El gran showman encandila y poco más

El musical con Hugh Jackman sobre el inventor del circo, P.T. Barnum, es estelar, es obvio, es impresionante y es cliché

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Puntaje: 6.5/10

El efecto La La Land llega con El gran showman. Hugh Jackman estaba contratado a este proyecto desde 2009, pero el estudio no se animaba a lanzarse con un musical original. Recién comenzaron el rodaje a fines de 2016, en plena ola de aplausos para la película de Damien Chazelle. Y en estos tiempos de universos y franquicias y secuelas y remakes y reboots y otras palabras en inglés, es valorable no solo que se animen a filmar algo como El gran showman sino que lo hagan con un director novel, Michael Gracey, y una guionista con solo una película bajo el brazo, Jenny Bicks (Río 2 fue su primer largometraje). La lástima es que el resultado sea bastante desigual.

La historia es la de P.T. Barnum, inventor del circo tal como se lo conoce hoy, primero como un museo de cosas raras y luego como un rejunte de freaks y bizarreadas. Como buen personaje hollywoodense, Barnum viene de la pobreza y de una ambición desmedida por eso que no puede tener. Lo miran mal cuando se le ocurre engañar al banco, sacar un préstamo que no puede pagar y armar su Museo Americano; él tiene una visión. No mira con rechazo a la mujer barbuda ni al hombre más pequeño del mundo ni al más alto sino que en ellos ve algo distinto. Allí se esconde una historia sobre ser quién sos sin importar lo que digan, uno de los temas favoritos del cine estadounidense.

El gran showman es el cuento de un mentiroso, gran vendedor, que se decía el mejor showman de su lado del Atlántico y como tal es una película superficial. Se queda en el brillo y en el espectáculo y el romance y lo positivo, y feliz está de hacerlo. Las primeras palabras que Jackman pronuncia son “damas y caballeros, esto es lo que han estado esperando”. Viene a deslumbrar. Ahí es donde entra el aspecto musical. El gran showman se vale del pop superproducido de los 2010 para una trama desarrollada en el siglo XIX porque no le importa la precisión histórica: le importa que te maravilles y se te erice la piel.

Jackman no tiene nada que probar, saca adelante cada arista de Barnum como personaje y como performer. El resto del elenco tiene menos espacio, aunque tanto Zac Efron como su socio, Zendaya como una trapecista, Michelle Williams como la esposa de Barnum y Jenny Lind como una cantante estelar sueca que él se lleva de gira por Estados Unidos tienen sus momentos bajo el foco. Michael Gracey tiene un par de trucos bajo la manga, tanto de fotografía como de montaje. Hay más de una secuencia en la que todas las fichas caen en su lugar y El gran showman cumple su cometido e impresiona. Una coreografía de Efron y Zendaya (y sus dobles, se asume) entre trapecios y cuerdas y vuelos viene a la cabeza.

Pero la película tiene una confusión tonal importante. No está segura de si quiere explotar el absurdo de su circo: hay una escena en la que los personajes circenses atacan a unos manifestantes que queda muy descolgada, salida de un dibujo animado (el hombre más gordo del mundo le da un panzazo a alguien, que sale volando). O de si quiere ser una película romántica: los enredos de esta trama están metidos con calzador. O de si quiere hablar de racismo. O de cuánto quiere narrar de la vida ajetreada de Barnum, que hasta fue legislador y participó en la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Por tanto perseguir el espectáculo, el ingenio que caracterizó a Barnum y que posibilitó ese espectáculo a veces queda demasiado subyacente.

Parte de la culpa la tienen Pasek and Paul, el dúo autor de las canciones, los mismos, oh sorpresa, de La La Land, que a diferencia de en esa ocasión no logran desprenderse del Billboard Hot 100 y suenan a un hijo imposible de Avicii, Imagine Dragons y los Chainsmokers. A la misma vez quieren agregar una cuota del famoso razzle-dazzle de Broadway, cortesía más que nada de Jackman y de Keala Settle (como la mujer barbuda). La combinación no termina de cerrar. Difícilmente temas como “This Is Me”, con la voz de Settle y ganador del Globo de Oro a Mejor canción original, perduren en el tiempo.

Pero la mayor parte de la culpa la tiene el guion. Lo firman Jenny Bicks, que tuvo la idea primera, y Bill Condon, guionista de Chicago y director de las dos últimas Crepúsculo y de la remake de La bella y la bestia. Condon no logra capturar el mismo relámpago en una botella de Chicago; aunque esa se basaba en un musical preexistente y este a su vez en una obra de teatro. Bicks y Condon atiborran el guion de lugares comunes (¿cuántos chistes más vamos a ver de “personaje impresentable hace un comentario fuera de lugar ante alguien respetuoso”, en este caso la Reina Victoria, “dicho personaje queda en shock, todos se asustan, hasta que el personaje respetuoso empieza a reírse y todos aflojan”?) y mensajes y enseñanzas obvias, trilladas y presentadas de forma poco creativa. Pocos recursos de la fórmula hollywoodense les quedan sin usar, todo en función del show.

Y el director Michael Gracey cae en esa misma desesperación por el espectáculo. No tiene el buen juicio de dejar a la historia respirar. La película salta de un número musical al otro, una carrera que hace perder potencia a los giros del guion. Sería interesante ver cómo Barnum consigue elefantes, o cómo su ambición ciega lo alejó de la cantante Jenny Lind y le provocó bordear la ruina. Mucho más interesante que otro clímax de un protagonista corriendo para reunirse con su amor.

El gran showman es eso entonces. La historia de un showman contada en formato show. ¿La superficie lustrosa basta? No. Pero sí que es linda de ver.

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