Leer para sobrevivir: “El espía que surgió del frío”, John le Carré

Segunda entrega de esta columna sobre libros sin pretensión de actualidad, con la primera obra maestra del crack de la literatura de espías 

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezn)

El maniqueísmo es todavía moneda corriente cuando se trata de Estados Unidos y el comunismo. Peor era en los años en que la Unión Soviética todavía respiraba, con Rocky IV como documento más gráfico de esa visión del mundo en blanco y negro, aunque se sigue dando en obras como Puente de espías y su impoluto Tom Hanks. Pero las historias que más trascienden son las que ponen una lupa empática sobre los supuestos villanos, como La vida de los otros y la Stasi de la Alemania Oriental, o las que muestran el mismo barro en el que se movían unos y otros. Aquí entra el protagonista de este Leer para sobrevivir: John le Carré.

David John Moore Cornwell trabajaba para el Servicio Secreto británico en los años 50 y 60, en pleno Temor Rojo. No era un espía posta como Ian Fleming, el creador de James Bond; era un espía de escritorio. Igual cuando se le ocurrió ponerse a escribir le salió recrear su medio ambiente. Sus jefes le exigieron que trabajara bajo un seudónimo, John le Carré, y supervisaban sus textos antes de que llegaran a manos de un editor. Tal vez por eso, o porque era también su ideario entonces, la bibliografía temprana de le Carré cae más en la división cortante de buenos y malos. Introduce a su versión de la agencia secreta británica, The Circus, y a su personaje más famoso, George Smiley, sin mancharse. El mundo sí se manchaba: Berlín quedaba partida en dos por el Muro en 1961, el planeta se acercó más que nunca a una guerra nuclear generalizada en 1962 con la Crisis de los Misiles.

Las películas post-caída de la URSS que narran eventos de la Guerra Fría suelen pintarse de tonos azulados, grisáceos, tristes, como la reciente Atómica. Transmiten una sensación de decadencia: la destrucción del mundo estaba a un botón. Ese miedo subyacente habrá reptado dentro de le Carré, porque su obra dio un giro súbito hasta hoy tildado de revolucionario. En 1963 publicó El espía que surgió del frío, y al año siguiente abandonó el espionaje para dedicarse full time a la escritura. La versión oficial es que su salida se debió a la traición de una doble agente, que vendió los nombres del plantel de espías británicos al enemigo. Como no hay terreno más fértil que el espionaje para las teorías conspirativas, es divertido imaginarse que le Carré debió dar un paso al costado porque al MI6 no le gustó cómo el autor retrató su trabajo.

George Smiley aparece en El espía que surgió del frío pero como un personaje secundario. El protagonista aquí es Alec Leamas, un tipo solitario y cínico al que se le desbarata la operación que dirige en Berlín Occidental y debe regresar a Londres a rendir cuentas. Guiado por su jefe, Control, Leamas finge una caída en desgracia para que se le acerquen los soviéticos e intenten reclutarlo. La intención es que se gane su confianza y pueda eliminar al líder de la Policía secreta alemana, causante de su derrota en primera instancia.

Leamas tiene poco respeto por nada salvo por una librera de filiación comunista que conoce mientras espera novedades en Londres. Su cinismo no hace más que crecer y se contagia a través de una serie de giros que pintan a los occidentales como tan traicioneros y maquiavélicos como sus contrapartes. Decir que la prosa de le Carré es despojada es poco: es desnuda, cortante, despreocupada por rellenar huecos. La narración es mínima, los diálogos son funcionales, utilitarios. No sobra nada, al revés. Uno va siguiendo a Leamas todo el tiempo un paso detrás de él, hasta que se va transparentando que a él le sucede lo mismo con sus superiores.

Cuántos habrán tratado de emular la trama vueltera de El espía que surgió del frío. “Película de espías” parece sinónimo de “trama entreverada”. Es requisito que nadie sea quien dice ser, hasta que al final uno se queda pensando si lo que vio se sostiene o si se trató de un ejercicio de sorpresas vacías (de nuevo, como Atómica, un filme fantásticamente dirigido y actuado, no tan bien escrito). Le Carré lo hace de manera orgánica. Las vueltas de tuerca no sorprenden en el sentido de “wow” si no de hundir la fe en el gobierno y en la tan altiva civilización occidental. Esto sin apuntar a las altas esferas; en cambio circunscripto a escenas mano a mano, interrogatorios intensos, charlas románticas (todo lo romántico que puede ser un Leamas) y un par de secuencias de acción breves y de resonancia emocional.

El final le pone un broche oscuro. Uno sale de El espía que surgió del frío como de “Avril” de Los Estómagos: pensando que ya no quedan héroes. Salvo, quizá, el propio le Carré.

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