Catupecu Machu trajo “Madera Microchip” a Montevideo

El doble recital de los argentinos en la capital demostró su versatilidad como músicos así como la de sus canciones, con un show largo, charlado y divertido sin perder potencia

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Tras presentarse en marzo de este año en el marco de la celebración de los 20 años del grupo, Catupecu Machu volvió a Uruguay con una presentación doble de su show Madera Microchip en La Trastienda este fin de semana, un experimento de show que tiene a los cuatro músicos sentados -suelen ser una banda enérgica- y que cruza lo acústico con aplicaciones de iPad para procesar los sonidos y generar algo a medio camino de lo eléctrico. Además de que la elección de los temas es algo atípica: como dijo el propio cantante Fer Ruiz Díaz, hicieron esta gira para no tocar “Dale”, quizá su canción más obvia. Y aparte los shows tuvieron la particularidad de que la sala de Fernández Crespo y Paysandú se llenó de mesas y sillas y un grupo de mozos caminaba llevando pedidos entre la gente como si fuera un pub de buenas dimensiones, lo que supone un marco ideal para el público uruguayo que Ruiz Díaz definió el sábado como uno al que “le gusta escuchar”.
Otra particularidad del Madera Microchip: en la puerta, un patovica explicaba que no se podían sacar fotos ni grabar videos, lo mismo que una voz repitió por los parlantes cuando las luces se apagaron a las 21:30. Ruiz Díaz fue el primero en salir y explicó que era un recital que buscaba la intimidad y en el que se generaban muchos silencios; más adelante en la lista de temas agregaría que él estaba muy interesado en la idea de “viaje” y que eso era algo que también se buscaba con el formato Madera Microchip. Además, al ser una gira de teatros no tan habitual para Catupecu, Fer dijo que en los teatros se prohíben fotos y videos y a nadie le sorprende. La intención última, dijo, era “liberar” a los espectadores del dispositivo electrónico y permitirles perderse y viajar en la música durante las dos horas y media del show sin ninguna distracción.

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Bueno, van dos párrafos de crónica y hubo puras citas de Fer Ruiz Díaz y poco y nada de música de Catupecu. Es que el cantante es así: no para de hablar. Encima, es uno de los tipos más porteños que pueden encontrarse, y eso que es santafesino. Los “chabón”, los “boludo” y las eses alargadas se repiten una atrás de la otra mientras las pausas entre canciones se extienden y Ruiz Díaz se enfrasca charlando con el público, al que le habla de vos como si fuera un ente único -“¿viste?”, “¿me entendés?”, y en un momento en que pierde el hilo: “¿Te acordás de lo que estaba hablando?”-, además de referirse en términos superlativos varias veces a su propia banda, con esa autoestima alta tan argentina. Y con eso y todo es imposible que el tipo te caiga mal. Es de las mayores gracias que tienen los toques de Catupecu: hay bandas que se paran y tocan y de repente con eso te parten la cabeza o quizá son olvidables, pero los de la banda de Ruiz Díaz y Macabre (el tecladista alto, serio y siempre de sombrero, es decir el contrapeso del vocalista) siempre son divertidos y distintos aunque sea solo por escuchar a Ruiz Díaz encadenar pensamientos e ideas, hablar de cómo compuso los temas, de lo que dijo un día Spinetta en un show al que lo fue a ver o de que, de verdad, el recital del viernes había sido el mejor de la gira y este iba por el mismo camino “o mejor”. Y verlo reírse y divertirse genuinamente. Siempre está el/la tarado/a que le grita que la haga corta, pero no los escuches, Fer.
Los contra de la onda discursiva de Ruiz Díaz no tuvieron de qué quejarse en cuanto a la música, de cualquier manera. Ruiz Díaz estaba enchufado al máximo por más sentado y con guitarra acústica en mano que estuviera, el batero Agustín Rocino (que tocaba el bajo en Cuentos Borgeanos y en algún momento también lo tocó en este show) estaba armado de un bata eléctrica y un cajón peruano a los que le daba con potencia rock, y Macabre y el bajista y ocasional violero Sebastián Cáceres tampoco cometieron errores y mostraron todo su talento, profesionalismo y capacidad técnica, siempre contenidos en las dimensiones íntimas del recital.
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No sonó “Dale”, que faltó con aviso, y tampoco “Aveces vuelvo”, pero sí estuvieron presentes una buena cantidad de hits -ya cuando sobre el final sonó “Magia veneno” se paró todo el mundo-, entreverados con un cover de Massacre, uno de Lisandro Aristimuño, “Across The Universe” de los Beatles y un pedacito a capela de “Poco” de No Te Va Gustar, un tema que ya habían tocado con Emiliano Brancciari en el Farra a finales de 2013.
Por ahí entre las distorsiones y efectos electrónicos -“Mirá el quilombo que te hago”, dijo Fer mientras jugaba con el iPad y provocaba una lluvia de estática- hubo de esos momentos de silencios e intimidad buscados, en particular cuando el carismático cantante salió en soledad con un instrumento similar al hang pero que según Ruiz Díaz era en este caso una reinterpretación hecha por un cordobés. Así tocó un tema nuevo, y ese, el siguiente que tocó él solo con la acústica y el pedacito de “Poco” generaron un ambiente casi de show en un bar entre amigos en el que no volaba una mosca.
Los Catupecu consideran a Montevideo una “segunda casa”, o así le dijeron a El País. Y entonces que sigan viniendo, porque si buscan planteos diferentes como este, es difícil que Montevideo se canse de ellos.

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Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)
Fotos: Bruno Larghero

One comment

  • Eduardo  

    Gracias por tu crónica, no falto nunca a sus recitales y es tal cual lo acabas de describir

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