100 veces murga no le hace justicia a Momo

Es una colección de anécdotas del género carnavalesco más popular que cumple a nivel macro, pero se tambalea en los recursos que elige para contar sus historias

Por Gastón González Napoli

“Relatos esenciales de la murga uruguaya”. Para alguien que vive fuera de los márgenes del carnaval, pero le encanta conocer historias nuevas y comprender fenómenos, el subtítulo de 100 veces murga resultaba muy atractivo. Publicado por Ediciones B a principios de año, el libro podía significar una puerta de entrada a una esfera de la cultura nacional que me avergüenza sentir tan ajena. Y así funciona. Sin embargo, cómo funciona le resta méritos.

100 veces murga no es muy amigable con quienes no estén tan familiarizados con el género. Da por sentados datos que implican un cierto conocimiento previo. Pero, la verdad, eso no es tan grave. Con algo de esfuerzo se le puede entrar. Es el carnaval más largo del mundo; hay que cerrar mucho los ojos para desconocerlo por completo. Y una vez que se entra, los autores Guzmán Ramos y Fabián Cardozo hablan con toda la gente con quien tienen que hablar. La estructura cronológica que eligen opera como una historia oral bastante completa.

¿Orígenes? Por supuesto. Repasan el desembarco en Montevideo del grupo andaluz Los Piripitipis, y cómo inspiró a los uruguayos La Gaditana Que Se Va, primera murga local propiamente dicha. ¿Figuras históricas? Claro. Reconstruyen a los que ya no están, como Domingo Espert, alias “el Loco Pamento”, fundador de los Saltimbanquis; o Rómulo Ángel Pirri, conocido como “Tito Pastrana”, que pasó por Asaltantes con Patente y marcó época con La Nueva Milonga. Y de los que sí están, no falta nadie. José Morgade, Raúl Castro, “Pinocho” Routin, Jorge Esmoris, Marcel Keoroglian, Yamandú Cardozo. Hasta “Cucuzú” Brilka. Hombres casi todos ellos, pero no serán Cardozo y Ramos quienes vengan a discutir la falta de mujeres en el carnaval. Tampoco es su rol, aunque podrían haberlo comentado.

Además de los protagonistas, las historias macro que Ramos y Cardozo seleccionan son a veces sorprendentes, a veces emotivas, muchas veces graciosas y divertidas. Los malabares para burlar a los censores de la dictadura, la escritura de cuplés desde dentro de la cárcel, la participación en la campaña por el referéndum contra la Ley de Caducidad, el clamor por los desaparecidos. Los viajes por el mundo cuando la murga cobró otra dimensión fuera de fronteras. Incluso hay diamantes para pulir entre las anécdotas del día a día de una murga: arriba del camión, detrás de escena, en la noche de fallos.

El problema de 100 veces murga no está en el qué. Está en el cómo.

Yendo de menos a más, lo básico es la redacción. No solo por un puñado de faltas de ortografía, ni por el exceso de puntos suspensivos; ni siquiera por la predilección de los autores por los gerundios mal empleados. Lo más molesto son las frases cortas, telegráficas, y con decenas de “enters” innecesarios. Con seguridad buscaban darle agilidad a la lectura, pero su repetición termina volviéndola cortante.

El escalón siguiente es el formato. Cada uno de los más de cien relatos de 100 veces murga lleva el nombre de una persona. Sin embargo, no queda claro si es un conjunto de anécdotas escritas por estas personas, o si Ramos y Cardozo las escribieron basados en lo que esta gente les contó, o si es una serie de transcripciones de entrevistas. El propio libro se describe como “un coro de murga cantando su propia historia”, lo cual no termina de aclarar la duda.

Por contexto la opción más aproximada a la realidad parece la tercera: transcripciones de entrevistas. Con la salvedad de que todos hablan tan parecido, con un uso del lenguaje tan unívoco, que revela una edición demasiado extensiva de los testimonios transcritos. Se confirma con escuchar las entrevistas en video que complementan el libro, como la que muestra a Yamandú Cardozo hablando del cuplé “La niebla”. Este estilo de trabajo homogeneiza las entrevistas y les saca gran parte de la gracia.

Así se llega al escalón último de problemas de 100 veces murga: el número. Por querer aferrarse al 100, Ramos y Cardozo cometen dos tropiezos. Incluyen un par de relatos levantados de otros medios; citados correctamente, pero que rechinan. ¿Por qué incluir algo que no recabaron ellos? Solo para cumplir con una cuota autoasignada.

Por otro lado, se incluyen relatos pesados, potentes, como cuando Raúl Castro rememora el encuentro de Falta y Resto con Mariana Zaffaroni, una desaparecida a la que nombraban, buscándola, en un carnaval anterior. Y junto con estos entran anécdotas livianas, como los integrantes de una murga borrachos haciendo trencito arriba de un bondi; y hasta de moral dudosa, como el cuento de Hugo Bravo, un murguista que, alcoholizado, aprovechó que un “un criador de chanchos” entraba a un restorán a buscar sobras y le robó el carro.

Enfrascarse con el 100 se asemeja demasiado al concepto guía de una serie de libros argentinos. Por sobre todo, enfrascarse con el 100 hace que el resultado sufra.

Una pena. El potencial está. A quien le interesa el carnaval, le atraerá. Al que busque algo más amplio sobre un género artístico popular, puede salir con gusto a poco.

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