Colecciones completas, David Byrne (V): utopía en el Teatro de Verano

El músico estadounidense de origen escocés David Byrne se presenta esta noche en Montevideo a caballo de su nuevo disco, y este repaso de su carrera da un pantallazo de sus últimos 20 años de trabajo

Foto: Wikimedia Commons.

Por Gastón González Napoli

Baste decir que el arranque de estas Colecciones completas estuvo mal calculado. Ah, pero vaya si no ha sido un trayecto divertido.

Habría faltado una semana más para cubrir con más cariño la fase reciente de la carrera solista de David Byrne. Se le dedicó una primera entrega tan solo a dos discos, el Talking Heads 77 y el More Songs About Buildings and Food; una segunda a tres álbumes, el Fear of Music, el Remain in Light y la colaboración con Brian Eno My Life in The Bush of Ghosts. Para la tercera se sumó una película, Stop Making Sense, además de cuatro discos: Speaking In Tongues, Little Creatures, True Stories y Naked (¿se nota un patrón de ir apretando la cosa porque no daba el tiempo?). Recién entramos en la era post-Talking Heads de Byrne en la cuarta entrega de sus Colecciones completas, el viernes pasado, en la que se abarcó el Rei Momo de 1988 y los tres discos que editó en los 90; el Uh-Oh, el homónimo David Byrne y Feelings.

Para esta entrega, quinta y final, resta la obra del siglo XXI de Byrne. No dará para cubrirla toda. Faltarán las bandas sonoras In Spite of Wishing and Wanting y Lead Us Not Into Temptation; este último un proyecto en el que participaron artistas como Belle and Sebastian y Mogwai, y que algunos consideran de lo más contundente de su carrera solista. Tampoco estará Here Lies Love, colaboración entre Byrne y Fatboy Slim, una ópera disco-rock basada en la vida de Imelda Marcos que ha sabido llevarse a escena, pero que también vive en formato disco. Y si esa no es de las mejores frases jamás escritas, que nos suspendan el sitio web. Una lástima que no entre.

Por necesidad temporal, esta última entrega del repaso de la carrera del ex-líder de Talking Heads se centrará solo en sus discos propiamente dichos.

La gran intoxicación de cuerdas

David Byrne cerró la década de los 80 como uno de los artistas más influyentes del mundo, y entró al siglo XXI, diez años más tarde, alejado del éxito masivo, en busca de una reinvención. No la encontraría todavía con su primer álbum de los 2000, Look Into The Eyeball, pero sí que con él quebraría la racha descendente de sus álbumes. De a poco volvería a captar la atención de unos fans que le habían dado la espalda.

Look Into The Eyeball tiene 49 invitados, pero solo Byrne toca la guitarra. Eso habla en parte de que hay poco énfasis en las seis cuerdas, también del grado de control que le gusta tener sobre aquello en lo que puede influir directamente; pero sobre todo es indicador de que en este trabajo lo que importan son otro tipo de cuerdas. Para ser una obra con bastantes toques beatle, es gracioso que Look Into The Eyeball incluya uno por la negativa: la comparación con la sobre-producción sufrida por el Let It Be, un disco atestado de arreglos de cuerdas allí donde no los precisa. Acá el ahogo no es tal. Aunque sí llega a sentirse.

“U.B. Jesus” anticipa que la cosa viene distinta del anterior Feelings. La canción de apertura no cesa de dar giros, entre percusión con mucho eco, arreglos de cuerdas juguetones, coros gospel y fragmentos muy pop. Pronto la palabra “juguetón” se pierde y las cuerdas pasan a chuparse todo.

De vez en cuando encastran con suavidad, como en la beatlera, breve y muy bella balada “The Revolution”. O en “The Great Intoxication”, en que socava lo pesado y solemne de las cuerdas con una batería medio abrasilerada. Incongruente en los papeles, funciona en los hechos. Lo mismo en “Desconocido soy”, en la que Byrne canta en español a dueto con el vocalista de Café Tacvba, en ese momento apodado Nrü.

