Asesinato en el Expreso de Oriente: Agatha Christie descafeinada

La nueva adaptación de la novela de la escritora británica es una película tibia

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Puntaje: 6.5

Es difícil arruinar a la Reina del Crimen. Más con un elenco tan exageradamente estelar como este. El director Kenneth Branagh también protagoniza en el rol del célebre detective Hercule Poirot y se nota que se divirtió un montón en el rodaje; juega con las excentricidades del personaje sin olvidar los aspectos dramáticos de la trama. Sin embargo, su versión de Asesinato en el Expreso de Oriente, novela de Agatha Christie publicada en 1934 y ya llevada al cine en 1974, se siente tibia. Es una de esas que solo permiten responder a la pregunta “¿te gustó?” con un “sí, yo qué sé, bastante bien”.

En los años 40 Raymond Chandler ya opinaba que las novelas de Agatha Christie eran rebuscadas y poco realistas, pero por algo es una de las autoras con más ventas del siglo XX, y cuando se tiene un protagonista con un bigote tan frondoso como el de Poirot uno tampoco busca un retrato certero de la violencia en la sociedad. La trama de Asesinato en el Expreso de Oriente es de por sí una fantasía, una partida de Clue más que un policial. El tren de Estambul a Londres se estanca bajo una avalancha de nieve en un paso de montaña. Mientras están atrapados, un hombre aparece muerto en el mismo vagón en el que viaja Poirot. Las pistas son confusas y no llevan al detective para ningún lado. Todos los que van en el vagón son sospechosos, y todos parecen mentir en uno u otro nivel. El propio muerto resulta no ser quien decía ser. Branagh no intenta darle a esto mayor suspenso. Se mantiene a kilómetros de distancia de la velocidad frenética que le han impreso a Sherlock Holmes -el detective que viene a la cabeza con solo nombrar la palabra “detective”- tanto en la BBC con Benedict Cumberbatch como en las películas de Guy Ritchie con Robert Downey Jr. Asesinato en el Expreso de Oriente es un filme a la antigua, en la línea de lo que se puede esperar del realizador irlandés.

Como dicho, el elenco es disparatado. Los sospechosos incluyen a Penélope Cruz, Willem Dafoe, Judi Dench, Josh Gad (el Olaf de Frozen), Daisy Ridley (Rey en Star Wars) y Michelle Pfeiffer; también a Derek Jacobi, Tom Bateman y a la reciente estrella teatral Leslie Odom Jr. Johnny Depp es el muerto. Todos están bien, por supuesto, aunque de algunos se espera más, sobre todo de Penélope Cruz, poco y mal utilizada, que lo de ella no es hacerse la pobrecita sino todo lo contrario. La que destaca es Michelle Pfeiffer, como una veterana aparentemente embarcada en un viaje de cazar esposo nuevo; Pfeiffer recorre todo el espectro de sus capacidades actorales y hace agradecer que últimamente se la vea más seguido en la gran pantalla. La mayor gracia de Asesinato en el Expreso de Oriente son eso: los actores. El problema es el guion.

Si es tema o no de la novela, como acusaría Chandler, será para otro análisis. Lo que se ve en el cine muestra que material hay y que daba para más. Se dice que juzgar un guion a través de la película terminada es un crimen, pero no queda otra, más cuando el guionista Michael Green ha de estar nadando en una cantidad de dinero tal como para que no le moleste. Es su cuarto estreno del año, después de las celebradas Logan y Blade Runner 2049 y la más divisiva Alien: Covenant. Esta la habrá escrito de apuro y sin ganas, si no, ¿cómo se explica no uno sino dos monólogos teatrales, incluido uno de un personaje charlando un buen rato con una foto? ¿O que en el primer acto Poirot escuche a otros dos decir “pronto todo estará terminado”? Ni tampoco es el único cliché de película de misterio. Lo peor es que se ve venir la mano ya desde la escena introductoria en que Poirot resuelve un crimen previo.

Los monólogos bien pueden ser a instancia de Branagh y sus intereses shakespereanos, está claro. Como el que firma el papel es Green, la crítica será para él (y hay que notar que en sus otros guiones siempre firmó junto con otros, este es su primero en solitario; no es la mejor señal). Para Branagh serán las críticas de una dirección de foto que se apoya en efectos especiales para simular el paisaje montañoso y el tren sepultado en la nieve, pero que se siente poco inspirada. El único momento raro, en el que la cámara corta a un plano cenital al momento de la muerte, parece todo el tiempo estar a punto de revelar algo y se queda en la nada, con lo que suena a un intento barato de copiar u “homenajear” a Alfred Hitchcock. Donde el maestro del suspenso utilizaba el recurso para reforzar esa sensación, Branagh solamente muestra una charla sin mayor interés. Resulta más molesto que otra cosa.

Claro, es Agatha Christie. Así que el cierre está atado con un moño, lo cual no implica que sea un final feliz, sino más bien uno melodramático, si bien distinto y bien logrado. Ni un guion poco creativo ni una dirección que no sabe explotar la claustrofobia del tren puede arruinar eso. Menos con un elenco así de estelar. Valga la repetición. Es una pena que al final no pueda decirse mucho más que “sí, yo qué sé, bastante bien”.

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