Adrián Biniez y Las olas de una nostalgia absurda

La película uruguaya Las olas permanecerá en cartel algunas semanas más en Life Cinemas y la Sala B. Aprovechamos entonces para conversar con su director, Adrián Biniez, sobre su proceso creativo y la nostalgia por los veranos de playa que no tuvo


Alfonso Tort en Las olas

La tele del bar muestra el primer tiempo de Alemania-Corea del Sur. Faltará un buen rato para que los teutones queden afuera de la Copa del Mundo, por ahora van 0 a 0. Y los ojos de Adrián “Garza” Biniez, director de cine argentino que vive en Montevideo desde hace unos 15 años, se van cada tanto a la pantalla.

Ganó Argentina ayer. Si nos llegamos a cruzar en cuartos de final, ¿por quién vas?

[Sorprendido] ¡Por Argentina! No sé cómo voy a hacer para verlo en mi casa con mi mujer y el entorno. Me pasa siempre con los mundiales que lo puedo disfrutar doble, porque hace tanto que vivo acá que también hincho por Uruguay. Pero nunca dudé en que si se enfrentan quiero que gane Argentina… y despertarme el otro día acá. Me pasó con el partido de la Copa América que ganó Uruguay [en 2011]. ¡Ay, tatita! Lo estaba mirando por Roja Directa, y tenía delay con todos. Estaba en un edificio yo. Cuando erró el penal…no me acuerdo si fue Tévez…

Fue Tévez sí.

Mis vecinos empezaron a festejar antes que lo patee. Y yo decía: “¡No, no, no!”. Y me fui a dormir. Al otro día te chupa un huevo. Es muy divertido… si perdemos, me babosean todos, pero es muy divertido estar en un lugar donde sos el único, que todo el mundo hincha para el otro lado.

***

Biniez está presentando Las olas, su tercer largometraje luego de Gigante y El 5 de Talleres. Es una obra difícil de clasificar; Biniez la acerca al “realismo absurdo”. Es veraniega, nostálgica, con momentos enternecedores y otros de ese humor que busca la sonrisa más que la carcajada.

Las olas no tiene un argumento definido, sino que la conforman una serie de episodios, escenas de una vida. Cada una comienza y termina con un baño en el mar, en un recorrido por balnearios de la costa uruguaya. Alfonso Tort interpreta al protagonista en cada una de esas etapas, ya sea como un niño, como un adolescente o como un adulto; lo hace con gestos sutiles que revelan los cambios en su edad, porque de apariencia lo único que cambia es el short de baño.

En otras manos, habría supuesto un viaje en el tiempo, con un personaje confundido por los cambios temporales, que no son ordenados. Pero Biniez deja en suspenso qué es exactamente lo que se está desarrollando en pantalla. Por momentos los personajes son conscientes de que él viene “del futuro” y le preguntan por cosas que sucederán más adelante; en otros, nadie parece notar que es un hombre grande y no un niño. La película no da ninguna pista sobre lo que está sucediendo y espera que uno vaya entrando a su universo por sí mismo.

Las tramas de cada episodio de Las olas son breves y tienen que ver con el vínculo con otros, casi siempre mujeres: su hija pequeña, su ex (Julieta Zylberberg), su novia adolescente, su madre, la madre de un amigo que lo seduce a lo Sra. Robinson. También con los amigos jóvenes, boludeando en la playa, y con los preadolescentes. Es una onda Boyhood, de “la vida misma”.

Lo que sigue es una charla algo caótica sobre su proceso creativo, cómo Las olas está inspirada por un sello discográfico inglés súper under y por qué escribió con nostalgia sobre las playas, cuando la primera vez que se fue de vacaciones al mar fue bien entrada su adultez.

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Gigante fue tu película uruguaya, El 5 de Talleres tu película argentina…

Las olas es re uruguaya.

Trabajaron con equipo chico, ¿no?

Éramos diez personas, desde el principio. Se pensó de esa forma desde el vamos. Después todo fluye.