Otras veces, la cosa queda rara. Sucede en el single “Like Humans Do” o en “Smile”, que sí se siente sobrecargada. En “Everyone’s In Love With You”, el cierre del disco, la sensación es de medio pelo, le juega en contra a lo que vino antes. En “Broken Things”, la mezcla de percusión, un bajo potente y un arreglo de vientos suena ridículamente a No Te Va Gustar. Hasta esa palabrita espantosa, “ska”, asoma su fea nariz en “Neighborhood”.

Es un disco demasiado largo, inconsistente, que pierde fuerza sobre el final. No deja de ser un quiebre hacia arriba. El percusionista Mauro Refosco hace un gran papel, y habría de convertirse en habitué de los discos de Byrne.

Una vez más, vendió muy mal. Habla bien de Byrne que lo último que hizo fue cansarse.

La tapa de Look Into The Eyeball

Ser un poco pretencioso tampoco viene mal

Tal vez haya sido la colaboración con otros artistas en la banda sonora antedicha, Lead Us Not Into Temptation, que le haya dado bríos nuevos y espoleado la creatividad byrniana. Hacía muchos años que no compartía así el trabajo artístico. Hacía muchos años que no sonaba tan confiado como en Grown Backwards, editado en 2004.

La diferencia entre este disco y Look Into The Eyeball es que Byrne bajó la pelota al piso y dejó de tratar de romper el molde. El molde ya estaba roto. No precisaba seguirlo pateando. Así que tomó los arreglos de cuerdas que habían signado su álbum previo, los limó, y retrajo la percusión que empleaba para contrastarla. Por primera vez, Byrne suena maduro en Grown Backwards. Cómodo en su sitio.

A veces peca de pretencioso: canta un tema en francés a dúo con Rufus Wainright, “Au fond du Temple Saint”, salido de una ópera de Georges Bizet; y al rato otro en italiano, “Un dì, felice, eterea”, salido de La traviata de Verdi. Pero después de todo su corpus artístico, se merece ser pretencioso. Más cuando las dos versiones lo teletransportan a uno a la Europa soñada que ya no existe, tipo Medianoche en París.

Estos coqueteos con el Viejo Continente se complementan con un mayor gusto por la melancolía. Como en la apertura, “Glass, Concrete and Stone”, que habla de abandonar una casa que no es un hogar. Lo mismo en “The Man Who Loved Beer”, una canción de gran belleza. Aun cuando mete elementos hasta ahora mayoritariamente foráneos en su sonido, como un arreglo de vientos en “Empire”, le brinda un componente de épica a su voz.

La sombra de Caetano Veloso sobrevuela Grown Backwards, la amistad entre ambos músicos evidente aunque el soteropolitano no aparezca -más adelante tocarían juntos en el Carnegie Hall y lo registrarían en un celebrado disco en vivo-. Es notoria en “She Only Sleeps” y en “Why”, baladas de enorme gusto brasileño. El percusionista Mauro Refosco, riograndense él, no participa de todo el tracklist, pero cuando lo hace se nota, como en “Dialog Box”.

Si en Look Into The Eyeball las guitarras de Byrne eran pocas, están menos todavía aquí. Apenas en el bonus track “Lazy”, una zapada experimental de nueve minutos, se les da cierta libertad. Tal vez sea la forma más efectiva que tenía de marcar un diferencial con su banda.

Otro aspecto a destacar de Grown Backwards es que luego de llevar hasta el límite su escritura tan personal, y que acabara por perder la gracia, este disco recupera al mejor Byrne letrista. Hay algún tropiezo o texto menos memorable. Otros la rompen: “Solo sé tú mismo, eso es lo que dicen/Apenas sé quién fui ayer” en “Civilization”; “Me alegra ser un desastre/Me alegra que no te importe” en “Glad” (que incluye toda una declaración de intenciones: “Me alegra no tener sentido común”).

“The Other Side of This Life” es uno de los pilares del álbum, con sus violines celestiales que se cruzan con ruidos raros y un bajo pulsante. Mientras, Byrne narra una historia en la que no queda claro si el protagonista se está muriendo, si está bajo el efecto de medicación, o si está drogado.

Sin vender una locura, Grown Backwards duplicó las ventas del anterior y señaló un cambio de rumbo. Pasarían catorce años antes de que su nombre volviera a aparecer en solitario en la tapa de un disco.

