Colecciones completas, David Byrne (III): cénit y final de Talking Heads

La tercera de estas Colecciones completas de David Byrne abarca el punto de mayor éxito de público de su banda… y cómo acabó por resquebrajarse

David Byrne en el documental de concierto Stop Making Sense

La semana pasada dejamos a Talking Heads en la cima de sus experimentaciones musicales. Rompieron y armaron de nuevo el proceso de grabación. Introdujeron elementos africanos y una preponderancia cada vez mayor del ritmo. En su primer disco por fuera del grupo, David Byrne colaboró con Brian Eno y experimentó como no se había hecho nunca con el sample.

Faltó agregar que luego de la publicación de Remain In Light en 1980, Talking Heads se tomó una pausa. El matrimonio del batero Chris Frantz y la bajista Tina Weymouth eligió continuar grabando y tocando y armó otra banda, Tom Tom Club. El guitarrista Jerry Harrison editó su primer disco solista, The Red and The Black. El que pasó más tranquilo fue Byrne, demorado en conseguir los permisos para los samples que él y Eno utilizaron en My Life in the Bush of Ghosts; práctica a la que hoy se dedican agencias especializadas, en aquel momento todavía engorrosa por lo nueva. También compuso la banda sonora para un espectáculo de baile, The Catherine Wheel.

En 1982 Talking Heads editó su disco doble en vivo The Name of This Band is Talking Heads, y el grupo tanto estuvo de gira como Byrne estuvo de viaje. El contacto con otras culturas, sobre todo con el teatro japonés, perfilaría su trabajo más recordado.

Dejá de tener sentido

Talking Heads volvió al estudio con el mismo encare de Remain In Light: grabar la música primero, cantar cualquier sinsentido para acompañar la melodía, escribir las letras por último. Lo distinto fue que lo hicieron sin Brian Eno, su productor por tres discos al hilo. Según Weymouth, Byrne y Eno se pelearon mientras grababan Bush of Ghosts y la cosa quedó tensa.

Esa forma de cantar durante la grabación le recordó a Byrne al concepto de “hablar en lenguas”, sintetizado en español en la hermosa palabra “glosolalia”. La RAE lo define como: “Lenguaje ininteligible, con palabras inventadas y una sintaxis alterada, propio de ciertos enfermos mentales”. Tiene también una cosa ceremonial, medio demoníaca. Speaking In Tongues se eligió como título del nuevo álbum.

Se trata de una obra de temas tirando a largos, de más de cinco minutos casi todos. Y de un acercamiento electrizante al funk. No sorprende que haya marcado un quiebre en cuanto al éxito para el grupo. Los metió en las listas de éxitos justo a ellos, una banda de nerds art-punk, todo por una persecución fervorosa del ritmo y el movimiento. Saltaron a África en Remain In Light, bebieron del agua caribeña en Fear of Music; ahora el paso lógico era la música negra vernácula.

Armados con una banda de músicos afroamericanos de bajo perfil y calidad altísima, muchos de ellos vinculados con la histórica Parliament-Funkadelic, Talking Heads levanta los techos en Speaking In Tongues. La apertura con “Burning Down The House” rivaliza con el “I Zimbra” de Fear of Music como su arranque más destacado. Fue el gran hit de la carrera de la banda. Y no tiene ciencia: según Weymouth, Chris Frantz había ido a ver a P-Funk y volvió pasado de rosca. Se pusieron a zapar en la sala de ensayo y él gritaba una consigna de la banda de George Clinton: “quemen la casa”. A Byrne le gustó y lo adaptó. Así nace un temazo: robando con estilo. El groove de Weymouth en “Burning Down The House” es insuperable.

Talking Heads asume más aún sus ingredientes de funk en “Making Flippy Floppy”. Un tema largo, con un bajo pulsante y segmentos instrumentales que potencian la necesidad de sacudir el cuerpo. La letra es más bien vaga, queja anti-sistema cortada con la visión rara de la vida que tiene Byrne. Es una característica del disco, mayoritariamente desprovisto de letras memorables. Compensa con toneladas de ritmo. Se dejan ir, estiran los temas al servicio del baile. Con percusión, teclados, sintetizadores, poca cosa les falta; muchos puntos se los llevan las voces negras invitadas, talentos de esos que la industria de la música yanqui produce en masa y luego van quedando ocultos por las grandes luminarias más carismáticas -o, a veces, simplemente más blancas-.