¿Cuánto demoró el rodaje?

Tuvimos una jornada en Montevideo, que es el principio de la película. Después tuvimos 18 días afuera, y creo que un día más extra. Estuvimos en Santa Teresa, en Punta Rubia, en La Paloma, en la laguna de Rocha, en Playa Verde, en el Pinar, y en Montevideo.

El mejor rodaje imaginable.

Obvio, obvio, los días nos tocaron divinos. Agarramos ya empezando el otoño, entonces estaba veraniego, pero las nochecitas estaban frescas. Teníamos miedo de que hiciera frío, pero no.

Alfonso [Tort, el protagonista] tenía que aguantar, sin remera todo el tiempo.

Sí, según lo que dice él, yo no me metí al agua, la temperatura estaba bien. Se dice que en marzo es el mejor momento para bañarse en el Este porque el agua se templó después del verano, y las corrientes frías todavía no entraron. Hubo algún día que Alfonso pasó un poquito de frío, pero corría mucho antes de empezar a filmar, para calentar, como en el fútbol.

¿Querías hacer algo rápido? Porque entre Gigante y El 5 de Talleres pasó bastante tiempo.

Cinco años. Después de Gigante dije “voy a tomarme mi tiempo” y después me pareció que era mucho. Ahora, en perspectiva, me parece más, en ese momento lo re disfruté, no estaba tan ansioso. Si hubiese vuelto a filmar en Uruguay después de Gigante hubiese sido un poco más rápido que en Argentina, porque implicaba ir… Más allá de que estuvo producida por Mutante desde acá, era toda una movida, ver el terreno, empezar de cero.

Porque vos tu carrera cinematográfica la hiciste acá, no tenías contacto.

Allá pagaba la entrada del cine nomás.

Las olas es como una encapsulación del verano. Pero la estrenás…

…en pleno invierno. Frío, frío. Está bueno.

Te da nostalgia del verano.

Sí, sí. Es una película re de verano. Tampoco es de balneario fuera de temporada, más allá de que es muy abstracto, no hay extras, la gente que está veraneando siempre son ellos nada más. El año que filmamos, terminamos de rodar y a los dos días empezó un invierno saladísimo. Dijimos: “¡Qué culo que tuvimos!”. No paró más el frío, aparte.

Yendo al proceso creativo: en una entrevista con La diaria comentabas que en Gigante tenías un guion armado, y me hiciste pensar que acá no lo tenías.

No, estaba el guion. Pero era menos… La zona de los niños, uno pone diálogos pero es una zona más de incógnita. Es la segunda vez que filmo con niños, y ellos son más creativos de lo que podés ser vos. Es estar abierto a eso, no perder lo que pueden generar ellos. La zona de los diálogos, aunque se vinieron con los diálogos aprendidos, hay toda una secuencia, cuando están jugando a un juego de mesa, que es toda improvisada. Habíamos terminado la jornada de rodaje en medio día, lo hicimos muy rápido, y dijimos: “Vamos a inventar algo”.

Después, hay escenas que están muy guionadas, otras que surgieron con los actores en los ensayos. La estructura de episodios estaba armada, aunque en la edición le cambiamos el orden. A mí me pasa con el guion, cada vez más, que es algo que terminás armando después. Con el casting te cambia el sentido del personaje. En los rodajes mismos se van encontrando cosas y modificando. Mantiene la cosa bastante vital. No es dejar el guion como una cosa de hierro.

¿Vos querías saber cómo escribo?

Sí, todo…

Mirá, la idea no me acuerdo cómo surgió, anoto ideas para hacer cosas, algunas no entendés ni qué quise poner, una referencia a una película más una frase, más un nombre. Esta estaba bastante simple y se entendía.

¿Le prestás atención a las reglas de guion?

En este, particularmente, no. Quería hacer algo que no tuviera arco dramático, que fuera episódico, que por momentos las escenas fueran medio elípticas, que va de acá a acá y terminó. Sin ningún tipo de…

Transformación.