La tapa de Grown Backwards

Un día triste me iré en puntas de pie

Brian Eno le comentó a Byrne en una cena que tenía un montón de canciones instrumentales sin terminar y que capaz estaría bueno ponerles letra y voz. Acordaron que se irían enviando avances por mail. Así arrancó el proceso creativo para el mejor álbum de la carrera de Byrne al menos desde el Speaking In Tongues, prueba definitiva de su resurgimiento: Everything That Happens Will Happen Today. Desconectado de su sello discográfico, Luaka Bop, Byrne se concentró en la música.

Cualquiera que haya escuchado My Life In The Bush of Ghosts o que tenga cierta familiaridad con Brian Eno como productor y músico esperaría que este disco fuera una joya de ambient, que valorara las texturas por sobre las canciones propiamente dichas. Y según declaró en una entrevista con El País de Madrid, Byrne pensó lo mismo. Resultó que no. “Me aterraba la tarea de añadirle letra y melodía a las piezas que me había enviado Brian, porque sonaban, para mi sorpresa, a música folk. Con acordes muy sencillos”, dijo al diario español. Allí define este álbum como “un proyecto de folktrónica-gospel”.

Si Grown Backwards había tenido a un Byrne maduro, Everything That Happens… lo presenta en algo a priori peor: cantando pop maduro. Está en tan excelente nivel como cantante a lo largo de toda la obra, que aun si se mantuviera en esa tónica sería un disco ajustado. Pero se trata de un álbum que no se puede dar por sentado, inconformista, inquieto, insospechado.

Si en los primeros “Home” y “My Big Nurse” el trabajo de Eno es arrancar a Byrne del ciclo musical filo-latino en el que estaba desde hacía una década, enseguida el disco pega un volantazo con “I Feel My Stuff”. Desde el teclado atípico con que comienza se anuncia un vuelco sonoro, reforzado por una batería programada y un bajo con pretensiones solistas. Cuando creés que agarra para un lado, “I Feel My Stuff” va para otro, su estructura desdeñosa de cualquier similitud con las del pop. “Cambié mi suerte/Vuelvo para ser más fuerte”, canta Byrne.

El tremendo coro gospel de “Everything That Happens”, el temazo pop “Life Is Long”, la melancolía impresa en “The River”: incluso cuando recorre caminos convencionales, nada de Everything That Happens Will Happen Today es lo que se espera de él. Para cuando llega “Strange Overtones”, en el que Byrne canta sobre el proceso de creación (“Veo la música en tu cara/Que tus palabras no pueden explicar”), ya se comprende que se está ante una obra de peso. La inimitable y mutante “Wanted For Life” lo confirma.

El cuento dice que Eno se cansó de esperar una respuesta de Byrne ante el primer tema que le mandó, y se lo ofreció en cambio a Chris Martin, de Coldplay, banda con la que estaba trabajando en Viva La Vida. Pero cuando Martin escuchó “One Fine Day”, lo que Byrne había hecho finalmente con esa música, decidió humildemente cajonear lo suyo. “One Fine Day” es una canción triste y lindísima, abarrotada de símbolos religiosos y toques literarios que informarían la letrística de Byrne a partir de Everything That Happens… Avisa que “un día triste” se irá “en puntas de pie” y uno se pone nervioso con la sola perspectiva.

Y si en sus obras de los 90 sus letras raras llegaban a cansar, ahora le encontraría la vuelta para seguir siendo un iconoclasta con sentimiento y hasta un mínimo de narrativa. Explicó en entrevista con el diario irlandés Independent que quiso lograr temas sentidos, sinceros, sin beber del cliché. “El desafío fue más emocional que técnico”, dijo. “Los resultados, en muchos casos, son inspiradores, esperanzados y positivos, aunque algunas letras describan autos explotando, guerra y otros escenarios oscuros”. Hablando con el Guardian, Eno agregó: “Habíamos estado trabajando en paralelo, y nos encontramos llamados por la música de la gente -música gospel, por ejemplo-, música diseñada para incluir a la gente”.

Siendo dos tipos de enorme inteligencia, no extraña que las entrevistas que siguieron al disco estén repletas de frases como: “David y yo hablamos de la música como una forma de rendición, dejás de ser ‘yo’ y pasás a ser ‘nosotros’. El aspecto social de la música siempre me ha interesado. Es la posibilidad de perderte a vos mismo”.