“Girlfriend Is Better”, “Slippery People” y “I Get Wild/Wild Gravity” cierran la primera mitad del disco tan aceitados que se pueden poner al hilo en una discoteca (salvo, tal vez, el último, con influencias del reggae que no acaban de cuajar). “Girlfriend Is Better” es el destaque, con ese verso que se volvería una seña de Talking Heads: “Dejá de tener sentido”. “Slippery People” va por el mismo lado: “Dios, ayudanos/Ayudanos a perder la cabeza”.

La segunda mitad de Speaking In Tongues es más rara. “Moon Rocks” licúa el funk con el ambient que tanto le gustaba a Brian Eno. “Pull Up The Roots” pone al frente su base rítmica al máximo y hace extrañar un poco las guitarras tan particulares de la banda. En “Swamp”, Byrne canta como si estuviera haciendo un personaje. Una especie de ogro o un gigante. Sus sonidos guturales se te van metiendo y venciéndote la resistencia. Todos muy buenos, aunque el nivel se vuelve algo chato.

La indeleble de la segunda mitad del álbum es la última, una canción midtempo, que según Byrne es su primer tema de amor hasta el momento: “This Must Be The Place (Naive Melody)”. Es pegadiza en modos inesperados, un cierre de disco brutal que deja pidiendo más. También es atípicamente emotiva, a pesar de que no tiene linealidad, como explica el propio compositor. Estaba tratando de escribir un tema de amor sin caer en la terrajada. Salvó con sobresaliente. “Estás parada al lado mío/Amo el paso del tiempo” es de esos estribillos que logran mucho con muy poco. Mientras, la base es tan despojada como bailable-melancólica; antecesora de lo que gente como Robyn haría años más tarde.

El famoso video de “Burning Down The House”.

Bunraku Funk

En su libro How Music Works, Byrne repasa su carrera en vivo y cómo fue mutando a partir de lo que él iba descubriendo mientras abría sus horizontes creativos. Que Talking Heads empezó con un estilo similar al de las otras bandas de la Nueva York punk, para irse expandiendo. No solo sumaron más músicos en escena, la forma de trasladar allí a las composiciones cada vez más ricas y complejas que grababan; también fueron buscando el show.

Los mega recitales de los años 80, tipo Live Aid, marcaron para siempre la pauta del arena rock. Fuegos artificiales, luces, sonido del carajo, hacer aplaudir a la gente. Luminarias como U2 se potenciarían con elementos digitales y escenarios elaboradísimos. A otros como los Stones, les bastaría con pantallas gigantescas. Byrne y compañía tomaron un camino distinto, y él nunca se contentaría con una variación en particular. Señal de su poca capacidad de atención, tal vez, o de un hambre creativa insaciable.

Para la gira con que promocionarían Speaking In Tongues, Talking Heads se inspiró en el bunraku, teatro japonés en el que personas vestidas de negro acomodan marionetas o participan desde la oscuridad mientras otros actúan. Por suerte se les ocurrió contratar al cineasta Jonathan Demme, quien pocos años más tarde dirigiría El silencio de los inocentes, para filmar el show. Lo titularon Stop Making Sense y es una obra maestra del documental de recital de rock.

Byrne entra al escenario solo. Viste gris. Parece un galpón vacío y feo, no hay nada, más que un micrófono. Armado con una guitarra acústica, se manda flor de versión de “Psycho Killer”. Personas vestidas de negro van entrando y acomodan equipos. Tina Weymouth entra entonces para tocar “Heaven” a dúo. Los bunraku entran una tarima con batería arriba: Chris Frantz hace su aparición. Así va entrando gente y mutando la escenografía, con más elementos y personas. Para cuando llega el combo de “Slippery People”, “Burning Down The House” y “Life During Wartime”, de una energía que te tira al piso, son más invitados que Talking Heads. El percusionista Steve Scales, el guitarrista Alex Weir, el tecladista Bernie Worrell y las coristas Ednah Holt y Lynn Mabry. La banda se convierte en una orquesta de funk rock.

