Enzo Maqueira: “El gesto posmo ya está agotadísimo, estamos necesitando una vuelta de tuerca”

El escritor argentino, que alcanzó la popularidad con su novela Electrónica, viene a la edición montevideana del Filba este fin de semana. Una charla sobre posmodernidad, literatura en tiempos revueltos y los excesos llevados al papel

Foto: Pablo Montero

Por Gastón González Napoli

¿Habías venido ya a Uruguay?

Por motivos literarios no, es la primera vez. Sí había ido, la madre de mi compañera es uruguaya; también con mi familia tenemos un vínculo medio raro, porque del lado paterno no sabemos bien de dónde venimos, pero tenemos comprobado que al venir de Europa algún Maqueira recaló en Uruguay y después vino para Buenos Aires. Entonces también estoy interesado en rastrear eso.

¿Y tenés vínculo con la literatura uruguaya?

Los clásicos. Felisberto, Idea Vilariño me vuelve loco, Onetti. Y actual, leí a Fernanda Trías, a Ramiro Sanchiz. Estamos acá en frente, estamos al lado, pero se escribe tanto… Ir para allá también tiene que ver con eso, conocerlos personalmente me hace tener ganas de leerlos.

Venís a dar un taller de reescritura en el Filba.

Yo hice taller con Liliana Heker acá, y una de las cosas que ella dice es que la primera versión es un mal necesario. A mí me sirvió mucho para escribir. Me cambió bastante la idea de qué es escribir. Antes pensaba que era “escribo, corrijo un par de veces y listo”, ahora escribo y ahí recién cuando tengo ese bodoque de texto siento que empiezo a escribir en serio. Reescribo 500 millones de veces. Tiene que ver con buscar la precisión en la palabra, la palabra justa; que se acerque lo más posible el texto a lo que uno quería decir.

Has contado que te vas a la casa de tus abuelos, en la Patagonia, a corregir lo que tenés escrito.

Sí, uno a veces dice “corregir” y no es la coma, el acento: es editar. Todos los veranos me voy a la Patagonia, a donde vivían mis abuelos, que ahora murieron, y me suelo llevar un proyecto. Puede haber tres o cuatro veranos de correcciones finales.

En la gacetilla del Filba a tu taller lo acompaña el eslogan “escribir es corregir”. ¿No te parece que últimamente el arte de la edición está venido a menos? Por lo menos de este lado del río.

Acá pasa lo mismo. Hubo una vanguardia medio extraña -bah, bastante esperable- en los 90, que empezó a proponer la idea de que los textos deben corregirse para adelante, que se corrige en el próximo libro, que el vuelo creativo y la imaginación. El referente máximo, [César] Aira, abusa de la deus ex machina, finales inesperados que uno no sabe si es una estupidez o una genialidad. Probablemente no sea ninguna de las dos cosas, simplemente un procedimiento narrativo que en los 90 tenía sentido porque tenías que prenderle fuego de alguna manera a algún latinoamericano, a Cortázar, a la solemnidad, al compromiso político y social, a la experimentación. Tenía sentido con el fin de la historia, la caída de las ideologías, que alguien propusiera eso, propusiera tirar los textos así como salen. Muy posmo todo. Pero 30 años después ya quedó viejo. Ninguna vanguardia puede soportar 30 años. Sobre todo una vanguardia que propone este tipo de procedimientos, se destruye a sí misma. La historia no terminó, pasaron cosas terribles, siguen pasando en nuestros países, el gesto posmo ya está agotadísimo. Estamos necesitando una vuelta de tuerca a eso.

Pero si la posmodernidad ya está vieja, ¿cómo le decimos a lo nuevo?