Transformación. Quería ser medio anti realista, jugar con cambios de tono medio bruscos. Me interesaba eso. Explorar una zona que me gusta mucho ver en otras películas y yo nunca había hecho. En algún punto es anti guion clásico. Ahora estoy escribiendo un guion nuevo, lo hice hace como un año y ahora lo estoy arreglando, creo que es lo próximo que voy a hacer, o lo próximo no, pero dentro de un tiempo, y es clásico.

¿Cómo se te ocurrió lo del mar como elipsis?

No sé, lo que sí, dije: “No vamos a hacer planos abajo del agua”. Una vez que entraste, ya sabés que el mar te lleva, no lo voy a mostrar bajando. Se perdía un poco la magia si lo mostraba. Pero esta cosa episódica yo la venía intentando en una especie de cuentos y en otros guiones; estaba haciendo un tratamiento de una de estas historias y dije “bo, pero esto es parecido a algo que yo había pensado”. Le decía Las playas yo. Dije “esto es como Las playas pero en otro lugar, con otras cosas”, y dije “¿por qué no hago la de Las playas?”. Filmo al aire libre, con la luz del sol, que era algo que me re copaba intentar.

¿Surgió como un cuento entonces?

No, no, lo otro sí. Era algo parecido, un tipo que iba de un lugar a un lugar. Un personaje que salía de una casa, ponele en Pocitos, se iba caminando, caminando, caminando, hasta el Prado, entraba a otra casa, y tenía otra familia. Otro modo de vida. Después salía, caminaba, y otra vez. Dije “está buenísimo esto” y pensé “yo hice algo parecido”. La idea de Las playas no sé, tendrá seis, siete años.

¿Tenés un cuaderno de ideas?

Un Word. Hay cosas que son dos líneas, hay cosas que son tratamientos… Algunas las he escrito y he pensado que no las puedo filmar. Ahora tenía un tratamiento sobre un policial, y le dije a Esteban Lamothe [protagonista de El 5 de Talleres], que estaba con ganas de dirigir una película. Se lo di, se re copó y junto con otro guionista argentino lo agarraron y lo empezaron a adaptar. Se los di y no fue como “respetalo a rajatabla”. E hicieron un guion que está buenísimo.

Eso de que se lo des y digas “no hay por qué respetarlo” muestra que tenés fuerza de carácter, porque es algo que sacás de tu alma y que venga otro y lo cambie…

También es la confianza. Confío en el criterio de los dos. Son tipos muy creativos, muy talentosos. De hecho, lo mejoraron el guion. La historia está más buena. Ahora con Stoll, con Pablo, estuvimos escribiendo los capítulos de la serie Todos detrás de Momo y me encanta.

Está Carlos Tanco también.

Sí, entre los tres. Empezás escribiendo una escena y viene el otro y le pone otra cosa y el otro otra cosa y se transforma. Mucho filmamos juntos con Pablo, pero otras por separado, y ya no importa de quién es.

En Las olas el personaje tiene el nombre del actor. ¿Tomaste cosas de él para construirlo?

Quería hacer una película con Alfonso, es amigo mío. Había laburado en El 5 de Talleres, él como secundario, después algunas cosas web, hemos escrito hasta un guion de película que nunca hicimos. Quería hacer una para él y dije “este es él, voy a escribir la película para Alfonso”. Él siempre haciendo de su personalidad, con un milímetro podía ya dar de niño, de adolescente, sin tener que sobreactuar. Me parecía que lo podía hacer, porque es muy talentoso. Y lo del nombre, primero se llamaba Walter, por un tema de los Kinks que se llama “Do You Remember Walter?”, que habla de eso. Después dije “no está bueno, le pongo Alfonso por ahora”. Y sonaba lindo, le pregunté si estaba bien, y quedó.

Hablando de los Kinks, también te leí comentar que tenías un montón de referencias musicales para esta película.

