Animalia: Teatro uruguayo vivo

Una colección de obras de teatro de tres autores clave del panorama local: Sergio Blanco, Gabriel Calderón y Santiago Sanguinetti


Detalle de la tapa de Animalia

Por Gastón González Napoli

Un ciervo, un jabalí, un gato. Varios gatos. Vivos y muertos y de peluche. Tres obras de teatro. Tres autores con ganas de jugar con las reglas. Ilustraciones rojizas. Animalia contiene mundos. Contiene multiversos.

Criatura Editora mete en una misma bolsa a tres trabajos que tienen más que ver entre sí de lo que parece a la primera. Los une la presencia de animales, manejados como metáforas, como presencias posta, como pastillas de cultura pop; es decir, en formas distintas en cada cual. Con humor negro una, con drama metaficcional otra, con grandilocuencia shakesperiana otra. Y sin embargo encajan juntas. Tal vez la razón sea el prólogo de la Prof. María Esther Burgueño, que profundiza en la interrelación en Animalia. “No es tarea fácil explicar este libro”, aclara. De arranque. Y luego lo hace.

Porque este trío no tiene en común solo el vínculo generacional entre los autores; hay algo en su encare iconoclasta que emparenta a las obras y nutre a las unas de las otras. Son, en este orden, El bramido de Düsseldorf, de Sergio Blanco; Historia de un jabalï o Algo de Ricardo, de Gabriel Calderón; y El gato de Schrödinger, de Santiago Sanguinetti.

***

La primera es una auto-ficción, género en el que Blanco viene trabajando desde hace tiempo. Su cuarta auto-ficción, tras Tebas LandOstia La ira de Narciso (en cartelera actualmente, con Calderón de protagonista). Blanco cuenta que la semilla se sembró cuando recibió una carta de una mujer chilena: su hijo se había suicidado tras una función de La ira de Narciso. De viaje por Alemania, pasó por Düsseldorf, le gustó cómo sonaba el nombre, y fue construyendo el relato.

Tiene al personaje “Sergio Blanco” en esa ciudad teutona, donde su padre está moribundo mientras él a) busca convertirse al judaísmo, b) explora la figura del asesino serial Peter Kürten y c) comienza a trabajar como guionista para una productora porno. Sin que se defina del todo por cuál de los motivos está allí. El bramido de Düsseldorf bebe también de mitos diversos, clásicos y contemporáneos.

“Siempre defino al artista contemporáneo como alguien que constantemente está buscando nuevas formas, no por una necesidad de originalidad o novedad –eso no me interesa en lo más mínimo–, sino por el desafío del riesgo, por un placer del riesgo. Y eso es lo que lo define”, dijo Blanco la diaria.

***

La segunda de Animalia es un unipersonal, es una adaptación de Ricardo III de William Shakespeare, es una sátira sobre un actor egomaníaco, está en verso a la isabelina, está en prosa como un discurso furibundo, está hoy y está ayer. Calderón se encontraba en Inglaterra cuando bajo un estacionamiento de Leicester se encontraron los huesos torcidos del Ricardo en cuestión. Duque de York, rey entre 1452 y 1485, cuya muerte se señala como el fin de la Edad Media inglesa, vilipendiado por la dinastía -los Tudor de Enrique VIII e Isabel- que lo sucedió en el trono. El hallazgo de su cuerpo lo inspiró a mirar hacia el Bardo, y a tomar la figura del jabalí, asociada con el personaje por su blasón de jabalí blanco.

“Me aburro fácil de todo, entonces, ¿qué mejor estrategia que cambiar siempre?”, dijo a El País. “El teatro es la única de mis cosas que no es pesada en mi vida, y por eso en cada obra intento algo nuevo, incluso cuando sé que el espectáculo no está tan bien como podría, lo hago igual, para acostumbrar al espectador a no esperar siempre lo mismo de mí”. Lo que mantiene vivos a los clásicos, sumó a El Observador el actor Gustavo Saffores, que encarnó a este Ricardo, “es que la gente los reinvente”.

Vale recordar que Sergio Blanco ganó un Florencio a la revelación con 19 años, por una versión de Ricardo III.

***

La tercera, El gato de Schrödinger, posee la verborragia que caracteriza a su autor; refiere, explica y lleva al ridículo a la física cuántica (a la producción creativa de Sanguinetti la han colgado la etiqueta de “enciclopedismo”); mete en la licuadora la homofobia, la violencia en el fútbol, zombis, Bakunin, el Gran Colisionador de Hadrones; y todo en clave hilarante, con una cadena brutal de carcajadas. El autor estaba en Chile y se inspiró en el fervor mundialista de la Roja en el 2014, que asoció con la anarquía.

La protagonizan Alfredo y Roberto, mascotas gatunas sociopáticas de un club de fútbol; Jorge, dirigente despechado con tendencias violentas no resueltas; Milton, director técnico cabeza dura de salud dudosa; y Néstor, futbolista que miró muchos videos sobre física cuántica en YouTube y al salir de la cancha rumbo al vestuario y da inicio a la trama. Al no ver más el partido que están perdiendo por goleada, Néstor cree que no está ni perdido ni ganado sino las dos cosas al mismo tiempo, un juego con el gato del físico austríaco-irlandés Erwin Schrödinger, al que tanto se nombra últimamente en la televisión (The Big Bang Theory Rick and Morty le dedicaron capítulos, por ejemplo). Las cosas se ponen raras de verdad cuando el vestuario queda un limbo entre varios universos paralelos.

“Hay una cierta revitalización de la dramaturgia uruguaya a través de creadores entre los 20 y los 35 años. Lo interesante de todo esto es que estamos hablando de nosotros mismos a través de nosotros mismos. Uno puede hablar de uno a través de un clásico”, dijo a El Observador cuando presentó El gato de Schrödinger. “Es imposible competir con la intensidad poética, simbólica y conceptual de Shakespeare. Pero somos jóvenes, tenemos tiempo todavía, y necesitamos vernos en escena para acercarnos un poco, aunque sea, a esos monstruos milenarios”.

***

Tres autores con las ideas claras, con ganas de probar cosas, de patear el tablero, quemar la pradera y más lugares comunes que le quedan chicos a su arte. Las obras de Animalia subvierten la masculinidad, se hacen preguntas sobre ella. Le ceden poco espacio a las mujeres (solo hay personajes femeninos en El bramido de Düsseldorf, y aun así la participación es escasa) pero parecen conscientes de eso, casi como si fuera parte del mensaje. Son obras muy atadas a su su tiempo aunque se alimenten con voracidad del pasado. Quizá justamente por eso son actuales, en esta cultura pop de uróboros. Además, comparten casualidades varias, como la inspiración nacida en el exterior.

Viendo los títulos uno junto al otro, vale decir que también comparten las diéresis.

Un apunte aparte para las ilustraciones de Sebastián Santana. De realismo detallista garabateado con lápiz en una hoja de cuaderno, de fantasía antropomórfica y algo perturbadora, de un rojo que es otra línea común en este grupo de trabajos.

Leer teatro no es para cualquiera. Se parte de la base de que se está leyendo algo incompleto, que solo será definitivo sobre el escenario, y aun así se tiene en las manos algo cerrado, presente, material, ahí donde la puesta en escena es efímera e irrepetible. Como mínimo, Animalia funciona como primer plato y despierta el apetito para ir a ver lo que sea que estos autores estén haciendo en el momento. Como máximo, es un placer en sí, amparado por la imaginación de cada quien y el lápiz sangriento de Santana que marca el camino.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *