Colecciones completas, David Byrne (I): canciones de edificios, comida y asesinos

El ex líder de los Talking Heads David Byrne llega a Montevideo el mes que viene y en MOOG retomamos nuestro espacio de Colecciones completas para revisitar su obra variada y extensa

Foto: Fred von Lohmann

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

El Million Song Dataset es un trabajo de la Universidad de Columbia que compara un millón de canciones del pop estadounidense para analizar las variantes en la creatividad. Y lo que muestra es un pico muy alto en los años 60. De ahí en más, las diferencias entre los temas han ido descendiendo.

Fuente: Cracked.com

La caída comienza rápidamente, ya en los 70. Quedan solo unos últimos picos a fines de esa década y a principios de la siguiente. De ahí en más es un pelotón de obras parecidas. Y publicó la revista Cracked: “Esos casos aparte probablemente sean el punk, el rap, y David Byrne nada más existiendo en algún cuarto”.

Desde que los Talking Heads empezaron a tocar en el under neoyorquino, Byrne es una punta de lanza. Pocas veces se ajustó a lo que el formato exige. Tanto con su banda como en su trabajo colaborativo, y en sus discos totalmente en solitario, Byrne es una fuente de innovación. De no quedarse quieto.

El 20 de marzo, Byrne vuelve a Montevideo para presentarse en el Teatro de Verano. La gira es en apoyo del American Utopia, su primer álbum solista desde 2004 y el primero a secas desde su colaboración con St. Vincent de 2012, Love This Giant. Para anticipar su visita, en MOOG retomamos el espacio de Colecciones completas que el año pasado dedicamos al cineasta alemán Ernst Lubitsch, y nos propusimos el desafío de repasar su carrera.

Y vaya si es un desafío.

“Veo mi nombre quedar en la Historia”

Los Talking Heads nacieron ya formados. Nada de Talking Heads: 77 revela que se trate de un álbum debut. El ambiente tirando a festivo es el vehículo ideal para un primer acercamiento a la voz atípica de Byrne y su estilo aun más atípico de utilizarla. Como por encima del registro en el que debe de sentirse más cómodo. Lo mismo para sus letras. Desde la apertura con “Uh-Oh, Love Comes to Town” y su pregunta de “dónde está mi sentido común”, el originario de Escocia adelanta que dicho sentido no importará en su música. “Toda pretensión de normalidad se pierde en el segundo tema”, escribe el crítico William Ruhlmann. Suma: las letras “se sienten como comentarios raros desde el diván de un psiquiatra”.

El grupo se había fogueado en una de las escenas musicales más célebres de la cultura rock. La Nueva York de los ’70. Byrne y sus compañeros de grupo, la bajista Tina Weymouth y el baterista Chris Frantz, se conocieron en la escuela de Diseño de Rhode Island. Tras un primer fracaso como The Artistics, “los artísticos”, se mudaron a Nueva York. Eligieron un nombre nuevo, inspirados por las “cabezas parlantes” de la televisión. El formato mil veces visto de documental en el que una persona habla a cámara. Weymouth recordaría años más tarde que el nombre lo vieron en una revista televisiva, que describía ese recurso como “todo contenido, nada de acción”. Les pareció que la etiqueta les calzaba.

En 1975, los Talking Heads tocaron su primer show como teloneros. En el archi-famoso CBGB. Nada más y nada menos que para los Ramones.

Esa escena era tan efervescente como para incluir a grupos muy disímiles: Television, Blondie, Patti Smith. Byrne y compañía abrazaron el punk; aunque no por el aspecto más ramonero-sex pistol de “tocar sin saber tocar”, sino por la irreverencia inherente al género. Se diferenciaron por imbuir su música de humor y una tendencia por el sinsentido. Por ponerle arte al punk. Byrne se probó enseguida un compositor inclasificable; la banda, a la que se sumó el guitarrista Jerry Harrison (proveniente de otros punkies, los Modern Lovers), lo siguió. Cambios de ritmo, teclados y vientos tan pegadizos como fuera de lo común, guitarras nerviosas, letras intelectuales.

El Hijo de Sam

En 1977 editaron su debut antedicho. Primero salió el sencillo “Love → Building on Fire”, que no encontró lugar en el disco. “No es amor/Que es mi cara/Que es un edificio/Que está prendido fuego”. Los Talking Heads avisaban de arranque que lo suyo no era hablar de la playa Rockaway.

Las guitarras eléctricas son otra seña distintiva del Talking Heads:77. Más que nada en su hit, “Psycho Killer”; también en otras como “New Feeling”. El bajo de Tina Weymouth y la batería de Chris Frantz son una base firme alejada de la cuadratura del rock clásico. Tan firme que se casarían ese mismo 1977. Tan sólidos que el año pasado Selena Gómez tomó prestada la línea de bajo pulsante de “Psycho Killer” para su tema “Bad Liar”. 40 años más tarde.

Talking Heads: 77 nunca va por donde creés que va a ir. “Happy Day” arranca con un piano como de villancico, que habla de la alegría que la canción traerá. Pero el falsete chillón inesperado de Byrne y los frenos y arranques de la instrumentación socavan ese sentimiento. Byrne parece dejar de estar cantando sobre un día feliz para cantar sobre querer desesperadamente que ese sea un día feliz. “Pulled Up” narra tropiezos de alguien a quien siempre ayudan a levantarse; en el papel, es una carta de agradecimiento a esa persona soporte. Al escucharla, Byrne parece un maniático escapado del loquero y pasado de energizante. “Veo mi nombre en la Historia”, dice, los desvaríos de un loco.

Otros segmentos del disco se sostienen en el tiempo de formas distintas. Byrne le habla a la cultura de sentir pena por uno mismo al cantar “¿Qué estás, enamorado de tus problemas?/Creo que lo llevás demasiado lejos/No es cool tener tantos problemas” en la guitarrera (y con aura a Television) “No Compassion”. Cuando en el mismo tema dice: “Sé un poco más egoísta/Quizá te haga bien”, la música se detiene unos cuantos segundos, como asustada de la dirección en la que Byrne está yendo. Antes de revelar que está satirizando múltiples visiones del mundo a la vez. “Dicen que la compasión es una virtud/Pero no tengo tiempo”.

Se sumergen más todavía en el humor en “Don’t Worry About The Government”, fantásticamente incomprensible en la superficie, con una crítica filosa de la modernidad solapada. Como una canción que condense el alma capusottiana. “Huelo los pinos y los duraznos en el bosque/Veo las piñas que caen junto a la carretera/Esa es la carretera que lleva a mi edificio/Yo elijo en qué edificio quiero vivir”. Y la banda le mete una energía y una felicidad como si elegir tu edificio fuera lo mejor del mundo. Como si el protagonista del tema no se estuviera alienando.

Por supuesto que el tema de Talking Heads:77 es “Psycho Killer”, todavía el más conocido de la carrera de Byrne. Contada desde el punto de vista de un asesino que te avisa que salgas corriendo, tiene un puente en francés por ningún motivo, una batería agresiva que envidiarían los mismísimos AC/DC, y la gloriosa letra “odio a la gente cuando no es educada”. “Psycho Killer” te acelera el pulso y los nervios. El juego entre las guitarras de Byrne -acreditado como guitarrista principal- y Harrison nublan la atmósfera; una onda funky acelerada y filtrada a través de una mente psicopática. Suerte que Weymouth, Frantz y Harrison no le siguieron la corriente a Byrne, que pretendía una balada romanticona para contrastar la letra. Según él, así daría más miedo.

La banda retrasó su edición por los crímenes de David Berkowitz. Conocido como el Hijo de Sam, mató a seis personas e hirió a otras cuantas en Nueva York. “Psycho Killer” y Berkowitz quedaron ligadas en el tiempo, aunque la banda asegurara que Byrne había escrito la letra años antes.

Tapa de More Songs About Buildings And Food

Menos edificios, más edificios

El inglés Brian Eno venía creciendo en estatus desde sus trabajos con la banda Roxy Music y con el guitarrista de King Crimson, Robert Fripp. En muy pocos años, se había consagrado como un maestro de lo que habría en llamarse “música de ambiente”. Y su rol como productor estrella venía a full por su trabajo con David Bowie en el primer disco de su trilogía de Berlín, Low. Estaba entrando en su período clásico. Lo llevaría a producir otros dos clásicos con Bowie (“Heroes” Lodger) y a tres de los mejores discos de U2, The Unforgettable FireThe Joshua Tree y Achtung Baby.

La anécdota dice que Eno fue a ver a los Ramones y quedó enganchado con los teloneros. Al otro día, invitó a David Byrne a su casa a escuchar música. Eno ya estaba años adelantado a las tendencias de la música mundial, y a ese túnel sin fin se llevó a Byrne. 30 años más tarde, Eno recordaría en entrevista con el diario británico The Guardian que se entusiasmó con que a Byrne le gustaran los mismos exotismos que a él.

