Colecciones completas, David Byrne (IV): amor latino y traspiés solistas

A pocos días del show de David Byrne en Montevideo, la cuarta entrega de sus Colecciones completas

Tapa del Rei Momo

Por Gastón González Napoli

La semana pasada dejamos a Talking Heads en medio de una auto-destrucción silenciosa. Naked se editó en 1988 y recién en 1991 la banda anunciaría formalmente su separación. Y fue hasta ahí que a David Byrne lo siguió una enorme cantidad de fanáticos. Pero él no podía saberlo todavía cuando decidió cortar del todo con sus compañeros y tirarse al agua de sus obsesiones eclécticas.

El mismo año en que salió el disco final de Talking Heads, Byrne fundó un sello discográfico, Luaka Bop, en el que se dedicaría a publicar para audiencias estadounidenses discos de todos esos géneros bien distintos que los yanquis reducen a la etiqueta de world music. Es una señal que fuera a través de Luaka Bop, y no de un sello grande, por donde él comenzara a transitar los caminos solistas.

Amor latino

Celia Cruz era su ídola, dice Byrne en su libro How Music Works. “Había escuchado y bailado sus discos durante años”, escribió años antes, en un breve obituario de la Reina de la Salsa que publicó en Entertainment Weekly. Retazos de sonido “latino”, es decir más bien caribeño, ya se habían colado en la música compuesta junto con su banda; era natural que Byrne abrazara ese gusto por lo afro-latino una vez que se embarcara en su carrera. Aunque Rei Momo, publicado en 1989, va más lejos todavía que sus intentos por digerir la música africana. Es casi un disco de salsa al que él le prestó la voz. Marca un quiebre radical con lo que venía haciendo hasta el momento.

“Decidí que intentaría hacer un disco pan-latino”, explica Byrne en su libro, “sumergirme en ese mundo utilizando un grupo de canciones que había escrito como base”. Tenía la suerte de vivir en Nueva York, todavía entonces un centro cultural global. Existía una escena local de músicos latinos lo suficientemente dotados como para cubrir un rango amplísimo de géneros: chachachá, salsa, merengue, cumbia, samba.

Byrne reconoció en las melodías latinas un sentimiento profundo a veces trágico y melancólico, con un subtexto musical festivo que contrastaba y elevaba el sentir letrístico. Su reverencia por estos géneros es patente.

El problema, es que le impide hacerlos suyos. Muchas veces parece haber insertado su voz sobre grabaciones de músicos latinos, como un remix barato que incluso le resta calidad a la sección instrumental. Los pasajes en que Byrne desaparece son de los más destacables de Rei Momo, cuando su trabajo como director del ensamble permite brillar a los virtuosos y capturar la energía y alegría, el éxtasis, que potencia a la música caribeña, brasilera e incluso a parte de la uruguaya -la más afro-.

Cuando todo conjuga, Rei Momo es espectacular. Sucede más esporádicamente: “The Call of The Wild”, en que él intercala con voces en español; “Dirty Old Town”, que canaliza la antedicha alegría como ninguna; la muy abrasilerada “Office Cowboy” y la samba “Don’t Want To Be Part of Your World”. El punto más alto ha de ser el dueto con la propia Celia Cruz, “Loco de amor”.

Se nota que Byrne está disfrutando a más no poder. Pasa que él es lo más olvidable del disco. Se empieza a ver acá una curva descendente en su carrera.

Salsa de Nueva Orleáns

Dice Byrne que durante la gira de Rei Momo llevó a sus músicos al límite, hasta que parte de sus percusionistas renunciaron. Para suplirlos sumó al elenco al cubano Óscar Salas, un tipo adaptable a géneros múltiples. Se le ocurrió que con alguien así podía fusionar el swing latino con el músculo del funk: comenzó de esa manera el proceso de creación de su siguiente álbum solista, Uh Oh. Sumó también al bajista de los Meters, la famosa banda de funk de Nueva Orleáns. Se animó a jugar con las reglas de la música latina como antes lo había hecho con las del rock, y las canciones se benefician mucho de ello. Un encare así habría hecho de Rei Momo un clásico absoluto. Lo que pasa con Uh-Oh es que las canciones, destripadas, no son tan ajustadas como las de sus trabajos previos.

“Now I’m Your Man” continúa la tradición de Fear of Music de arrancar bien arriba. Y mantiene elementos de cumbia colombiana que se funden mucho mejor de lo esperable. En “She’s Mad”, canta como gruñendo, parecido a Gene Simmons de Kiss, hasta que pega un giro y entra un segmento bien plenero. Es más un pastiche, cosa que a Byrne le sienta cómoda. El bajo salido de los Meters hace el contrapunto de las seis cuerdas de Byrne como antes lo hacía Tina Weymouth, y se roba las luces en temas como el cierre, “Somebody”.

Al igual que Rei Momo, el Uh-Oh es un álbum muy divertido de escuchar, que fluye. Cuando todas las fichas caen en su sitio, supera a su predecesor. Como en “Monkey Man” o en “Tiny Town” -que tiene unas tremendas guitarras acústicas con cierto sabor flamenco-. O en la divertidamente tenebrosa “A Walk In The Dark”.

El cierre con “Somebody” permite irse con los tambores sonando en solitario. Lo más lejos que Byrne llevó su amor latino. Pronto lo dejaría a un lado.


