentos de “¿eh?, ¡no!, ¡tengo que ver el siguiente capítulo ya!”. Puede ser simplemente un boom y que el gancho sea cómo los personajes se recuperarán de lo sucedido y hacia dónde irá la historia. Léase, por ejemplo, el final de la cuarta temporada de Game of Thrones, con una serie de muertes sorprendentes que plantearon la pregunta de si el show tenía realmente a dónde ir y cómo lo haría.
Pero cuando funciona, el cliffhanger es un recurso excelente. Para seguir con el ejemplo, Game of Thrones pudo jugar a “¿está realmente muerto Jon Snow?”, Lost pudo mandarse una explosión de bomba nuclear y un flash a blanco sin que se supiera si la estrategia de los personajes funcionó o no (al terminar su quinto año), y en Los Simpsons se pudo plantear la pregunta de quién mató al Sr. Burns e incluso poner una línea telefónica para que la gente diera su opinión sobre quién era el asesino (¡era Maggie! Perdón, spoiler). Salvo el último caso, que al ser una sitcom animada era obvio que no tendría mayores consecuencias (¡el Sr. Burns no estaba muerto al final! Perdón, de nuevo), los otros dos supusieron ganchos que no le robaron a los televidentes del proceso emocional de la tragedia. Jon Snow murió, eso era seguro, y los fans se pusieron tristes al respecto (no voy a pedir perdón por ese spoiler, internet se encargó de que todo el mundo se enterara). La cuestión era si volvería a la vida.
The Walking Dead eligió, en cambio, quebrar ese proceso emocional y espaciarlo durante meses. Matar a un personaje y no revelar quién era. El shock habría sido mucho más brutal si el último capítulo de la temporada anterior hubiera estado más pulido y lo que sucede en este primero de la séptima hubiese estado allí. No es raro en esta serie, que es experta en retrasar la gratificación, pero sí fue el ejemplo supremo de esa práctica poco loable. Las historias funcionan en tres actos -principio, desarrollo y conclusión-, y si demorás meses en dar el tercero entonces no estás siendo justo con tu propia historia. Si vos contás un chiste pero te guardás el remate por una semana, deja de ser gracioso.
Ya estaba claro que el recurso fue poco feliz, pero la pregunta se mantiene: ¿valió la pena esperar? La respuesta corta: sí. Fue un episodio de televisión de esos en los que no se pueden sacar los ojos de la pantalla, salvo por algún momento en esa escena extraña en la que Negan forzó a Rick a buscar un hacha entre el humo minado de caminantes. Una escena que, por cierto, supone el ejemplo interno de este episodio de la incapacidad de la serie por mantener la tensión y el buen nivel por demasiado tiempo.
Más allá de eso, el juego con la amputación del brazo de Carl -qué frase más rara de escribir- fue delirante y frenó justo a tiempo para no ser ridículamente cruel. Y Jeffrey Dean Morgan demostró que el rol de Negan es tan ideal para él como los fanáticos de los cómics habían adelantado.
La respuesta larga: más o menos. Todos esos aciertos se ven contrarrestados por una sed de sangre atroz. Cuando se le está explotando la cabeza a batazos no a uno sino a dos personajes queridos -R.I.P., sargento Ford, te banqué siempre mucho más que a Glenn-, es de mala leche regodearse en las vísceras colgando del alambre de Lucille y en el ojo medio salido de su órbita. Se cae en el torture porn, el género inventado por El juego del miedo y Hostal, en el que se muestra sangre solo por el hecho de mostrarla. Cuando algo es tan, tan gore, en mi caso particular solo lo tolero si es en plan cómico-bizarro (tipo la remake de Evil Dead que dirigió Fede Álvarez, en la que en un momento literalmente llueve sangre). El tono serio y depresivo que tanto le gusta al showrunner Scott Gimple no solo no encaja del todo con cómo está encarando Jeffrey Dean Morgan el personaje de Negan, sino que llevó esta escena demasiado lejos. Por más que el matar primero a Abraham para confundir a los lectores de los cómics, en los que muere solo Glenn, fue una estrategia sólida.
Mucho se ha dicho y escrito sobre la estructura repetitiva de The Walking Dead: encontrar un lugar seguro, pensar que la vida será fácil de ahora en más, ver cómo todo se viene abajo, sangre, y de vuelta al inicio. Esto es distinto, al menos en parte. Negan es el villano más potente de la serie hasta el momento, y su intención de que los protagonistas trabajen para él supone que Alexandria -el último lugar seguro y el que más ha durado- no será destruida sino que entrará en un status quo novedoso. Y todavía falta por verse a Carol y Morgan, quienes aparentemente fueron capturados por un hombre con un tigre gigante por mascota. No sé si será suficiente para mover la historia hacia adelante con el empujón que The Walking Dead necesita desesperadamente. Ojalá que sí. Y quizá el demente sociópata de Negan aporte la dosis de comedia enfermiza que esta a serie siempre le faltó, la causa principal del pecado original de The Walking Dead: su inconsistencia.
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Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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