El country vaporoso y onírico de Kacey Musgraves

Lo nuevo de la cantautora texana rompe expectativas y resulta un disco ideal para escuchar junto a la estufa

Por Gastón González Napoli

Nació en Texas y tiene una cara de yanqui que no puede más -si fuera rubia platinada sería el colmo-. Llamaría la atención que Kacey Musgraves se dedicara a algo que no fuera el country. Se ha hecho un hueco porque en sus dos primeros discos, Same Trailer, Different Park (2013) y Pageant Material (2015) supo balancear las tradiciones de ese género archi-tradicional con una perspectiva moderna e inclusiva (“Follow Your Arrow”), crítica social certera (“Merry Go ‘Round”, “Blowin’ Smoke”) y buen humor. Le sacó el polvo al country sin apartarse de él.

Por eso sorprende tanto Golden Hour, su tercer álbum -cuarto si se cuenta su muy bien recibido especial de Navidad, A Very Kacey Christmas-. Una obra relajada, cálida, atmosférica, con guitarras acústicas omnipresentes y el banjo ocasional, acompañados y a veces gobernados por teclas, eco, incluso agregados electrónicos aquí y allá. Por encima, la voz dulce de Musgraves, flotando en una bruma que la acerca mucho más al dream pop que a su género original. Es también un disco romántico, fruto del matrimonio reciente de la cantautora.

Es y no es un disco country.

Lo anuncia “Slow Burn”, una apertura de acústicas que demora un buen rato la entrada de las baterías. “Estoy muy bien con tomarme mi tiempo”, canta Musgraves en el estribillo de este tema, que ha calificado como uno de sus más autobiográficos. Y lo confirma la balada de piano de cierre, “Rainbow”.

Entre medio, Golden Hour le da varias vueltas distintas a la canción de amor. De a ratos cursi y melosa, como en “Butterflies”, en otros light y pegadiza, como en “Lonely Weekend” y “Oh What A World”. Detalles sonoros enriquecen hasta las estructuras más sencillas y bajadas a tierra, aunque la producción nunca se vuelve pesada. Y Musgraves parece volar, ya no por la marihuana (aunque aprovecha las chances que tiene para aclarar que sigue amando fumarla) sino por el estado de bienestar romántico en el que se encuentra. Hasta el tema que escribió en un viaje de LSD es de amor; por su madre y no su marido pero de amor en fin.

En otras manos, Golden Hour habría sido insufrible. No lo es porque Musgraves no pierde la imaginería texana ni sumida en la evanescencia, como en “Space Cowboy”, ni en el semi-disco de “High Horse”. Hasta con un ritmo four on the floor Musgraves va a nombrar a John Wayne. Hasta cantando sobre la Mujer Maravilla (“Wonder Woman”) va a meter un aroma sureño tan sutil como inconfundible. Tampoco deja de lado su sentido del humor: Golden Hour es sincero y directo, sí, pero Musgraves sigue siendo igual de entretenida, como en “Velvet Elvis”. Y por sorpresa deja pasar alguna sombra, ansiedad, miedo, que le dan mayor peso al amor: “Cuando todo es perfecto me voy escondiendo/Porque sé que la lluvia viene hacia mí”, canta en “Happy & Sad”.

Compararla con Taylor Swift, como se hizo cuando comenzó su carrera, no tiene sentido. Swift siempre usó el country como plataforma de lanzamiento para llegar al pop. Musgraves no busca alejarse, busca barajar y dar de nuevo, renovar, lustrar, patear y romper alguna que otra cosa. Con calma. Para qué apurarse.

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