Caras y lugares: una película que es mucho más de lo que parece

El Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay abrió ayer su edición número 36 con este documental francés bello, divertido y melancólico

Por Gastón González Napoli

—¿Cuál es el punto?

—El poder de la imaginación.

Cinemateca no separa en la grilla de su festival a la ficción y el documental. Caras y lugares, que abrió ayer la edición número 36 de su Festival Cinematográfico Internacional, es una buena muestra de por qué. Es una road movie, y como todas ellas el viaje no es solo físico. Pero la etiqueta de documental la socava. No permite anticipar lo que te hace sentir.

Del lado positivo, es una sorpresa maravillosa.

Su título, Caras y lugares, pierde en español la rima que tiene tanto en el francés original (Visages Villages) como en la traducción al inglés (Faces Places). También pierde cierto componente musical. Poético. Evocativo. Es una lástima, porque esas palabras la definen mejor que documental. En un séptimo arte bastante estancado en la auto referencia, el homenaje y las cartas de amor al cine (como La forma del agua), tenía que venir una mujer de 89 años a demostrar cómo se hace. Y sin mostrar una sola butaca, una sola pantalla; sin hacer referencia a nada. Apenas un fragmento brevísimo de Un perro andaluz.

La señora en cuestión es una de las protagonistas de la película: Agnès Varda, de las últimas integrantes vivas de la Nouvelle Vague, movimiento del cine francés de los años 50 y 60. El otro que queda de la plana mayor es Jean-Luc Godard. Un hombre al que Varda rememora con ambivalencia agridulce en Caras y lugares.

El otro protagonista es 55 años más joven: el fotógrafo y artista callejero JR. Sus gigantografías pegadas en sitios públicos juegan entre la foto y el grafiti, y consiguen un efecto pictórico, de éxito emocional extrañamente potente y monumental. Su trabajo es vivo y efímero, dos cualidades atípicas en un arte que congela instantes en el tiempo.

JR y Varda se conocieron en 2015 y construyeron una película que amalgama las búsquedas artísticas -vivaces, divertidas, modernas- de él con las vitales -trascendentales- de ella. Propias de una persona que se sabe cerca del final. Parten de la premisa de visitar aldeas de la campiña francesa, donde impresionar y emocionar a la gente con las intervenciones de JR, y donde Varda pueda conocer caras nuevas y filmarlas para no perderlas en el cementerio de la memoria.

El viaje bucólico de Varda y JR se va entremezclando cada vez más con las vidas de amvos y Caras y lugares gana una densidad inesperada. La vejez, la imaginación, los enigmas, matizan una película que nace como retrato de la Francia rural (esa que hoy es base del populismo radical de derecha de Marine LePen, como dijo al presentar la película la programadora del festival, Alejandra Trelles). Los lentes de sol que esconden los ojos de JR -y se dice que los ojos son la ventana del alma-; el pelo rojizo con tapa platinada de Varda -la vejez descolorida que va ganando la batalla-… Caras y lugares se abastece de simbolismo sencillo, casual, poco pretencioso. Jamás se desancla de su condición de documental.

Como el diálogo elegido para abrir esta crítica, intercambiado entre Varda y una de las personas que mira las fotos/grafiti de JR, Caras y lugares no tiene un punto claro, una “idea controladora”. No parece cumplir exactamente con lo que fuera que sus realizadores partieron a alcanzar. Y sin embargo es un canto a la creatividad y la imaginación a cualquier edad.

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