Extraordinario: inspiración contagiosa

La película de Stephen Chbosky evita enredarse en sus posibilidades dramáticas y por eso tiene más fuerza

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Puntaje: 8

La primera imagen de una película, como la primera frase de un libro, dice mucho de lo que se vendrá. Stephen Chbosky además de director y guionista es novelista, y su primer trabajo en cine fue adaptando y dirigiendo su propia novela, Las ventajas de ser invisible, así que ha de tener claro desde múltiples ángulos lo fundamental de la primera impresión. Este crítico desde hace días que no cesa de pensar en lo aburrido y simplón del comienzo de Asesinato en el Expreso de Oriente y cómo apenas lo vio suspiró, anticipando por dónde se venía la mano. La segunda obra de Chbosky, en cambio, atrapa desde el arranque con la imagen de un casco de la NASA que sube y baja en cámara lenta ante un fondo estrellado, hasta que se entiende que se trata de un niño que salta sobre su cama. No es rupturista, no te caés del asiento, pero Extraordinario (Wonder es el título original) comienza con buen pie, con firmeza, con confianza. Salta en una cuerda floja de errores flagrantes típicos del género en que se mueve, y lo hace con alegría, con ganas, con creatividad. Como la plaga que sus compañeritos acusan de tener al protagonista, contagia.

Extraordinario le busca la vuelta a un terreno tan transitado que huellas de las decenas de camiones-películas que por allí pasaron pueden hacer tropezar hasta al cineasta experimentado: el del drama de una persona con capacidades diferentes o, como en este caso, una deformidad física, que sale adelante gracias al amor por la vida y a la buena voluntad. Auggie (pronunciado “ogui”) Pullman, el protagonista, está por empezar quinto año de escuela, la “middle school” que tienen en Estados Unidos, y por primera vez ingresará al sistema luego de ser educado en casa. Es que Auggie tiene un problema genético y ha sufrido 27 cirugías para salvarle la vida y para mejorar su apariencia, pero, como él mismo dice, no han logrado hacerlo parecer “ordinario”. La familia entera -madre, padre y hermana mayor- se ve sacudida por el evento, por el pánico de que Auggie sufra por más que saben que el sufrimiento es intrínseco a la adultez.

Ves el tráiler y decís: “Lloro seguro”. Hay quienes no necesitan más gancho que ese. Otros pueden echarse para atrás; tranquilos, que están en buenas manos. Porque Chbosky, que también es una de las tres firmas del guion, entiende que no hay nada nuevo bajo el sol sin resignarse a eso. Extraordinario no es una película cínica ni apegada a muerte a la fórmula de éxito probado. Tampoco es ciegamente optimista. Va navegando entre los lugares comunes; de vez en cuando se engancha con algún alga (que el niño rico sea un bully y el nene pobre y becado el bueno; el padre cool y la madre más estricta; el profesor crack de la vida que todos han soñado con tener; una obra de teatro musical culminante), pero lo hace a conciencia, sabe retirarse al momento en que las alarmas de “cliché” arrancan a sonar, no teme la dureza cuando la dureza corresponde y tampoco se baña en ella como tantas populares fiestas del llanto (va para vos, Diario de una pasión).

De lo más destacable de Extraordinario es que es una comedia dramática, uno de las banderas más pesadas que puede alzar una obra cinematográfica, y que lleva ese estandarte con orgullo y destreza. La premisa de la película, basada en una novela de la colombiano-estadounidense R.J. Palacio, corre peligro todo el tiempo de atragantarse de glucosa. Es el humor uno de los factores que la rescata, así como los golpes emocionales certeros y desnudos son el pilar de Las ventajas de ser invisible. Hay una escena de una pelea en el bosque que retrotrae al trabajo de otro Stephen, Stephen King, maestro de contar historias de preadolescentes. Si es un guiño o casualidad o influencia no importa, sí es señal de que Chbosky es una voz contundente en el mismo rango etario de la transición hacia la madurez.

Pero basta del director: Extraordinario no funcionaría sin su elenco. Porque no es solo la historia de Auggie Pullman, es la de toda la familia y su círculo cercano. La película lo comprende, jamás lo olvida, ni obliga a sus actores a grandes demostraciones actorales -otro error clásico del género-. Jacob Tremblay, el niño de La habitación (Room, 2015), si bien está irreconocible bajo el maquillaje, es el ancla del filme y continúa probando su potencial. Izabela Vidovic salva con buena nota el papel de la hermana mayor con sus problemas propios que no sabe si traer a colación, porque no estarán nunca a la misma altura que los de su hermano. Owen Wilson hace mucho de alivio cómico sin resultar caricaturesco ni desentonar; Daveed Diggs, novio de la protagonista en la última temporada de Unbreakable Kimmy Schmidt, exprime su poco tiempo en pantalla como para grabarse en la memoria como el profesor genial. Y Julia Roberts está atrayendo comentarios de óscar por su trabajo como la madre sufrida que dejó su vida de lado por su hijo; no va a ganar el premio porque no es una actuación típica de óscar sino una mucho más sutil, más contenida, más real, y por eso bastante mejor.

Sentida y honesta, Extraordinario conoce sus limitaciones y no va más allá de ellas. Dentro de su marco trabaja para romper con la zona de confort y aportar algo más que el ser una película “linda”. Va de comprender que todo el mundo está peleando sus batallas y el mundo no gira alrededor de nadie más que de otros, también de tolerancia y de respeto y de amistad en un mundo que muchas veces no pide perdón, también de que todo el mundo se merece alguna vez una ovación de pie. Y cuando termina uno se queda con ese impulso inspirador, mientras se seca los ojos llenos de lágrimas.

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