No sé, no es tarea mía [risas]. Cierta idea de posmodernidad. Asociada a lo fragmentado, a la idea de que cualquiera lo puede hacer, a la idea de los quince minutos de fama. Ya pasó eso. Estamos en otra. Estamos todos desesperados poniéndonos en venta en las redes sociales; ahora las ideologías están en pugna como nunca, acaba de ganar la ultrísima derecha fascista nazi homofóbica en Brasil, en Estados Unidos lo mismo, acá estamos más o menos ahí. Esa puerta de entrada, el primer impacto ya no funciona. No digo que ya no estemos en la posmodernidad, no es esa posmodernidad. Estamos en un momento muy politizado, con la revolución del feminismo, con estas derechas que están avasallando todos los derechos que habíamos conquistado, y definitivamente esa idea de posmodernidad ya pasó. En literatura ese gesto del ingenio, de la literatura vista como un juego, con falta de compromiso social, político, incluso compromiso literario -porque en el fondo eso de “corregimos en el próximo libro” es falta de compromiso con la misma literatura-, ya fue.

Volviendo al Filba, también venís a presentar un work in progress. Tu última novela, Hágase usted mismo, salió hace pocos meses, ¿ya tenés algo nuevo para presentar?

Sí, la verdad que no soy muy amante de mostrar trabajos en work in progress, pero lo pidieron y justo tengo la segunda versión de algo que seguramente no tenga nada que ver con lo que salga publicado de acá a un par de años, pero está bueno el ejercicio, probar el texto a ver qué pasa. Preferiría no hacerlo [risas].

Siento que encontré una forma de trabajar no hace tanto, la encontré con Electrónica, el libro anterior; una forma de reescritura, de trabajar mucho el texto, de rumiarlo, dejarlo descansar, retomarlo. Trabajar en cuatro proyectos al mismo tiempo pero a cada uno dándole su espacio. Pero no está mal que de vez en cuando te obliguen, estas cosas, a salir un poco.

Electrónica es de 2014, pasaron cuatro años. Mi siguiente pregunta, como ya tenías un work in progress para mostrar, iba por si sentías que estabas trabajando más rápido ahora. Pero capaz es eso de que tenés varios trabajos a la vez…

Es eso. De hecho, Hágase usted mismo tardé cinco años en escribirla. El último año de Electrónica convivió con el primero de Hágase usted mismo. Y esta novela que voy a compartir, está en el medio. Había terminado primero esta y Hágase usted mismo pidió pista después. Ahora estoy con esta y dos más, una que estoy empezando, otra que tengo en proyecto. Es importante que la literatura tenga tiempo de reposo, dejarlo en el cajoncito un par de meses. Y si estoy con un solo proyecto, me cago de angustia, empiezo a hacer pavadas.

Agarraste varios trabajos periodísticos también últimamente.

Sí, cometí el error de pensar que era una buena salida laboral [risas]. Tengo muchos problemas con la idea del periodismo, sobre todo con el tradicional. Sí me interesa el narrativo, que es el que intento hacer. Este año, por una cuestión de reconfigurar lo laboral, a partir de todo lo que está pasando en Argentina, dije “voy a ver qué onda”, y no está bueno. Uno trabaja mucho. Como te decía, a mí me gusta que los textos descansen y en el periodismo no se da. Además te saca energía creativa, tiempo ante la pantalla, que me cansa, me hace doler la espalda. Y para hacer notas que ni siquiera a la gente le interesan nada. Capaz que “Los cinco culos más grandes del mundo” se lee más que una nota de investigación.

Yendo a Hágase usted mismo, tiene que ver con un hombre que se aleja de la ciudad y de una relación tóxica para escribir una película.

Tiene un trabajo que le aburre, está en una edad en la que se siente insatisfecho y por lo tanto vacío, y además tuvo un problema con su pareja que no voy a revelar porque lo estaría spoileando. Se va a la casa de sus abuelos, de la infancia, sus abuelos ya murieron, y una vez ahí empieza a pensar que estaría bueno reinventarse. Cree que, como cree mucha gente, que el arte es el camino para salir de la mediocridad, de la chatura, de una existencia que tiene sus momentos de embole, muchos más que los momentos gloriosos. Siempre en busca de la felicidad, de ser alguien en la vida, de ser importante, querido. Salir de la soledad. Es un personaje muy solitario y elige la Patagonia, que es el territorio más solitario posible, por lo menos en esta parte del mundo.

Tomaste de vos mismo la casa de tus abuelos en el sur. ¿Qué más utilizaste para construir esta historia?

