Eduardo Galeano: dos años del tajo más grande en las venas de América Latina

Un argentino escribe con nostalgia uruguaya a dos años de la muerte de su autor favorito
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He escrito tanto sobre Eduardo Galeano en mi vida que solo en tres oportunidades me vi atado de pies, manos y corazón para desperdigar un poco más de tinta en su honor. El 13 de abril de 2015, día de su fallecimiento, el 13 de abril de 2016, primer aniversario de su muerte, y ahora. Hasta tuve que dejar pasar unos días para poder sentarme sin tanta nostalgia en las manos a tipear sobre estos dos años sin él.
“Nada tenía de malo, y nada tenía de raro, que se me hubiera roto el corazón de tanto usarlo…”.
Según el parte médico fueron complicaciones surgidas de un cáncer de pulmón. Quienes lo conocimos mejor, sabemos que ese lunes por la mañana Eduardo eligió decir “basta”. Como presagiando un futuro que derribaría todos las leyendas que fue construyendo con el correr de los años, con arena del desierto de Atacama y gotas de rocío del Mato Grosso. Historias que recolectó entre tantas libretas sucias y harapientas, pero llenas de magia y de sueños. Fábulas de grillos nacidos de piedras y mujeres con un sol en el pecho.
Como un Nostradamus vestido con la piel de un jaguar, don Galeano pidió un último cigarrillo, pitó hondo, sonrió por los años ganados desde los puños en alto y los tinteros derramados, y se despidió para siempre.
“Cuando me dicen ‘¿usted es poeta?’, respondo: ‘No, no escribo poesía’. O a lo mejor la escribo y no me doy cuenta…”.
Decía el periodista brasilero Airton Ortiz que somos el resultado de los libros que leemos, los viajes que hacemos y las personas que amamos. Y Eduardo Galeano aunaba todos estos conceptos siempre en un puñado de palabras. Fue Los días siguientes (1963) el primer chorro de sangre que decidió volcar sobre las páginas. Cuando le preguntaron por ella, tras muchos años (ya reconocido y laureado), él solo atinó a decir: “Es una novela bastante mala. Pero forma parte de mi prehistoria literaria”.
Los más sabios (aquellos que dicen entender a la literatura como algo elitista, complejo y de difícil acceso) siempre rendirán tributo a Las venas abiertas de América Latina. Y es que allí se  encuentra el baño de realidad más oscuro y melancólicamente descriptivo de estos más de 500 años de historia continental.
“Quien no tiene miedo al hambre tiene miedo a la comida. Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados”.
Multipremiado y doctorado en honoris causa desde México hasta la Argentina, Eduardo nunca dejó de ejercer su propia versión del periodismo a favor de los oprimidos y en contra de los que lastiman. Vagamundo fue el nombre que eligió para seguir en 1973 con su obra, y el título le quedó como anillo al dedo.
Caminante de nuestras tierras, navegante en las orillas de nuestros terrores, Galeano se encargó de recolectar un pedacito de amor en cada país de esta América Latina, para darle protagonismo en sus páginas. Y así fue que la trilogía Memoria del Fuego sentó las bases cronológicas de nuestro prontuario. El currículum vitae de un continente signado por maltratos y quemaduras. Separados en los títulos: Los nacimientos (1982), Las caras y las máscaras (1984) y El siglo del viento (1986), redactó una a una las anécdotas que él mismo eligió contar en el sinfín de mundos que pergeñaron nuestros cinco siglos de civilización.
“Escribo para los amigos que todavía no conozco. Los que conozco ya están hartos de escucharme”.
El libro de los abrazos y Amares mostraron que Eduardo necesitaba dejar de destilar sufrimiento y empezar a quererse más. No porque no supiera. Sino porque nunca tuvo tiempo de hacerlo. Siempre brindado por el otro, al cumplir cinco décadas de vida, acercó su mirada, sabedor de que su literatura ya había llegado a aquellos rincones que él siempre voló. Y fue en sus repasos junto a la redonda en Fútbol a sol y sombra, en donde por fin dio luz verde a una de sus más grandes pasiones, recordando que cuando rueda la pelota, el mundo rueda también.
Aunque le fue imposible soltarle la mano al continente. No hubo forma de que su amada América Latina dejara de llevar su estampa. Lo volvió a demostrar una vez más en su concepción de la realidad en Patas arriba: la escuela del mundo al revés, en que dibujó paisajes latinos, tristes y utópicos, dulces y escabrosos, llenos de primeros amores y mafiosos de la política.
“Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto ¿por qué los pobres pasan hambre y están tan mal?, me dicen que soy un comunista”.
Abrió las puertas del siglo XXI y menos cambalache que nunca, entendió que hay cosas que se pueden vivir mil veces, y nunca dejarán de ser así. Que habrá mundos más o menos complejos, pero lo más importante es entender al mundo que todos llevamos dentro.
En 2008 lanzó Espejos, en una mirada auto-reflexiva de todas sus vivencias. Dictaduras, exilios, hijos, nietos, infartos, amigos desaparecidos, amores infinitos. Se vio completo, y por eso mismo empezó a dar señales de sus pinceladas finales. Los hijos de los días hablandesde el sentido del epitafio. En una suerte de bitácoras, nos baña de mensajes y consejos para que podamos atravesar el fuego sin achicharrarnos tanto, como él lo hizo.
“Lo único que yo sé es esto: el arte es arte o es mierda…”.
Decidió un último esfuerzo por los que apoyamos la nariz en el cristal frío y miramos desde el otro lado de la ventana, y nos dejó los retazos de lo que quedaba de su alma. Mujeres – Antalogía se editó tan solo unos días después de que nos abandonó. Y un año después su legado culminó con El cazador de historias, libro en el que se leen y beben sus letras más despojadas, como arañando el verdadero punto final de su propia vida, y una Latinoamérica por la que luchó incesantemente.
Eduardo fue ante todo, un luchador. Sería trillado decir que luchó por pueblos devastados y culturas aplastadas. Él siempre luchó por el amor. En cada esquirla de tinta que escupía su antigua Olivetti, él ponía el hombro para que el arte se personificara y terminara en un primer beso, en un casamiento, en una mujer dando a luz.
Antihéroe y predicador de un amor que muchos leyeron y pocos entendieron, Eduardo Galeano representa hoy en día el ser nacional como ninguno. Eduardo hoy es más uruguayo, argentino, chileno, brasilero, peruano, boliviano, ecuatoriano, colombiano, panameño, hondureño, cubano, salvadoreño, mexicano… más latinoamericano que nunca.
Por Alejandro Mariano Núñez

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