Y siendo dos tipos también adeptos a tomar riesgos, no sorprende que eligieran la ruta In Rainbows y editaran Everything That Happens… por internet en 2008. Byrne había escrito sobre la importancia probable que la web tendría para la música en la revista Wired: “A lo que se llama el negocio de la música hoy, no es el negocio de producir música. En algún punto, se convirtió en el negocio de vender CDs en cajas de plástico, y ese negocio pronto terminará. Pero eso no es una mala noticia para la música, y ciertamente no es mala noticia para los músicos. En realidad, con todas las formas de llegar a la audiencia, nunca han habido más oportunidades para los artistas”.

Fiel a su palabra, Byrne -que terminó el disco solo, con Eno embarcado ya en otros proyectos- lo editó en formato digital de forma independiente, y luego en una edición física de lujo.

David Byrne en vivo. Fuente: Flickr.

Amá a Annie Clark

Obvio que Annie Clark (alias St. Vincent) y David Byrne se conocieron en un show de Björk. ¿Dónde más? Tres años más tarde, en 2012, publicaron un disco juntos, Love This Giant, que completó el regreso de él al ojo público y cimentó las aparentemente interminables cualidades de ella.

En entrevista con la Rolling Stone, Clark cuenta que el objetivo inicial era hacer un show conjunto. Hasta que ella propuso sumar una banda de vientos, pensando en que iría bien con la acústica del sitio elegido para tocar. Los arreglos los inspiraron y Love This Giant se sostiene de ellos para convertirse en una criatura diferente de todo lo hecho antes por Byrne.

Clark cuenta también que les costó agarrarle la mano a la colaboración, porque si bien mantuvieron el recurso de intercambiar por mail, no había un Eno que mandara un producto terminado sobre el que agregar letras; en cambio, entre los dos hicieron todo: “Lo encaramos analítica y arquitectónicamente”, dice. “Mi instinto era poner un montón de guitarras. Es un vicio y además es por lo que soy conocida, así que cuando estábamos en el estudio, pensaba mucho en qué guitarra debería ir acá y acá… David me dijo ‘mantengamos esto solo sobre los vientos’. Fue una buena decisión porque le da al disco su identidad, en vez de que suene a St. Vincent o a David Byrne”.

Love This Giant es un verdadero discazo. Es evidente que ambos músicos se inspiraron el uno al otro. En el caso de Byrne, los vientos y el groove lo llevaron a alejarse de las letras más personales que buscaba en sus trabajos recientes. La magia que Annie Clark pone sobre la mesa se ve de arranque en “Who”, con el que es imposible no mover la cabeza. Marca la tónica: será una obra extrañamente bailable.

Ya sea que Clark toma la posta y lleva la cosa hacia su visión propia de las rupturas amorosas (“Weekend In The Dust”, la fantástica “Ice Age”, emparentada en cuanto al sentimiento con “This Must Be The Place” del Speaking In Tongues) o que Byrne se adentra en territorios literarios, influido por Walt Whitman, como en la extensa y evocativa letra de “The Forest Awakes” o en las referencias religiosas de la brutal “Lazarus”, Love This Giant es imparable. De a ratos las rarezas de ambos cobran el poder y salen bizarreadas art-pop como “I Am An Ape”, que se beneficia de un aire cinematográfico, de percusión militaresca y de un bajo de primera.

El cierre con “Outside of Space and Time” es de los picos más altos de la carrera de Byrne. “Es verdad/Soy una escalera temblorosa/Materia intergaláctica/Fuera del tiempo y el espacio”, resume sin quererlo gran parte de su obra.

Como explica Clark en entrevista con el Guardian, acerca de por qué suena pop cuando a todas luces una colaboración entre ellos dos se anticipaba infumable: “Creo que el disco es muy ingenioso. Pero a veces hay música que sentís que debería gustarte, y que sabés que es buena, pero por alguna razón no querés poner en la radio. Este no es ese disco”.