Stop Making Sense es un documento de la alegría pura que transmitía Talking Heads desde arriba del escenario. De hasta qué punto Tina Weymouth era el arma secreta del grupo, base rítmica incansable siempre al mango. Hasta en un momento canta -cuando Byrne se va del escenario y deja su lugar a que la bajista y Frantz toquen una del Tom Tom Club- como para despejar dudas.

Pero mal que le pese a los demás, Stop Making Sense es antes que nada un documento del talento de David Byrne. No para de moverse, de correr, de saltar, de bailar de las maneras más raras, sin que su voz traicione por un instante lo que el cuerpo hace. Las coristas Holt y Mabry se erigen en sus soportes, tanto vocales como físicos. “Once In A Lifetime” por poco y es la versión definitiva del tema. “What A Day That Was”, que él había compuesto para la banda sonora del espectáculo de baile The Catherine Wheel, y luego “This Must Be The Place”, consiguen un momento íntimo con la adición de una única lámpara. Cuando sale a cantar “Girlfriend Is Better”, luego de que Tom Tom Club tocara “Genius of Love”, Byrne viste un traje inflado, gigante, ridículo, que aporta un componente entre satírico y caricaturesco al show. Byrne era una máquina de ideas. Además se comprueba que su estilo de tocar la guitarra está muy subvalorado.

Pero la gira de Speaking In Tongues sería la última en la que se embarcarían.

La performance de “Life During Wartime” en Stop Making Sense

Criaturas del pop-rock

El ascenso de Talking Heads no quedó allí. Su disco más exitoso es el siguiente, de 1985. Abre otra etapa de la banda, que los muestra revirtiendo su camino de experimentación. En 2009, Byrne le diría al diario inglés The Guardian que las búsquedas entre sensibilidades extranjeras fueron la manera extraña que tuvieron de hacer un rodeo largo hasta redescubrir el folk estadounidense. Esto empieza a notarse en Little Creatures. Es su disco hasta entonces más “rockero”, en la definición más tradicional de la palabra.

No deja de dar un poco de pena que la banda se alejara de los juegos con extrañezas y elementos foráneos. “And She Was”, la apertura, es de estructura clásica. Byrne se divierte con una letra lisérgica y la melodía se va vistiendo de pop, hasta que te encontrás repitiéndola horas más tarde. Algo parecido a lo que pasa con “Creatures of Love”, criaturas de amor, que casi cae en el tipo de tema romántico que Byrne odiaba. Solo lo esquiva por un par de versos bien byrnianos: “Un hombre puede manejar un auto/Una mujer puede ser jefa/Soy un mono y una flor/Soy todo al mismo tiempo”.

Estas “normalidades” están más claras que nunca en la voz de Byrne, casi desprovisto de sus tics menos convencionales. La normalidad no es mala per se. La depuración de influencias latinas de “The Lady Don’t Mind” emparejada con ingredientes del country en canciones como “Give Me Back My Name”: pocos pueden hacer ese tipo de malabares y hacerlo sonar tan fácil. O la letra de “Stay Up Late”, en la que Byrne parece hablar felizmente del bebé que Weymouth y Frantz habían tenido poco antes. Hasta ahí, el estándar para un rockero entrando en su madurez. Luego “Stay Up Late” da un volantazo y revela, de costado, que la pareja protagonista del tema está muy deteriorada y esconde sus problemas jugando con el recién nacido. Giros y sorpresas que hacen a Talking Heads.

Little Creatures cobra verdadero vuelo en su doblete final. “Television Man” prioriza el bajo de Weymouth por primera vez en el disco (demasiado tarde). Recupera también esa cosa tribal de trabajos anteriores. Todo mientras cuenta una historia; hábito que la banda había ido dejando de lado en sí, para favorecer letras desconectadas y nerviosas. Esta, encima, es una historia bien David Byrne, de las que se sostienen hoy intactas. Habla de una persona que vive a través de lo que ve en la tele. Por último, el cierre con “Road To Nowhere”, con su coro gospel y su visión alegre del apocalipsis, es full-Talking Heads. Prueba de que les quedaban rumbos inexplorados y de que había algún otro tema de fondo que les impedía tomar esas carreteras.

Visto desde 30 años más tarde, todo indica que ese “tema de fondo” era el propio Byrne.