Los Talking Heads eran fanáticos de Roxy Music y del trabajo solista de Eno. A él le encantó que la banda tuviera su mismo encare subversivo: “Nosotros habíamos importado muchas ideas que no estaban en la música pop antes, y cambiamos la forma para adaptarla a nosotros”, le dijo Eno al Guardian. “Eso es lo que Talking Heads estaba haciendo también. Tomaron el light-funk americano, gente como Hamilton Bohannon, y lo casaron con el punk o el new wave del centro neoyorquino. Ahora todo el mundo lo hace, pero en aquel momento era una idea muy nueva”.

Así como así, Eno se subió al barco Talking Heads como productor. Seguiría en el cargo por dos discos más; aparte de uno con Byrne por separado, My Life in the Bush of Ghosts.

El primero de la colaboración entre banda y productor sería More Songs About Buildings and Food. “Más canciones sobre edificios y comida”. Título fruto de una discusión del álbum anterior, que sí se movía mucho dentro de ese binomio. More Songs se queda en el nombre, temáticamente es difícil de resumir. Donde tiene una línea común es a nivel instrumental, con un sonido más profesional de la mano de Eno.

A diferencia de los trabajos del productor con Bowie y U2, no se aprecia un quiebre sonoro en Talking Heads. Mucho menos en Byrne. Se mueven más hacia la pista de baile, sobre todo en el hit “Take Me To The River”, cover de una canción de Al Green. Pero ya se habían adentrado bajo las luces de la discoteca antes, en canciones como “Psycho Killer”. Lo que Eno hizo fue poner más al frente a la base de Weymouth y Frantz. Potenciar el ritmo. El alma bailable siempre había estado ahí.

Sin embargo, Byrne no se dejó arrastrar a la pista. Apunta su mira nerviosa, paranoica, sagaz, extraña, jamás literal, tanto al sistema educativo en “With Our Love”, como al mercado laboral en “Found A Job”, y la masculinidad en “The Girls Want To Be With The Girls”. En esa última, las chicas, hartas de varones que preguntan “¿qué querés decir?”, solo quieren estar entre ellas. “Found A Job” está potenciada por pasajes instrumentales inspirados aunque no egocéntricos. En ella, Byrne canta sobre una pareja, Bob y Judy, que discutía mucho por qué mirar en la tele; hasta que se dan cuenta de que pueden dejar sus trabajos y dedicarse a crear sus propios programas de TV. Es el camino alternativo y surrealista que Byrne toma para llegar a un mensaje súper clásico: si no te gusta tu laburo, renunciá.

Antes había criticado al sentimiento de compasión. Acá da un paso más y apunta contra el amor en “I’m Not In Love”. Años más tarde, se confirmaría que Byrne había sido diagnosticado con Asperger. “I’m Not In Love” es una muestra de cierta distancia emocional propia de ese síndrome. “Creo que un día viviremos en un mundo sin amor”, canta, y ofrece lecturas múltiples. La frialdad de la letra contrasta, mientras, con un recargo de golpes de batería, bajos cambiantes, disonancias y un solo de guitarra descriptible como “muy Talking Heads”. Byrne se guarda un rato también para el humor desconectado, monty-pythonesco, en “The Good Thing”.

More Songs About Buildings And Food cierra con “The Big Country”, tal vez su joya más reluciente. Cuenta un vuelo sobre el Estados Unidos rural, referido de manera despectiva como “fly-over country”; es decir, el territorio sobre el que mejor nada más pasar en avión. Byrne descubre todo lo bueno del interior del país, para luego cantar, sorpresiva y cáusticamente, “no viviría acá ni aunque me pagaran”. Según él ha dicho en entrevistas, “The Big Country” es una auto-parodia de cómo se lo veía ya entonces como un tipo de ciudad intelectualoide y con aires de superado.

“Estoy cansado de viajar/Quiero estar en algún lugar/Ni siquiera vale la pena hablar/De esa gente de ahí abajo”, canta. Más vale que Byrne estuviera burlándose de sus críticos. Si en serio pensaba eso de los yanquis rurales, qué pensará de la gentuza del Cono Sur.

El histórico crítico musical Robert Christgau escribió en aquel momento: “Hay tanta música hermosa acá (y tanto funk) que no voy a aceptar más quejas por la voz de David Byrne”. Y agregó: “Cada una de estas once canciones es un placer, y en cada una de ellas el foco es la tensión entre los vuelos compulsivos de Byrne y la base de roca sinuosa de la música”.

Pero el emparejamiento de Eno y Talking Heads recién empezaba a dar frutos. More Songs About Buildings And Food era un adelanto de la amalgama que se vendría un año más tarde con el estelar Fear of Music.

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