Biografía de La Trampa: ¿rock para repartir?

El libro se convierte en una crónica del ascenso y la caída del boom del rock uruguayo de mediados de los 2000 por medio de uno de sus grupos más populares, y sobre todo por medio de su compositor principal

Puntaje: 7.5

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Al salir de La Trampa: sin miedo en la oscuridad, es probable que se tenga una opinión muy fuerte de Garo Arakelian. Puede que se lo vea como un ególatra que vino a tragarse una película de estrella de rock justo en este retazo de pasto al que llamamos paisito. O todo lo contrario: que se lo vea como un maestro de la canción con la palabra certera y un ingenio irónico, agudo, que se le planta de frente a uno de los vicios más arraigados de la nación uruguaya, la falsa humildad. Porque el libro del periodista Ignacio Martínez, de la diaria y la revista Lento, es más un perfil extenso y en profundidad del fundador, guitarrista y compositor principal del grupo que de La Trampa en sí.

No va como una crítica. La Antología de los Beatles es una gran biografía de Lennon y McCartney y el According to The Rolling Stones hace lo mismo con Jagger y Richards. Es que son los dínamos de la creatividad de sus respectivas bandas. No los únicos, claro, por eso al final del libro de Martínez gana peso la figura de Alejandro Spuntone como al principio lo hace la de Sergio Schellemberg, los otros dos creativos de La Trampa, por una u otra razón ensombrecidos por Arakelian. Así como en los Stones pasó con Brian Jones y en los Beatles con George Harrison. Uno como oyente y como fanático se interesa más por la creatividad de los que han sido bendecidos por ella, y así los creativos están iluminados siempre por el foco más brillante. Aunque bajo la luz miren al público con cara de culo.

La personalidad desmesurada de Arakelian hace que el libro gire a su alrededor como si emanara fuerza de gravedad. Es un entrevistado bombástico, que dispara una atrás de la otra frases de esas que el periodista ya dice “tengo el título”. Martínez se enamora de las palabras del músico y lo transcribe sin aportar ni contexto ni repregunta, ni un comentario ni una pizca de humor, aunque Arakelian parezca estar buscando el shock. Como cuando afirma que “no hay períodos más estúpidos y banales de la cultura que los de bonanza”. El rock and roll más primigenio vio la luz en los años 50, una de las décadas de mayor expansión económica de la historia de Estados Unidos, y si bien puede argumentarse que debajo de la pátina de sonrisas de cartel publicitario y televisión en familia y Baby Boom bullían conflictos raciales y sociales, recién explotarían en los 60. Martínez seguro lo tiene clarísimo. Incluso el propio Arakelian ha de tenerlo. Pero es que la cita queda tan linda…

Las chispas de verdad interesantes saltan cuando a los rockeros de egos descomunales se los saca de su lugar de confort, no si solo se transcriben sus frases memorables. Como: “A nosotros nunca nos importó el rótulo de rock, y me lo paso por las pelotas hasta el día de hoy. Me sobra rock, en todo sentido; tengo para repartir al que le falte”. O sobre el mítico boliche: “Yo entiendo que para mucha gente Juntacadáveres fue lo mejor que les pasó aparte de la mina que no entienden cómo se garcharon alguna vez, pero para nosotros fue un toque más, nunca fue una cosa importante”. O cuando dice que cada vez que lo pasaban a buscar por el laburo decía “hoy es el peor día de mi vida” para dejar en claro que le importaban un carajo los problemas de los demás. O cada palo que le tira a sus excompañeros de banda o sus mismos fanáticos, que por poco y piensa que son unos imbéciles.

Sobre eso último: ni Arakelian ni Martínez discuten con la seriedad necesaria la futbolización que vivió el rock vernáculo a mediados de los 2000, fenómeno del que La Trampa fue centro. Sí que se habla de las banderas y las camisetas, como señal tanto del crecimiento exponencial de la era Caída libre y Laberinto como de algo que estaba mal de fondo con la movida. Nada más Arakelian se calza la vestimenta de rockero maldito, enemistado con su propia fama. De a ratos va contra el público solo porque sí. Y como no parece haber discusión ni debate sino solo un grabador encendido, a veces suena a disfraz e impostación, postureo, no a quien el tipo realmente es. Es a través de las entrevistas con Spuntone o, sobre todo, con Fernando Cabrera, que produjo Laberinto, cuando más y mejor se comprende a Arakelian. Lo que por supuesto también es logro de Martínez.

El libro se lee rápido, con fluidez, y ofrece una mirada analítica de la música de La Trampa más allá de lo que sus protagonistas tienen para decir sobre ella. Es en esos fragmentos donde más se agradece la mano de Martínez, un hombre que escribe con propiedad sobre un tema del que hablan demasiadas personas sin las credenciales necesarias (incluido quien escribe estas líneas, que más de un disparate musical ha dicho y por eso ha pagado). El trabajo del periodista de la diaria es abundante, por eso da lástima cuando La Trampa: sin miedo en la oscuridad se transforma en un megáfono para Garo Arakelian, Dios del Rock y Voz Involuntaria de una Generación.

Como retrato de la trayectoria de La Trampa, el libro es una zambullida quizá todavía más profunda de lo que podía esperarse en su historia más complicada. La separación de la banda pasó en su momento bastante por debajo del radar, no como sucedió por ejemplo con Hereford, en la que Frank Lampariello hizo un anuncio público en Facebook. La Trampa se fue desvaneciendo, y Martínez corre el telón para mostrar todo el quilombo que hubo detrás. Evita tropezar con el chusmerío que siempre está a la vuelta de la esquina en estos casos, lo cual no es poco. Y yendo para atrás, se agradece el repaso porque es también un repaso de lo que fue toda la escena. Desde la distancia, se recuerda el boom como algo mucho más largo de lo que fue. Este libro muestra cómo fue intensísimo, sí, aunque más bien breve. Pone las cosas en perspectiva. Es necesaria la atención periodística continuada que se ha proyectado sobre el rock uruguayo de la década pasada en los últimos años.

Si hay algo que le falta, además de un poco de edición (sobran los adverbios y la palabra “obsesión” aparece de forma, bueno, obsesiva) es algo de humor y liviandad. La contratapa, a cargo de Marcelo Pereira, compañero de redacción de Martínez, asegura que el La Trampa: sin miedo en la oscuridad tiene “mucho rock”. El rock también es energía y exceso y diversión y salvajada y sudor. Sin embargo, la fuerza de gravedad de Arakelian puede más. Así como Álvaro Pintos, ex batero de la banda e integrante del Cuarteto de Nos, recuerda que se daba cuenta de qué humor tendría La Trampa según con qué cara se subía el guitarrista a la camioneta, el libro permite que la nube negra con la que los compañeros le tomaban el pelo a Arakelian cubra también sus páginas. Depende del estado de ánimo con que se lo lea. De mal humor, no se soportará ni una palabra más de Arakelian. Si se le entra con cabeza despejada, no pasarán muchas páginas antes de que por los parlantes o auriculares se sienta la “trampamanía”.

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