Felipe Reyes: Dylan volvió a La Ronda

Hace unos tres años vendió el bar que tenía en la Ciudad Vieja desde el 2001 y se despidió de su programa de radio, que conducía con intermitencias desde 2002, para irse a vivir en soledad a un parador en la Interbalnearia. Ahora está de regreso en la AM y en la noche de la Ciudad Vieja, y las condiciones se parecen mucho a las de principios de siglo…para bien y para mal


Crédito: María Pía Galvalisi

Por Gastón González Napoli

“Felipe está abajo con el Galgo y tiene chocolates”.

En la puerta del Victoria Plaza Office Tower, sobre la plaza Independencia, un ómnibus de la desaparecida Organización Nacional de Autobuses, la ONDA, espera estacionado en doble fila. El galgo, viejo logo de la empresa, en el costado. Un barbudo Felipe Reyes está parado en la puerta. Sonriente.

Bastante ha hablado del Galgo; es la primera vez que lo trae por el estudio de Radiomundo. Nos subimos y damos una vuelta alrededor de la plaza principal de Montevideo, entre los Cutcsa y los autos impacientes que no deben de entender qué hace ahí esa figura escapada de otro Uruguay.

Adentro hay, sí, chocolates; lo que no hay son asientos. Es un ómnibus reconvertido en motor bar, como le llama Felipe. Hay una cocina y hay vinilos y hay rincones con libros y hay un banderín que dice Don’t Look Back. Si por afuera es vintage, por adentro es algo más rancio, como si hubiese sido el vehículo de gira de más de un grupo de rock. Lo mismo con su motor: la bomba no va al tanque sino directo a un bidón, porque siempre anda con el combustible justo.

Y hoy Felipe decidió gastarlo en pasarnos a buscar y darnos chocolate.

A las pocas cuadras nos bajamos para volver al trabajo y él y el chofer siguen viaje por 18 de Julio, entre los Cutcsa, los autos impacientes y los edificios grisáceos que casi que observan al Galgo con nostalgia.

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Tenemos la música

Es DJ con melomanía sin fondo.

Es conductor de radio: primero con Segundo Intento por El Espectador y Urbana, en las mañanas, las noches y las madrugadas, según la época. En 2018 arrancó con Galgomundo en los fines de semana de la renovada Radiomundo 1170 AM.

A veces se viste con pantalones de su hermana o buzos con estampado de patos de su madre. Cada dos por tres anda con vinilos bajo el brazo, cuando no con una bolsa, cuando no con una caja. En el estudio de Radiomundo quedaron, olvidados algún día, el Final Cut de Pink Floyd y el War de U2.

Fue dueño de La Ronda, un bar en la calle Ciudadela esquina Canelones, el microclima más ventoso de Montevideo y probablemente del mundo, al que convirtió a principios de los 2000 en uno de los rincones de moda en una zona que había sido sórdida y que estaba renaciendo.

Allí celebró el equipo de 25 Watts el estreno de su película. Allí nacieron los eventos Ronda de Mujeres y Ronda de Poetas. Allí pararon en su paso por Montevideo Damon Albarn de Blur y Gorillaz, los Sonic Youth, Yo La Tengo, Norah Jones. Josh Homme de Queens of The Stone Age pasó música. A Cat Power no solo la recibió en el bar sino que le hizo de chaperón durante su estadía en la ciudad. Varios artistas trabajaron en el bar: Ernesto Tabárez de Eté & Los Problems, Leticia Skrycky de Carmen Sandiego, el director de cine Adrián “Garza” Biniez.

Los signos serían la música (we’re ugly but we have the music, dice él citando “Chelsea Hotel No 2” de Leonard Cohen) y, más tarde, el Galgo parado en la puerta. Un foodtruck antes de los foodtrucks.

“Es un ser único en el mundo”, dice Laura, moza del Baker’s Bar, donde él pasa música lunes y martes.

“Es vintage por definición”, dice Pablo Izmirlian, que coconduce Galgomundo con él.