Razones para la alegría

La alegría condensada de Love This Giant se diluyó, a ojos de Byrne, en el lustro que ha transcurrido desde que vio la luz. A sus 65 años, el cantautor fue sintiendo que el mundo se oscurecía y que era necesario mostrar otro aspecto. Tomó prestado el título de un tema de Ian Dury, “Reasons To Be Cheerful” (razones para estar contento), y fue diseñando un proyecto multimedia. Completa así el título de “hombre renacentista” que la revista Time le puso en los 80 por su condición ultra multifacética. Hace solo unos días, el disco que opera como su ancla se editó y puede accederse a él en Spotify: American Utopia. Utopía americana.

Para este disco, Byrne compuso casi todo con Eno, pero solo firma él por primera vez desde Grown Backwards. Canta con voz más grave, aunque parece no ser una elección sino un efecto de la edad. Como les pasa a todos. Y lo hace sonar bastante parecido a Bowie.

Desde la apertura con “I Dance Like This” que Byrne deja en claro que la vejez no le pegó para abajo. La ruptura melódica, sonora, tonal, todo, que se da en el estribillo es tan fuerte que tuve que chequear si se me había activado alguna publicidad en otra pestaña. Es una balada de piano hasta que no es más, convertida en una demencia epiléptica. “Bailo así/Porque se siente tan bien/Si pudiera bailar mejor/Sabés que lo haría”, canta.

Byrne se inspiró al leer Democracia en América de Alexis de Tocqueville, y hay cierto filón político en temas como “Gasoline and Dirty Sheets”. Se queda en la superficie y mejor porque la sutileza necesaria se le escapó siempre a Byrne. Le sienta mejor el surrealismo de “Every Day is a Miracle”, una canción medio afro-pop, con el bajo bien al frente; la coda bien podría musicalizar El rey león. “Cada día es un milagro/Cada día es una factura sin pagar/Tenés que cantar por tu comida/Ámense los unos a los otros”. ¿Significa algo? Es probable que no. Pero Byrne es capaz de imbuir de sentido a los sinsentidos.

A la cabeza de estos últimos está “Dog’s Mind”, una bizarreada que utiliza recursos típicos de baladas épicas para contar una letra muy graciosa, aunque te deja pensando un poquito en si la humanidad es tan diferente del perro como cree. También está “Bullet”, que utiliza la bala como sustituto del clásico flechazo romántico, y que juega con lo malos y violentos que dichos flechazos pueden terminar siendo. La colaboración con Eno se hace patente en el muro de ecos entre demoníacos, alucinógenos y de hinchada en “This Is That”, o en la búsqueda del cambio que es “Doing The Right Thing”. El problema de American Utopia es que a veces se siente un poco frío.

Cuando rompre con esas cadenas, está si no a la misma altura al menos no desentona con los trabajos más recientes de Byrne. El corte de difusión, “Everybody’s Coming To My House”, tiene un bajo espectacular, sus guitarras están más escondidas pero son un trabajo de obrero, y cuando salen a luz en un solo distorsionado, el efecto es genial; en mitad del movimiento, Byrne canta sobre la soledad entre la multitud, y trata de mirar más allá del existencialismo. “Solo somos turistas en esta vida/Solo turistas, pero la vista es linda”.

El cierre de “Here” es ideal para American Utopia. Versos como “Alzá tu mirada a quien te ama/Estás seguro ahí donde estás” son optimistas, luminosos. Otros como “Acá hay demasiados sonidos para que tu cerebro comprenda/Acá el sonido está organizado en cosas que tienen algo de sentido/Acá hay algo que llamamos alucinación/¿Es la verdad o es solamente una descripción?” son el colmo del byrnismo. Y lo bien que hacen.

“He cambiado a lo largo de los años”, le dijo hace poco al Guardian. “Soy imperfecto, pero me comunico mejor. No solo entierro las cosas y las dejo explotar en algún punto. Soy capaz de hablar en un grupo social, cuando antes me habría retraído a una esquina”. Agrega: “Hay ciertamente cosas que hice que no fueron tan buenas como podrían haber sido. O tomé direcciones equivocadas y no hay cómo arreglarlo. Pero después pensás, bueno, a moverse hacia delante. No te preocupes demasiado. Mejor mantener los músculos creativos en movimiento que sentarse a esperar a que el gran material llegue”. Si esa no es una excelente descripción de su carrera, que nos suspendan el sitio web.

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