Los Buenos Muchachos se ponen contra las cuerdas

La banda editó su octavo disco, en el que se fuerza a innovar en su propio sonido

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Puntaje: 9

Uno como crítico aprende que no puede nada más decir que algo está “bueno”, que hay que argumentar y explayarse para transmitir en la página lo que el arte empapa en el alma. Entonces uno se encuentra con una canción como “Todo aquel infierno” y solo le da para anotar “un tema del re carajo”. Luego uno revisa las notas y opina que no puede expresarlo mejor. Pero uno va a intentarlo.

El octavo disco de los Buenos Muchachos no tiene título ni el nombre de la banda aparece por ningún lado en la tapa, ocupada por un arte evocativo, tenebroso, volcánico, colorido, confuso (¿es un par de manos incorpóreas?, ¿un perro?, ¿un chancho mutante?). No será ni la única vez que el álbum lleve a pensar en Led Zeppelin (cuyo cuarto álbum carece de nombre y referencias a los autores en la tapa); mucho menos será la última sorpresa. De esas este trabajo está repleto.

Abre, sin embargo, con “Veocomotopo”, una entrada mentirosa, o quizá mejor una transición necesaria. Ambiental, una sensación en el estómago más que un tema, más en la línea de lo que fue el Nidal en 2015. Al instante de que sus acordes se extinguen, el álbum da un vuelco y los Buenos Muchachos se alejan de casi todas sus señas características. Se revela ambicioso y divisivo, un disco que necesita de varias escuchas para ser comprendido como debe. Que primero suena más “tranquilo”, apacible, como su corte de difusión, “Antenas rubias”. Por otro lado recupera obsesiones pasadas del grupo, una oscuridad subyacente y latente que se va reforzando y que dota al disco de dolor y melancolía sin nunca abandonarse a ellos.

Como comentaron a MOOG -y a decenas de otros medios, obvio-, la banda buscó alejarse del sonido y el feeling de Nidal, ponerse contra las cuerdas y obligarse a hallar una salida. Esto tiene cuatro bases: quitarle el protagonismo a las guitarras, potenciar la base rítmica, darle a Pedro Dalton la posibilidad de explorar su rango vocal. “Arco”, que sigue a “Veocomotopo”, es el primer aviso de lo mucho mejor que está cantando Dalton, menos parecido a una criatura del averno. La cuarta columna en que se asienta el disco es la persecución del cambio, del movimiento, de las canciones compuestas por segmentos múltiples bien distintos y a la vez parte de un todo orgánico.

Por ejemplo en “Arco”: lo abren guitarras acústicas, las releva luego un bajo grosero, encadenado con una bata de golpes secos y violas ahora distorsionadas. El final es de una belleza prístina. Este afán por lo inesperado regresa en el noise a contrapelo de guitarras melódicas de “Viaje lejos”; en los cánticos tipo blues primitivo de “La miseria de tu plan”, reconvertida en una oscuridad potente y enojada; o en “Sentimiento acorde”, que con seis minutos es el tema más largo del disco, gracias a una intro de guitarra y viento que transporta a un paisaje bucólico, que cambia la pisada más tarde a algo más rítmico, que se ve inundado de guitarras después, y así sucesivamente…

Nunca más claro que en “Turto”. Su arranque con una cabalgata solitaria de bajo y batería avisa que se viene algo diferente. Cuando entran las guitarras parece que el quiebre no será tanto, luego un teclado aporta un fibra pop mientras Dalton se desgarra el alma en el canto. Cuando querés acordar, el “Topo” Antuña se manda un solo a dúo con un saxofón que es algo de otro planeta, que hay que escuchar porque es difícil de poner en palabras. Sinuoso en su rareza, si Dalton no lo cortara hablando de un “cíclope tuerto” bien podría esperarse que cantara en un idioma desconocido, futurista.

La parte media del disco tiene a los Buenos Muchachos en diálogo con su pasado. Por dos veces ya se ve en los títulos, con “Viaje lejos” en respuesta al “Viaje cerca” de Nidal, y “Mi rincón (parte 2)” una secuela de una de las canciones más memorables del extenso Se pule la colmena. También se ve en la letra: “Viaje lejos”, en lugar de contar un trayecto por carretera a través de los ojos románticos de un niño, habla de una introspección difícil de lograr. “Mi rincón (parte 2)” actualiza el estado de ese rincón interno; además da una continuación musical, otra vez basada en piano, en una interpretación reverberante acompañada ahora no por una guitarra enfermiza sino por bajos tan puntuales como certeros. Diseña una atmósfera bella y opresiva heredera de su antecesora, aunque no goce del mismo golpe emocional.

Esta fase del álbum culmina con “Crucifijo de orillo”, que mantiene la referencia al Se pule la colmena desde su sonoridad. Una letra dura se oculta en una canción que no desentonaría ni en el Led Zeppelin III ni en un álbum indie de la década pasada en Estados Unidos, con influencias folk, una batería aplastante y una coda tristísima (“Con crucifijo, sí/Sin crucifijo, sí/Duele la vida al nacer”) como para cantar a coro.

Sobre el final de la duración, “Dos no da tres” significa una anomalía, paradójicamente por sentirse más convencional. Rompe un poco con el tono del disco, de tradición más rockera, con más velocidad, la voz de Dalton más parecida a su canto-gruñido habitual, un bajo buitrero, un solo más cercano a lo esperable y un final que coquetea con el metal sin lanzarse de lleno. Pero poco importa esta anomalía cuando la sigue la tríada exuberante de “Todo aquel infierno”, “La miseria de tu plan” y “Barco hermanito”, esta última oculta dentro de la anterior. La sorpresa final del álbum.

“Todo aquel infierno” es el antedicho “temazo del carajo”, una balada in crescendo que eriza la parte trasera del cuello y encuentra a un Dalton contenido y sincero. “Desarmar aquel infierno/Fue una fina decisión”, susurra, en lo que parece un apunte autobiográfico, acompañado por uno de los pocos coros de este #8. “En el sol se hizo la luna/Fantasía es lo real”, agregan, antes de que la base rítmica dé un shock eléctrico y un solo de guitarra distorsionado y sanguinario, sabiamente hundido en la mezcla, termine de convertir todo en un combo de melancolía en el éter.

De “La miseria de tu plan”, lo ya descrito. Es una versión libre del blues original, ese que cantaban los esclavos del Misisipi mientras eran forzados a picar piedra, otro giro en una obra incansable, repleta de ellos. Por esto mismo es tan acertada la decisión de cerrar con “Barco hermanito”. Es una balada emotiva con órganos Hammond de fondo y Dalton en la mejor forma que tuvo nunca, hasta animado al falsete. Luego de un disco de graves, de ritmos, este cierre es todo de Dalton. Una letra más directa sin abandonar el abstracto que caracteriza la pluma del cantante aborda un tema muy oscuro -el más oscuro, la muerte- desde un ángulo de luz. “Barco hermanito” va cobrando más brillo a pesar de que la música opere en sentido contrario, en un contrapunto exitoso. “Es que al fin/Hay”, dice el vocalista, y no debe agregarse más.

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