“Él es el espíritu de La Ronda”, dice Charlie Sarli, actual dueño del bar y su socio.

Construyó “un estatus de figura de culto”, publicó El Observador en 2015.

Pero ese mismo año él vendió el bar para vivir en soledad en Los Cardos, un parador en la ruta Interbalnearia a la altura del balneario Solís. Se desprendió de todo. Hasta casi quedarse sin nada.

Esta es una historia de arriba hacia abajo, y de echar a rodar para subir de nuevo.

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Lehmeyunes al mediodía

Felipe Reyes es también una rockola de anécdotas, spanglish y referencias culturales. Si le preguntás cómo fue que abrió La Ronda, en vez de ir al grano…

Mi papá se casó primero con mi mamá en el 70.

Nació en el 75, el menor de tres hermanos. Su padre, José María Reyes, es publicista y fue su agencia, Bates, la que produjo la campaña que llevó a la presidencia a Jorge Batlle; vive en el piso 18 del Palacio Salvo, entre memorabilia de todo tipo de Frank Sinatra.

Su madre, Clotilde Segade, era hija adoptiva de un matrimonio de veteranos de buen pasar con estancia en Durazno; su padre, el abuelo de Felipe, era Ramiro Segade, un “hombre de caballos”, según su nieto, tanto que una de las carreras del Hipódromo de Maroñas lleva su nombre.

Un programa muy divertido, más divertido que La Ronda, era ir a Maroñas. Estaba lleno de gente, no había shopping, no había Instagram, no había Facebook. Había caballos.

Se divorciaron al año siguiente del nacimiento de Felipe. José María se volvió a casar, con Agó Páez, hija de Carlos Páez Vilaró. Clotilde se juntó con un argentino al que conoció el día que pasó el Papamóvil por el Hotel Carrasco -de esos detalles al vuelo está llena cualquier conversación con Felipe-. Cuenta él que el argentino tenía una especialidad que compartía con Clotilde: patinarse la plata.

El divorcio y mudanzas varias lo rebotaron por distintos barrios. Vivió en el Centro, vivió en el Parque Rodó, vivió en Pocitos, vivió en Carrasco (churrasco, le dice), vivió en una chacra por donde hoy está La Tahona, vivió un tiempo con su tía Mónica. En las casas de todos había vinilos: mucho de Sinatra, el Discovery de Electric Light Orchestra, un Grandes éxitos de Simon and Garfunkel que se quedó escuchando un domingo en vez de ir a misa. Sus primos se quejan todavía hoy de que la tía Mónica le dio a él casi todos los discos que había en la casa. Entre ellos se llevó bajo el brazo el Blonde on Blonde de Bob Dylan

Cada visita a casa de su abuela, en el Centro, significaba que le diera plata, y significaba entrar a una de las 48 mil disquerías que había. Su colección se fue agrandando. Cuando vivía en la chacra, iba en moto escuchando música con un walkman. Se levantaba cada mañana con “Rainy Day Women” de Dylan, que es una despertada muy recomendable cuando estás en segundo, primero de liceo. Parientes y amigos -entre ellos el “Sapo” Diego Zas, hoy conductor de Fácil desviarse por Del Sol FM- se iban de viaje y le traían más discos.

Estaba todo el tiempo escuchando música.

Cuando él tenía 17 años, murió su abuela materna y decidió saltearse a Clotilde: le dejó la herencia a los tres nietos. A Felipe y su hermano y hermana mayores les cayeron en la falda una casa en 18 de Julio y Cuareim, a la que se mudaron juntos, y un campo arrendado. Con los ingresos de la estancia que les llegaban cada tres meses, él financiaba los gastos telefónicos de un noviazgo a distancia con una porteña.

Para el 99 ya no había porteña ni campo -vendido, dice él, poco antes de que multiplicara su valor- y sí una novia con empleo en El Diario de la noche. Él trabajaba en Bates, donde manejaba la cuenta de los cigarrillos Lucky Strike. Al mediodía salía desde ahí, en Pocitos, y se iba a la Ciudad Vieja a almorzar con ella. Elegían un bar con cartel de neón sobre la puerta: La Ronda Café.