Punk sin levadura

En un perfil de Byrne publicado ayer en el semanario Búsqueda, Fernando Santullo escribe que el último trío de discos de Talking Heads parece menos el trabajo de una banda que el de un cantante solista. Es una descripción acertada. Quizá no tanto para Litte Creatures, seguro para True Stories, editado al año siguiente, 1986. Empezando por que lo conforman canciones que Byrne compuso para la película homónima, dirigida por él mismo.

En How Music Works, el cantante explica que compuso los temas de Little Creatures True Stories en solitario y a la vieja usanza. Es decir, con su guitarra, en su cuarto. No en la sala de ensayo, a partir de zapadas luego retocadas en el estudio. Lo define como un laburo de obrero. No hace mayor comentario al respecto, pero dice, como quien no quiere la cosa, que mientras filmaba la película en Texas le fue agregando elementos texanos a la música. Por su cuenta. Su ego se fue chupando a la banda.

En una entrevista con Bassplayer, Weymouth explica que Byrne empezó a “actuar raro” en la época del Fear of Music. Para cuando llegó True Stories, ella se había ofrecido a renunciar más de una vez. “Es un tipo muy extraño”, dice Weymouth en la nota, publicada en 1996. Aclara que ella todavía quería al cantante: “Solo desearía que él nos quisiera a nosotros”. Y recuerda que durante las grabaciones para este álbum, Byrne había abierto una oficina propia y se comunicaba con el resto de los integrantes por medio de una secretaria.

Ese quiebre es notorio particularmente en los bajos de True Stories, los más cuadrados que Weymouth había tocado hasta el momento. Sin su alma grave, los Talking Heads parecen otra banda. Ya de arranque, con el “one, two, three” de “Love For Sale”. Muy punk rock, en la línea de los Ramones pero con más habilidad técnica. Molesta porque no es lo que se espera del grupo, pero sigue siendo un excelente tema, pegadizo y enérgico. El resto del álbum no está a la misma altura.

Temas como “Puzzling Evidence” o “Hey Now” pueden traer cosas nuevas al sonido Talking Heads, como una pizca de surf, medio “Kokomo”. Mientras que la voz de Byrne se enriquece con colores distintos, un “hermoso barítono”, al decir de Weymouth. Pero no son canciones distinguibles de bandas pseudo punk que atiborraron el rock desde fines de los 70 hasta acá. Otras veces, como en “Papa Legba”, Byrne suena pretencioso.

Las letras son más lineales, más pop. Tal vez sea eso lo que no le sentaba del todo al vocalista. “People Like Us” es un buen ejemplo de él tratando de decir algo explícitamente y tropezando con su propia seriedad. “Dream Operator” es como una balada súper cliché. “Radio Head”, una carta de amor a la radio bastante poco inspirada (es increíble que de acá saque el nombre la banda liderada por Thom Yorke). Abandonan del todo sus experimentaciones y ya no es que “redescubrieron” el folk yanqui sino que lo abrazan. La americana no les calza con comodidad. De a ratos suenan aburridos; de a ratos, fuera de lugar.

Ojo, no es todo pésimo ni ahí. Decepciona viniendo de Talking Heads. Cuando sí parece que se están divirtiendo, como en la muy ochentosa “Wild Wild Life”, es otra cosa. Por ese tema ganaron un Video Music Award de MTV; el videoclip es muy entretenido y cuenta con un todavía desconocido John Goodman. El cierre de True Stories también deja buen sabor de boca: “City of Dreams”, otro de esos en los que Byrne busca la profundidad pero sale mejor parado. Lo banca un coro y la banda gana en potencia.

El videoclip de “Wild Wild Life”

Nadie prestó mucha atención

Byrne recuenta en How Music Works que para la grabación de su siguiente disco la banda quería volver a trabajar en equipo. Weymouth recuerda en la entrevista antes citada con Bassplayer que volvieron a comunicarse con él como antes, y que las sesiones de trabajo en canciones nuevas los revitalizaron. Tomaron un enfoque a medio camino entre el “todo en el estudio” de Remain In Light y la soledad del compositor de True Stories. Luego Byrne visitó París, vio a un montón de músicos africanos en vivo, y le picó otra vez el bichito de la world music. Propuso armar unos Talking Heads que en vez de agregar a integrantes de Parliament Funkadelic, sumaran una base de músicos africanos. “No para pretender ser una banda africana, sino para ver si algo nuevo -una tercera cosa- podía emerger”, escribe.