Hay un mandato de nuestra generación de ser felices, que tiene que ver con el consumo. El mandato de las publicidades. Podés ser más, podés ir a la súper fiesta, podés irte de viaje, viajar es lo mejor que te puede pasar. Podés conocer el amor, muchos amores; ahora no alcanza con uno, tenés que tener poliamor. La puta que lo parió. Para mi viejo, que nació en una casa con piso de barro, en el medio del campo, en La Plata, el mandato fue “laburá, porque te comen los piojos, salí de este pozo”. El de mi abuelo fue irse de la guerra, volver a nacer acá, formar una familia. El de mi hermana, un poco mayor que yo, fue “estudiá, trabajá, tené tu título universitario”. A mí me tocó: “No tenés ninguna excusa para ser feliz”. Ahí empezó el problema, el del protagonista de Hágase usted mismo.

No le alcanza con tener un buen pasar económico, con tener una carrera profesional más o menos hecha, no le alcanza tener una relación de mierda -eso es más comprensible-, quiere ser otra cosa. Quiere volver a empezar. Para eso tiene que volver al origen, que fueron esos veranos de su infancia, donde todo era posible. Por supuesto, cuando uno va para atrás creyendo que puede recuperar el pasado perdido, ya Proust nos enseñó bastante al respecto, lo que encuentra es el paso del tiempo, el deterioro, la imposibilidad de empezar de nuevo. Es un libro que tiene mucho de autobiográfico, pero como claves. La historia no es autobiográfica. Tiene un vecino que le hace acordar a Freddie Mercury, que es el ídolo de su adolescencia, y efectivamente Freddie Mercury es el ídolo de mi adolescencia también.

Tenés el bigote de Freddie…

Y tiene que ver con eso, me di cuenta de que empecé a dejarme el bigote desde que escribí este libro [risas]. Y después hay una cosa más críptica, capaz que solo yo me doy cuenta, que es una pregunta sobre la naturaleza del arte, qué es hacer arte, que tiene que ver con el momento que estaba viviendo. Había salido Electrónica, le había ido bien, empezaba a tener lectores reales, que antes no los tenía, tenía unos pocos y después los amigos. También críticas, y buenas críticas, y prensa. Había alcanzado cierto lugar que quería tener dentro del campo literario. Siempre lleno de preguntas, y de contradicciones, y de renunciamientos, y de pequeños duelos. Dejás de ser el que aspira a tener un libro publicado a “ya lo hiciste, y ahora cómo sigue”. Este personaje se pregunta muchas veces sobre la naturaleza del arte, qué van a decir los críticos; a diferencia de mí, que hago todo eso y escribo, él se pasa preguntándose qué va a pasar con su arte y no hace absolutamente nada.

Quiero preguntarte más sobre cómo te cambió el éxito de Electrónica, pero antes: ¿vos, al igual que el personaje, también ves cierta cualidad de salvavidas en la literatura? ¿El procesar los demonios a través del escribir?

Electrónica para mí fue como una gran catarsis de la adolescencia perdida. Ahí sí fue exorcizar demonios o dejar atrás algo. Hágase usted mismo también tiene que ver un poco con eso, porque yo vuelvo siempre a esa casa, y los recuerdos, los seres queridos que quedaron por el camino, el paso del tiempo. Pero me parece que es anecdótico. No me parece que siempre sea así.

Sí creo que cualquier arte que uno haga, que es más que nada una artesanía, implica dedicación, tiempo, atención, estar construyendo algo de a poquito, y eso es buenísimo para calmar la ansiedad, para no perderte en cosas que no te llevan a ningún lado. Tu horizonte puede ser viajar por el mundo, formar una familia, el mío es hacer libros. Hoy me levanté y dije “qué tengo después de esta entrevista”, “uh, tengo para escribir un capítulo de la novela nueva”, y ya estoy tranquilo. No voy a estar todo el día escribiendo, pero ya tengo algo para hacer en el día, voy a organizar todo alrededor de la escritura. Mientras pueda hacerlo, para mí es un gran salvavidas.