Ese lugar se metió entre sus favoritos. Era raro: chico, con una barra incómoda en el medio y mesas y sillas antiguas. Poco que ver con los bares clásicos de Montevideo, esos con barra larga, cocina a la vista y mesas idénticas. Le gustaban los lehmeyunes que vendía el dueño, Guillermo Madjarian. En esa época había muy pocos lugares donde uno pudiera comer un lehmeyún. Un lugar con buenas mesas, buenas sillas, una buena barra.

En 2001 Felipe se mudó con un amigo, Javier, a la plaza Zabala. Tenía 25 años, el trabajo en Bates y otro en Urbana FM, donde programaba la música. Estaba bien. Entonces le avisaron que La Ronda estaba a la venta. Y comenzó el proyecto que definiría las casi dos décadas siguientes de su vida.

La causa, dice, fue que le gustaba jugar a las cartas.

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La Ronde

La Ronda ya existía, ¿no?

Sí, se llamaba así por una película. Que no la vi.

El pequeño local de La Ronda tiene historia. Fue primero un bar montevideano de barrio, tradicional, con dueño gallego y todo.

En el 95 Juan Karakeosian trabajaba en el viejo Café Bacacay, a unas pocas cuadras, y un librero de la zona le comentó que el gallego había muerto, que la esposa lo ponía a la venta. Lo único que tenía el local cuando lo fueron a ver él y sus socios, Guillermo Madjarian y las parejas de ambos, era un espejo colgado en una pared. Por lo demás estaba vacío. Ni siquiera tenía barra.

Le pusieron “La Ronda” por una película francesa de 1950 con ese título. Instalaron una barra con forma de “U”; también compraron sillas antiguas y diferentes en una tienda de San Martín y Burgues. Intentaron ya entonces diferenciarse con la música y el ambiente de la media de bares de la ciudad.

Karakeosian, que hoy es dueño de La Esquina del Mundo, en el cruce de 2 de Mayo y Líber Arce, se abrió del proyecto un año más tarde por diferencias entre los socios.

No mantiene contacto con Madjarian, el hombre que puso a la venta La Ronda en 2001. Rastreándolo por la web y las redes sociales, pareciera que emigró y se dedicó al cine en España.

La herencia armenia de los dos permanece en forma de lehmeyún.

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Hay luz a la noche

“Se vende el bar que te gusta”.

Felipe averiguó enseguida cuánto pedía Madjarian: iba a requerir unos 18 mil dólares para tener La Ronda en funcionamiento. Además tenía una deuda incobrable con Fucac. Lo descartó enseguida. Se fue en cambio a hacer la temporada veraniega en el este con Lucky Strike, y al volver se encontró con que Madjarian lo había llamado varias veces, preguntando si seguía interesado.

Su amigo Javier, con el que vivía, le recomendó que no se metiera en ese negocio. Pero dio la casualidad de que…

Con la que seguía siendo mi novia, la que trabajaba en El Diario de la noche, el último año de noviazgo fue nada más que porque nos gustaba jugar a las cartas todos los miércoles, a la canasta, en el Club Carrasco, e ir al cine a hacer dobletes.

En una de esas partidas de canasta alguien dice “yo trabajo en Fucac”. Entonces le digo “hay un tipo que me quiere vender un bar, que le debe plata a ustedes”. Me dice “ah, bueno, yo te presento a uno, hacen un proyecto y te damos la guita”.

Y me dieron la guita. Fui y compré.

Dice que no es que le atrajera la noche. Que no le gustaba salir a bailar, que prefería juntarse con amigos a escuchar discos y que cuando ellos se iban al boliche, él se quedaba. Sí le gustaban los bares, los barcitos. Y no había ninguno que le convenciera del todo.

Abrí La Ronda porque no había ningún lugar donde se pudiera escuchar buena música según mi criterio. Que era el único criterio que estaba importando.

