Él Mató a un Policía Motorizado: Crónica de pocas palabras

La banda de La Plata tocó dos noches guitarreras, ruidosas, sentidas, en La Trastienda este fin de semana

Por Gastón González Napoli

Las visitas internacionales a Montevideo venían variopintas en género, pero emparentadas en el enfoque. Los colombianos de Morat con su afán de satisfacer. La chilena Mon Laferte con su conversación y su tirarse sobre la gente. Los yanquis de Thirty Seconds To Mars con sus kimonos, su subir fans al escenario, sus globos gigantes de colores. Espectáculos. Se precisaba un enjuague bucal. Un desprenderse de los chiches.

Hay que agradecerle a Él Mató a un Policía Motorizado.

Santiago Barrionuevo y compañía salieron a La Trastienda apenitas pasadas las diez de la noche del viernes pasado con perfil tan bajo que parecían los teloneros. El cantante y bajista balbuceó un agradecimiento y arrancaron a tocar. No dijo prácticamente nada más durante el concierto. No hubo parafernalia alguna, aparte de las luces. Hubo rock. Y listo.

Vaya si no es un cliché eso de ponderar al rock desnudo y sincero. Otro más: la banda liderada por un barbudo con sobrepeso de pocas palabras. Admirarlo casi lo hace a uno sentirse Roberto Hammond. Son guitarreros y son ruidosos y densos y sus letras son sencillas y con ellos se puede sacudir la cabeza hasta generar contracturas cervicales. Pero Hammond -una cuerda floja entre parodia del fanatismo por el rock cuadrado y declaración amor por él- detesta a Él Mató a un Policía Motorizado. Porque transmiten sin esfuerzo la sensación de que las piezas van a caer en su sitio, que pinta una sonrisa en el rostro y empaña los ojos. Aun en las partes instrumentales. O especialmente en las partes instrumentales.

¿Hay que buscarle una explicación racional? Aquí no se la encontrará.

El viernes en La Trastienda -repitieron el sábado- los de La Plata tocaron a sala llena. Recorrieron buena parte de su repertorio. Hicieron un corte como a los 70 minutos y hubo sensación de que dejaban con ganas, pero los bises no fueron dos sino otros casi cuarenta minutos. Parecían no querer irse. Es que con esas joyas… “Chica de oro”, “Más o menos bien”, “Chica rutera”. Los últimos minutos fueron de gloria. Cerraron con “Mi próximo movimiento” y el entusiasmo para subirse al techo con un rifle. No en plan francotirador sino para tirar al cielo y celebrar. Celebrar algo. Al rock. A las guitarras. A los bajos. El fuego. Todo.

One comment

  • Santi  

    che… pero está mucho más flaco el gordo.

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