La tapa de David Byrne

El agujero negro de los 90

En la película El luchador de Darren Aronofsky (The Wrestler, 2008) los personajs de Mickey Rourke y Marisa Tomei se ponen a cantar canciones del hard rock de excesos fiesteros que marcó los ochenta y comentan que odiaron la música de los 90. Demasiado bajonera. Les pinchó el globo. Esa nube que supuso el grunge como punta de lanza, pero también otras movidas como el trip hop o el drum and bass flota por sobre los dos últimos discos de Byrne en los 90: el homónimo David Byrne Feelings.

Se trata de dos obras que en gran medida abandonan los coqueteos con el ritmo y el baile que Byrne había venido desarrollando los quince años previos. El primero se editó en 1994 y cumple con esa máxima no-escrita de que los discos homónimos permiten un borrón y cuenta nueva. Byrne no lo necesitaba desde un punto de vista artístico, pero quizá sí sintiera que se estaba quedando por fuera de los focos de atención pública. Uh-Oh había pasado desapercibido. No sería el primer artista en buscar mantenerse relevante tratando de absorber lo que los jóvenes estuvieran escuchando. En How Music Works, Byrne agrega que necesitaba aflojar con la decoración y enfatizar más lo personal de las letras. Dice que a la vez que una búsqueda artística fue una respuesta a una muerte cercana.

Quería “canciones que vinieran del corazón”. Las escribió, armó una banda y decidió probarlas en toques en vivo antes de meterse al estudio. Su idea era grabar de a pocos, juntos tocando en la sala. Pero un miembro de la banda “fue expulsado”, escribe Byrne, “y los planes se vinieron abajo”. Los descalabros habrán afectado sus intenciones de un arte más personal. Las letras de David Byrne no tienen la misma gracia que otras. No porque no tuviera la misma capacidad para escribir sobre sí que sobre edificios y comida; tal vez, porque -como escribe el crítico William Ruhlmann– la falta de decoración exponía demasiado la incoherencia de su escritura.

En el álbum, Byrne recupera su timbre de voz más famoso, del que se había alejado en sus trabajos más recientes. Temas como “Angels” o “Crash” evidencian la década que las produjo. Es mérito suyo que no suena como un viejo tratando de mantenerse cool. Ciertos pasajes de David Byrne recuerdan al trabajo por ejemplo de los Buenos Muchachos: “A Self-Made Man”, “Lilies of The Valley”, la extensa “Strange Rituals”. Recupera algo de diversión en momentos puntuales, como el estribillo pegadizo de “Back In The Box” o en la percusión movida de “You and Eye”; más que nada, pone el ojo en los tonos grises con los que decoró la tapa del disco.

“Apenas puedo tocarme a mí mismo/Cómo podría tocar a otro/Solo soy una publicidad/Para una versión de mí mismo”, canta en “Angels”. En “A Self-Made Man”, el protagonista es tan hecho desde abajo que hasta se ha retocado los genes. Sin embargo, aparte de casos puntuales, las letras son la pata más enclenque.

La tapa de Feelings

Romper y armar de nuevo

Byrne parece haber tenido claro que su trabajo homónimo no era su mejor obra. Sí destaca que fue importante para él por cómo le permitió empezar de nuevo. Dice que lo necesitaba, porque tras casi una década de nadar en aguas latinas, sentía que lo habían encasillado como “el rockero que abandonó la causa”. David Byrne le sirvió como un retorno al rock, aunque no fuera el aterrizaje más suave del mundo.

Feelings, de hecho, agudizó su fracaso comercial solista. Aunque tiene una tapa llamativa, con él convertido en un muñeco tipo Max Steel, y aunque los toques noventeros están más engrasados, no conectó con su vieja audiencia. Hay que recordar que para fines de década -y Feelings se editó en 1997- la atención del público había ya virado del grunge y se concentraba cada vez más en el hip hop y el pop adolescente de Britney Spears y compañía.

Lo particular de la producción del álbum muestra que al cantante no se le agotaba la energía. Podía ser que su música ya no interesara al gran público, pero Byrne nunca cesó de renovar su encare. Feelings lo escribió en su casa, pero al notar que las canciones eran todas muy distintas, decidió que lo mejor era trabajar con músicos sesionistas diferentes para cada una. Viajó de un país al otro, de una ciudad a la otra, grabando de a puchitos.

Se trata entonces de un disco variado. No así incoherente. Y su relación con el rock es más firme, como muestra enseguida el solo de guitarra del tema que abre Feelings, “Fuzzy Freaky”. El disco tiene un segmento hacia la mitad que se hace algo pesado; gana tracción en su segunda parte, empujado por temas como la moderna “Daddy Go Down”, o la forma en que Byrne absorbe la estructura verso tranquilo-estrofa heavy de los Pixies y Nirvana en “The Civil Wars”. Cierra el álbum en una nota melancólica con la bella “They Are In Love”.

A pesar de no ser malo, sí se siente como otro disco de transición, como un artista en busca de algo que todavía no halló. Lo más memorable de Feelings es “Miss America”, donde las obsesiones de Byrne por la música latina cobran una dimensión temática. Describe a Estados Unidos como una supermodelo; una mirada del país con ojos de inmigrante que incluye versos en inglés y español. “I love America/Yo siempre he confiado en ti/I love America/¿Por qué me tratas así?”. El resto tiene sus momentos. Nada despampanante.

Byrne terminaría la década con la banda sonora de un espectáculo de danza, In Spite of Wishing and Wanting, que vendió a través de su sitio web cuando eso todavía era un avance tecnológico de futuro dudoso. Así que de ventas, menos todavía. Ese estancamiento que vivió hace 20 años se iría revirtiendo de a poco en los 2000, a medida que fue recuperando las colaboraciones con otros artistas.

Una última etapa que repasaremos el martes que viene, el día en que Byrne volverá a Montevideo.

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