David Byrne rompió los parámetros de lo que un show puede ser

Con solo eliminar todo lo estático del escenario, el ex-líder de Talking Heads combatió el frío otoñal del Teatro de Verano a base de ritmo

Por Gastón González Napoli

“¿Para qué voy a tocar? Si después viene eso“.

Juana Molina avisó así que lo que se venía en el Teatro de Verano era algo distinto. No un show. No un recital. Un eso.

Pasaron unos minutos de que la porteña se bajara para que el escenario quedara conformado: un montón de cadenas (¿o eran más como collares?) colgando del techo cerraban un rectángulo, completado por una raya blanca en el suelo. En el centro, solo un escritorio de hierro, una silla de madera, y un cerebro. No hubo más puesta en escena que esa. Pero David Byrne y su banda entregaron una performance diferente de cualquier cosa. Le hizo la pelea al Stop Making Sense, el documental de la gira más famosa de Talking Heads. Cosa a prori imposible.

Y todo con un truco muy sencillo: puso las cosas en movimiento.

No hubo nada fijo, nada estático. Sacaron la batería, suplantada por seis músicos con instrumentos de percusión colgados al hombro. Hasta el tecladista cargaba con lo suyo, una versión top de los sintes que usa Pablo Lescano. Byrne tocó poco su guitarra, enfocado en moverse de formas extrañas junto con sus dos coristas/bailarines. Y en cantar. Cómo cantó. No le preocupó cederle el foco a otro si correspondía, pero siempre fue una presencia magnética.

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En la Plaza Independencia el viento era tal, que quien escribe solo pudo pensar: lo que será el Teatro de Verano. Anticipó bien. El otoño entró como un sablazo de humedad al Ramón Collazo, potenciado por llovizna intermitente. Hubo que abrigarse de verdad.

En otro país, el frío se hubiese ido bailando, sustituido por sudor. Pero esto es Uruguay, donde un tipo no tuvo vergüenza en gritar “bueno, ¡sentados!” al arrancar el recital del ex-líder de Talking Heads. ¡Posta! Por suerte no se le hizo caso, aunque el baile, al costado de las gradas, fue más bien tímido.

No es poca cosa. Se precisa un shock de energía para despertar al público uruguayo, más al que va a este tipo de eventos. David Byrne derrochó tanta, a sus 65 años, que un buen rato después quien escribe seguía moviéndose al ritmo mental de “I Zimbra”; mientras esperaba afuera de la farmacia para comprar un remedio que aliviara el dolor de garganta.

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Fotos: Josefina Brum

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El show repasó gran parte de la carrera de Byrne. Evitó las obviedades y no cantó ni “Psycho Killer” ni “Life During Wartime”. A pesar de que el clásico imbécil gritaba todo el tiempo que tocara la primera de ellas (qué especie esa, ¿eh? Habría que prohibirla). De los discos de Talking Heads se quedó más que nada con Fear of MusicRemain In Light Speaking In Tongues. Mucho del material vino de sus últimos 20 años de música, con énfasis en el American Utopia que se editó días atrás. Se escucharon siete de las diez canciones del álbum.

Hasta tocó un par de temas de Here Lies Love, la ópera disco-rock que compuso junto con Fatboy Slim sobre la vida de Imelda Marcos, la esposa del dictador filipino Ferdinand Marcos. “Dancing Together” fue uno de los últimos temas del setlist, y uno absorbía una explosión de ritmo mientras se hacía a la idea casi inédita de que un músico eligiera, tan cerca del final, tocar una joya oculta de su discografía en lugar de los hitazos cliché para que la gente se fuera contenta.

“El bajista la quema” es la anotación en la libreta, referencia al ignoto Bobby Wooten, que en ese momento -como en todo el recital- brillaba mientras caminaba/bailaba en ronda junto con toda la banda. Porque eliminar los elementos estáticos no solo posibilitó que todos bailaran. Posibilitó la performance en todo lo que abarca la palabra. Una coreografía intrincada que lindó con lo teatral y que empleó todo el espacio, desprovisto hasta de amplificadores y retornos.

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Las luces se apagaron y Byrne apareció sentado en la mesa solitaria del escenario, el cerebro sostenido en sus manos. Abrió con “Here”, el tema que cierra American Utopia. Los músicos fueron pasando por entre la suerte de collares que colgaban del techo y hasta ahí duró la calma. “Lazy”, del Grown Backwards, enseguida trajo el movimiento.

El grupo de percusionistas salió a escena, Byrne agarró la guitarra y el show tuvo su primera explosión con “I Zimbra”, el temazo que prende fuego la mecha de Fear of Music. Le siguió una versión impresionante de “Slippery People”, cénit funk de la obra de Talking Heads. Eran doce personas. Como puso la periodista de El País -y ex-colaboradora de MOOG– Belén Fourment en Twitter: Byrne operaba como un entrenador dirigiendo a sus once jugadores.

De ahí fueron saltando de atrás para adelante en la carrera del cantautor. Metieron una del Love This Giant, “I Should Watch TV”, y se manejaron bárbaro aun sin los arreglos de vientos que caracterizan a ese álbum. La banda entera se apretó contra un costado y le cedió el espacio a Byrne, pero fueron avanzando, amenazadores, hasta echarlo fuera de escena.

Desaparecieron todos y volvieron bajo una luz roja para la balada bizarra “Dog’s Brain”; luego terminaron “Everybody’s Coming To My House” con un coro a capela. Empezó a notarse un patrón: los temas de American Utopia, como esos dos, cobraban otra dimensión en vivo. La fantástica “Every Day Is a Miracle” es otro ejemplo, tan ácida como alegre, vitalizada por el conjunto percusivo que tan a tono se sentía en el Teatro de Verano.

La cosa quedaría confirmada cuando llegara “I Dance Like This”, una canción que en el álbum muta de golpe entre una balada y un paisaje electrónico de lo más perturbador. Ayer mantuvo la estructura, aunque aumentada. La banda dejó de tocar de pronto y quedó bailando su coreografía en silencio, como si se les hubiera cortado el playback. Sonaron carcajadas desde la tribuna. Qué graciosos, qué boludos, y de repente una nueva explosión del estribillo ominoso, ahora con un juego de luces que habría fulminado a un epiléptico. A las risas se las llevó el viento.

Pero ni siquiera David Byrne puede contra el factor nostalgia. Los mayores destaques fueron las perlas de Talking Heads. Una hermosa versión de “This Must Be The Place”. El trance en “Born Under Punches”. La forma en que “Once In A Lifetime” fue ganando tracción hasta erizar el cuello. La imbatible “Burning Down The House”, que no precisa puesta en escena alguna para cumplir con su título y prender fuego todo.

La banda se fue con “The Great Curve”, del Remain In Light. Y sucedió algo inesperado. No solo porque apareció una pelota de fútbol que se iban pasando mientras tocaban. No. Se armó un semi-círculo y Byrne no se puso en el medio. Se corrió a un costado. El foco puesto en Angie Swan, la guitarrista. Hasta entonces un pilar de la base rítmica, se mandó un disparate de solo. Dejó de boca abierta.

Fue un show distinto de cualquier cosa. Juana Molina tenía razón.

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