Ahora sí, entre Electrónica y Hágase usted mismo pasaste de ser un escritor y docente con cosas de periodista a ser poco menos que la voz de una generación. También pasó la tragedia de Time Warp, que te puso a vos como una especie de referente del tema electrónica y drogas sintéticas. ¿Cómo afectó todo eso a tu proceso creativo?

Fue complicado. Truman Capote en uno de sus libros, creo que parafraseando a alguien más, dice que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que no se atienden. Yo desde chico siempre quise ser escritor y ser reconocido, esa cosa estúpida que tiene cualquier artista, que a veces uno se avergüenza de aceptarlo pero es verdad. Tener lectores, que te pregunten, que te tengan en cuenta. El escritor, el artista en general, es una persona muy solitaria. Está desesperado buscando todo el tiempo que los demás lo reciban. Cuando te reciben ya no te gusta, porque como sos solitario te sentís incómodo. Me pasa exactamente eso. Soy muy ermitaño, incluso por más que tenga amigos me siento una persona que está siempre sola en el universo. Y el hecho de haber alcanzado ese éxito, de haber tenido la mirada puesta sobre lo que yo hacía, me produjo mucha incomodidad. Por un lado satisfacción por haber logrado el objetivo, por otro lado incomodidad. Me obligó a salir.

Y también la incomodidad por saber cómo seguir, qué hacer, si seguir el mercado, lo que te pide tu conciencia, lo que te pide tu arte. También un poco de frustración, “si hubiera nacido en Estados Unidos y pasaba esto, ya estaba viviendo en Hollywood, ganando millones de dólares”. Es el karma de vivir al sur. Lo único que me salvó es que ya tenía una primera versión de Hágase usted mismo escrita, que ya había elegido un camino de no repetir ninguna fórmula, de elegir otra historia, otro tono, otras temáticas. Me mantuvo a flote. La verdad que quizá no habría sabido para dónde seguir. Hay muchas presiones, el contacto con tus colegas no es el mismo, empiezan las envidias a aparecer.

Entre medio de las dos novelas también estuvo el cambio de gobierno en Argentina. Que en Electrónica se puede hacer una lectura de que estás criticando los sueños rotos del menemismo…

La idea de una generación que estaba entre dos mundos. El menemismo, de derecha, simplista, posmo, y el discurso del kirchnerismo, popular. Y ahora de nuevo… Cuando escribí Electrónica pensé que ya está, que había terminado ahí. Pero volvimos al discurso de derecha y eso se vuelve agotador. Lo que está pasando desde la economía, desde lo social, los sueños rotos del kirchnerismo, algunos que se nos rompieron a nosotros, otros que nos rompieron ellos, es muy difícil. Por un lado es fácil hacer arte, porque hay mucho para decir, por otro lado hay mucho desánimo, pagar las cuentas es cada vez más difícil, nunca te podés acomodar. Yo tengo bastante terror de lo que pueda venir. Lo de Brasil es terrible… Afortunadamente somos un continente hermano y nos cuidamos entre todos, pero cuando pasan estas cosas no está tan bueno. Estamos todos ahí. Pensamos que Bush era lo peor y vino Trump, pensamos que Temer era lo peor y vino Bolsonaro… ¿Qué vendrá ahora? Por otro lado son tiempos de mucha organización, mucha resistencia, eso es lo más lindo que pasa. Incluso dentro del campo literario. Acá se armaron muchos colectivos. Eso no se veía en los 90.

 

Por último, en el Filba también vas a participar del panel “120 días de Sodoma” con Nico Barcia, Gabriel Calderón y el escocés Irvine Welsh, sobre literatura y excesos. ¿Vos te identificás con esa etiqueta?

Qué sé yo. Por un lado sí, Electrónica es eso. En libros anteriores, El impostor también. Yo en mi vida tuve un período de muchos excesos y cada tanto reincido en algunos que otros [risas]. No creo que sea solo eso, para nada. No creo que sea un reventado. O que mi literatura vaya por ese lado. Hay un filón, es interesante, a la gente le llama la atención; si quisiera ir por lo que vende, probablemente sea eso, pero me aburre un poco que sea solo excesos, solo drogas, solo sexo. Me aburre pero es parte de mí y tampoco lo puedo dejar afuera. Electrónica es un compendio de drogas, en Hágase usted mismo hay un porro nomás. ¿Cómo no va a haber porro? ¡En mi vida hay porro! Pero entiendo que la gente que me conoció por Electrónica crea que es eso. Ahora me dicen “este no es nada que ver, me sorprendió”, pero todos mis libros no se parecen.