Trajeron al proyecto a Steve Lillywhite, uno de los productores del momento, a cargo de discos de Peter Gabriel y del primer trío de obras de U2. Grabaron en un estudio parisino que el propio Byrne describe como gigante. No tenían todavía letras, que Byrne fue escribiendo, variando, repitiendo, fragmentando, durante una estadía en el Estados Unidos del interior, el que abraza el capitalismo de las formas más patéticas. “Empecé a imaginar un escenario en el que la economía había cambiado y todos los shoppings y los housing developments“, esas casitas todas iguales tan yanquis, “se desmoronaban e involucionaban a un estado primal”, escribe Byrne en How Music Works. Sigue: “El giro es que este escenario me permitía enmarcar la canción como una mirada nostálgica”. “La intención era obviamente irónica, pero también me permitía expresar amor y afecto por aspectos de mi cultura a los que antes había profesado odio”.

Al producto final lo bautizaron Naked, desnudo. Un álbum de influencias latinas, como en “Blind”, con una sección de vientos tremendos, extáticos. O en “Mr. Jones”, que le sube el volumen a Weymouth y mantiene las obsesiones letrísticas más recientes, y ahora mejor logradas, de Byrne. La percusión potente de “Ruby Dear”, con su ruptura de las estructuras tradicionales; el aire Stone de “Big Daddy” y su armónica omnipresente; la reluciente “Totally Nude” y la roadmovie-en-una-canción de “Mommy Daddy You and I”: ninguna es descollante, pero mantienen el nivel más ajustado de la banda en años.

La mayor ventaja de Naked es que cuenta con Byrne enchufado. La banda se enrosca con paisajes oscuros, ominosos, poco habituales para Talking Heads, y él los rellena con críticas sociales y una mirada del sexo clínica, fría. “The Democratic Circus” hace uso de la voz ahora más rasposa de Byrne, y absorbe todos los elementos habidos y por haber en la vuelta, desde una viola tirando a country a un bajo agresivo y una percusión afro. “The Facts of Life” agrega sintetizadores al combo, todavía pesadito, negruzco; la letra habla de “Cosas olorosas/Vello púbico/Palabras de amor en el aire”.

La más divertida es “(Nothing But) Flowers”, que narra una utopía naturalista, con un protagonista que extraña la ciudad: “Si esto es el paraíso/Desearía tener una cortadora de pasto”. Incluye además un par de versos proféticos del futuro cercano de la banda: “Mientras las cosas se venían abajo/Nadie prestó mucha atención”.

El cierre de onda militar es la guitarrera “Cool Water”. Habría sido una pena que fuera la canción final de la discografía de Talking Heads, no por lo mala sino porque a su letra sobre obreros trabajando le falta simbolismo. En cambio, mucho puede leerse entre líneas en “Sax and Violins”, tema publicado a principios de los 90 y con el que se anunció, tras unos tres años de silencio, que Talking Heads había llegado a su fin. “Me voy a casa, a donde pertenezco/Para quedarme/Los rayos de luz, van a convertir la noche/En día”, canta Byrne en ese saludo de despedida.

Y así como así, en silencio, Talking Heads se disolvió. Las malas lenguas hablan de que Byrne estaba enamorado de Weymouth y ella no le correspondió. Otras malas lenguas dicen exactamente lo contrario. Casi todos coinciden en que Byrne fue el que bajó la cortina mientras los demás querían seguir grabando y saliendo de gira. El argumento suele ser que él quería tener todo bajo control, que nadie le discutiera. Unos cuantos años más tarde, Weymouth, Frantz y Jerry Harrison se reunirían para un último disco como The Heads. Volvieron a tocar los cuatro juntos en su inducción al Salón de la Fama del Rock, en 2002, y más nunca. Byrne habla de “mala sangre” entre ellos. “Es un hombre incapaz de corresponder la amistad”, según Weymouth.

Lo único indiscutible es que Byrne necesitaba otras búsquedas musicales, y eligió hacerlo solo. A ellas pasaremos el viernes que viene, el último antes de su show del 20 de marzo.

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