Teníamos, sí. Hay un sello inglés que se llama Ghost Box Records. “Ghost box” es como una caja que usaban los espiritistas para llamar a los fantasmas a principios del siglo pasado, cuando estaba de moda. El sello hace como una especie de música electrónica, una mezcla de documentales de los 70 de la BBC con películas medio de ciencia ficción o de terror. Hay muchas bandas, soy muy fanático hace rato, en Gigante ya los guardias de seguridad tenían un loguito en el brazo, un búho, que es de la tapa de un disco de una banda que se llama Belbury Poly.

Es un tipo de música que siempre me gustó, la escuchás y es música de película y televisión de los 70. Sintetizadores, mucho Moog. Me retrotrae mucho a las típicas cosas que veía en la televisión cuando era muy niño. Lo mamás no tan conscientemente. Ellos también tienen algo de diseño gráfico, de fantasmas, de viajes en el tiempo, dije “esto tiene que ser como si Ghost Box hiciera una película”. Alfonso es medio un fantasma, sin ser de terror. Y jugar con eso.

Esa cosa onírica.

Eso, esa mezcla. Estaba re presente. Cuando pensaba la película, siempre decía “esto es como la película de Ghost Box”. También vi una película que se llama The Duke of Burgundy, y la música la hace uno del sello, o satelitales al sello, la película es medio un delirio, y dije “es eso”.

¿Sos nostálgico?

De chico era más que ahora. Igual soy, no mucho, con ciertas cosas. Es raro, no sé… No me gustaría volver a vivir muchas cosas. No es que me encantaría refugiarme en el pasado. Por momentos me agarra cierta cosa, pero no es muy concreta. Muy vaporosa. Cuando era muy pendejo, entre los diez y los trece años, me hubiese encantado vivir a fines del siglo XIX, por la literatura que leía. Y la tristeza de que no lo iba a lograr.

Tipo Medianoche en París.

Puede ser eso. Porque leía a Salgari, Stevenson, Verne. Tenía una tristeza de “nunca voy a poder vivir esta época”. Después conocí más el mundo de la música y el pop y se me fue un poco eso. Es medio rara la nostalgia. Con la música a veces me pasa, músicas que escuché muy de pendejo. Tiene muchas capas la música. Se me viene cuando la escuché por primera vez, el entorno, eso sí me da nostalgia, no tanto asociado a… más de sensaciones que de personas o de lugares.

No tenés nostalgia por tus veranos de niño.

No, de hecho no me ido mucho de vacaciones. Tengo muy pocas en mi vida. Creo que no llego a diez, y tengo 43. De niño creo que fui solo dos veces de vacaciones con mis padres.

¿A dónde, tipo Mar del Plata?

No, no, nunca fui al mar. Parece más autobiográfico de lo que es. Yo el mar lo asocio más con venir de adulto y vivir acá en Uruguay, tener el mar acá a dos cuadras. Vengo de Lanús, que no tiene mar. Buenos Aires, es un lugar común, pero creció de espaldas al mar. Posta, no le da bola. Y no estás tan lejos, pero está cerrado, o el acceso es complejo, o está contaminado.

A mí me pasa cuando voy a Buenos Aires que no sé dónde está el agua.

No sabés. Acá todo el tiempo sabés. Entonces asocio el mar con Uruguay. Por eso digo que la película es muy uruguaya. La primera vez que me fui de vacaciones al mar, tenía 31 años, viviendo acá ya. No es nostálgico del mar porque es algo nuevo para mí. Lo asocio con la idea del Uruguay. La única vez que me fui de campamento, nunca me fui con mi novia [como sucede en Las olas], me fui con mis amigos, a Bariloche, a la montaña en verano.

Totalmente al revés de la película.

Lo del mar es muy diferente para mí. El mar es puramente uruguayo. Y es una de las cosas que me fascina de la ciudad. Voy a caminar, salgo a la rambla. Cuando me vine a vivir acá iba a la playa Pocitos o la Ramírez porque no podía creer que estuviera tan cerca de donde vivía. Esa es la idea que tengo de Montevideo: un lugar con agua.

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