“El camino de los excesos lleva al templo de la sabiduría”, dijo Walt Whitman, y lo repitieron varios, es una de mis frases de cabecera y en un momento creí mucho en eso; ahora no sé si me llevó al templo de la sabiduría pero me divertí bastante. Vengo de una clase media porteña, del centro de Buenos Aires, una familia hermosa, tuve contención, toda la educación que pude tener, me los busqué solito los problemas con los excesos. Y no estuvo mal.

Pero si te ponen en el panel con Irvine Welsh, vale la pena que te pongan la etiqueta del exceso…

Sí, yo lo conocí en el Filba anterior que él estuvo. Un copado total. Había visto la película [Trainspotting], pero no había leído sus libros. Los leí para entrevistarlo -puteé con las traducciones de Anagrama que no se entiende nada- y es un tipo muy lúcido. Él representa los excesos de la clase trabajadora, en un contexto de total desastre y marginación. La gente queda afuera en la época de Thatcher. En mi caso, en Electrónica por lo menos, son excesos de una clase media acomodada que está aburrida. Son contextos totalmente distintos, y sin embargo pareciera ser la respuesta la misma, la búsqueda la misma. Por el lado de las drogas y del sexo, de la noche.

Hay crónicas del exceso, llamémosle, que dan ganas de probar esa vida; incluso en Trainspotting, hay momentos en que pensás “qué demás inyectarte heroína”. Pero Electrónica o en la crónica que escribiste hace unos años sobre la Creamfields, me pareció que era más la resaca, el despertarte al otro día y ver que eso tampoco te satisface.

La melancolía. El bajón. Puede ser. Cuando estaba escribiendo Electrónica, contando la parte de las fiestas y demás, ponía música electrónica y me ponía re manija, volví a sentir toda esa sensación de la droga. Si bien nunca dejé de consumir esa droga, lo sigo haciendo aunque no con la misma frecuencia, cuando estaba escribiendo tenía cierta distancia, como habiendo llegado al final del camino, dándome cuenta de que no era la solución. Que estaba buenísima la felicidad química pero dura poco, y llega un momento en que ya no te provoca más felicidad. Todo Electrónica está teñido de un halo de melancolía, del día después. “Era feliz y ahora estamos acá otra vez”.

Tus personajes buscan la satisfacción por la vía de las drogas, por la vía de los recuerdos, de la soledad y la literatura. ¿Qué respuesta le encontrás vos a esa insatisfacción?

Es medio un lugar común, pero los lugares comunes por algo se repiten tanto: las pequeñas cosas. Hay poco que me dé más satisfacción que despertarme con mi compañera, abrazados. Hoy ya me puso contento ese rato. Después desayuno, me empiezo a deprimir otra vez, me tomo un café, contesto un par de mails de laburo, cumplí con algo, me vuelvo a sentir satisfecho, vuelvo a caer, “ah, cierto que estoy escribiendo un cuento” y ahí me alegro.

Un ir y venir.

Hora a hora, minuto a minuto. Encontrar cosas para hacer que te den satisfacción. Cuando ves una publicidad de la gente que está en el yate, tomando champán, gente hermosa viajando por el Mediterráneo, y decís “hay una vida mejor ahí adelante”, primero recordá que es una publicidad, armada para venderle productos a giles como nosotros. No creo que sea la solución. Si me preguntás por dónde viene, tiendo a pensar que el budismo tiene razón. El desapego, la meditación, sacarse el ego de encima. Lo material. Todavía no tengo la edad, la madurez, la resignación suficiente, como para intentar ese camino. Pero no lo veo lejano. Va por ahí. Hay que darle bola a ciertas religiones o filosofías. Todas dicen más o menos lo mismo, pero algunas lo cuentan de otra forma y se malinterpretó más. El budismo zen me interesa. No descarto irme a un monasterio a meditar contra una pared.

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