En Destilar, La Vela Puerca vuelve más o menos al origen

El grupo editó su séptimo disco de estudio, que retorna a su sonido más tradicional y le agrega una veta más pop y lustrosa, con resultado desparejo


Foto: YouTube de La Vela Puerca

Por Gastón González Napoli

De un tiempo a esta parte, la discografía de La Vela Puerca opera por dialéctica. Luego de los hitazos de A contraluz -el de “Zafar”, “Llenos de magia”, “Va a escampar”- vino la oscuridad inusitada de El impulso. Cuatro años más tarde volvieron a lo básico en Piel y hueso, más tradicionalmente rockero. Tiene una segunda parte baladística, que sí va por otro andarivel, pero es casi como un bonus, como si no se hubiesen animado a adentrarse más en ese terreno. Y en 2014 otra vez un giro con Érase…, un álbum sentido y triste aun cuando insta al pogo (escuchar “El soldado de plomo” para comprender). Allí se rompieron estructuras macro, al dividir el disco en capítulos, y las micro, con varios temas desprovistos de estribillo.

Era de esperarse que Destilar, su séptimo disco de estudio, diera marcha atrás y retomara la senda con que más se asocia a la banda. Y lo hace tanto que a veces suenan a sí mismos, repetitivos. A la vez, lo balancea con un brillo pop atípico. O sea que Destilar no es ni una ni la otra.

Sí es bastante más accesible que el Érase… El impulso, y al ser más breve (tiene trece temas), también más que Piel y hueso (que tiene 18). Para quienes no conozcan a La Vela Puerca o nunca le hayan prestado atención suficiente, Destilar es una buena puerta de entrada. Es un disco amable, que pone el estilo letrístico de Sebastián Teysera al servicio de la canción romántica. Pero no le habría venido mal una podada. Puede que a la banda le hubiese jugado a favor apostar a lo mínimo.

En estos cuatro años entre disco y disco, La Vela Puerca publicó su álbum y DVD aniversario Festejar para sobrevivir. En ese título está la clave del estilo del grupo: canciones enérgicas que esconden lamentos cotidianos. Directamente en ese rincón cae Destilar con “Velamen”, la apertura: “Una cerveza por favor/Que vengo del infierno”. Hasta parece una continuación de la conclusión trágica del Érase…. Sin embargo, eso de dejar atrás una tormenta es lo único que emparenta a Destilar con su antecesor. Este es optimista. Se nota ya en ese “Velamen” y sus coros de estadio. A la tristeza se la vencerá a como dé lugar.

Esa sensación general no significa que sea un disco compacto ni mucho menos conceptual. Al revés. Lo que hace es tomar un poco de cada expresión de La Vela. La siguiente del tracklist, “Atala” (“Atala/No la sueltes/No la dejes ir/Ahora toca seguir”) va por la misma línea positiva, de carpe diem. Cierta crítica social permea en temas como “La nube” y “De negro y rojo” (este último el más cerrado de los tres del “Cebolla” Cebreiro). En la otra punta, el veloz “Casi todo” y el único acústico, “La luna de Neuquén”, son temas de amor. “Baco” trae a un personaje como tantos otros de la obra del grupo, y “Mi diablo” pone al protagonista de la canción a luchar consigo mismo, una temática velapuerquense si las hay. El olfato pop que Teysera siempre tuvo para sus letras se traduce acá en estribillos pegadizos, sustentados en una producción lustrosa. En las teclas de “Mi diablo”, en las cuerdas de “La luna de Neuquén”.

Pero Destilar se hace largo. A veces La Vela parece ya prácticamente estar auto-plagiándose, como en “Con un farol”. O en “La revancha”: “Agazapada la revancha/Espera donde no esperás”. Han dicho antes las mismas cosas y lo han hecho mejor. En otras ocasiones, sus letras un poco difusas, vagas, como en “Pensar” o “De la mano”. Las guitarras al mango del cierre, “El aprendiz”, cansan de tan era-Pilsen-Rock que son.

El disco termina siendo desparejo. Una segunda escucha tranquiliza, porque los puntos flojos son los menos. Ahí están, en fin. A La Vela le faltó apretar las tuercas.

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