Felipe puso en práctica lo que había aprendido en publicidad. Desarrolló un sistema de catering a músicos. Alquiló el local de Paovic, la ferretería de al lado del bar, para poner Cheesecake Records, una tienda de discos tan linda y estética como insolvente (el alquiler se pagaba con la venta de cerveza, nunca jamás con la venta de discos). Vendían milkshakes, tenía una cabina para grabar su programa de radio -allí entrevistó, recuerda, a China Zorrilla- y sobre la puerta un cartel conmemoraba su pasado: “Exferretería Paovic”.

Le dio hogar a Ronda de Mujeres y Ronda de Poetas. Así el bar se iría volviendo un “rincón infaltable de la escena cool“, como la definiría años más tarde El Observador.

Aparte del we have the music también se destacaba la comida. Los lehmeyunes, sí, y las quesadillas y los masticables (símil tacos).

Además Felipe evitó, dice, los peores vicios nocturnos. Aunque admite uno.

Me habría ido una vez por año a Las Vegas, porque me gusta jugar a las cartas.

El bar fue ganando peso en su vida. En un momento vivió en un apartamento en la plaza Zabala -otro, solo, ya sin su amigo- donde no tenía luz. Pero sí había luz en La Ronda. Y prefería estar ahí.

Yo decía que de ese bar me iban a sacar muerto.

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Dylan compró La Ronda

Entre 2002 y 2010, Felipe condujo entre las 8 y las 10 de la mañana de Urbana el programa Segundo Intento, donde pinchaba discos en vivo. Lo levantaron cuando la FM empezó a repetir los contenidos de su AM hermana, El Espectador. Hacia allí migró Segundo Intento poco después, a un espacio más breve: entre las 21 y las 22. Duró solo seis meses. Su espacio último fue la madrugada de la radio, entre las dos y las cinco de la mañana.

¿Cómo entraste a laburar a la radio?

En El Espectador, en el departamento de Discoteca, ordenando discos de vinilo. Separando los que iban a quedar. Que fue cuando supe que la discoteca no era solo un lugar para bailar.

Más tarde, también integró Blíster, por TV Ciudad. También escribió en la revista Pimba. Su estilo, que ahora practica esporádicamente en Brecha, es muy similar a su habla: desordenado, divertido, lleno de referencias culturales y palabras en inglés. Da un ejemplo de lo que hacía:

Me pidieron que escribiera de la fidelidad, porque cada Pimba era un tema. Dije que la fidelidad se parecía mucho a un chicle: al principio está buenísimo, después empieza a perder el gusto. Después hay gente que hace globos. Hay unos peores, que son los que agarran la fidelidad y la ponen abajo de la mesa en los bares.

En 2006 empapeló ómnibus y edificios con la campaña “Dylan compró La Ronda”, por el aniversario de cinco años del bar. Lo llevaron a la tele y hasta recibió el reconocimiento de interés municipal por la Intendencia.

Explica aquella resolución de la IM que la declaratoria venía porque era un “lugar de encuentro de gente muy diversa, pero que en común tienen el interés cultural artístico: letras, cine, plástica, diseño, teatro, música, todo enmarcado en un carácter difícil de explicar o de resumir y que tiende a la búsqueda de la innovación, de la diferenciación, con resultados diversos, como en cualquier otra experiencia humana”.

Fui al BPS a pagar un convenio y me encuentro con un tipo que me dice “vos sos el que le vendió el bar a Bob Dylan”. Mi trabajo está hecho.

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El clavo

En 2006, Felipe concluyó que el bar ya estaba funcionando en su mejor forma. Pero le empezó a pesar el cansancio y decidió ponerlo a la venta.

Me parecía que alguien tenía que hacer plata con La Ronda.

¿Vos no hacías?

No. Pero si se iban menos mesas sin pagar, si no hubiera Ronda de Poetas, si me hubiera dedicado negocios turbios, si hubiera encontrado la doble facturación, si hubiera evadido impuestos… Consideraba que alguien lo podía hacer mejor y yo quedarme con un porcentaje que me permitiera vivir. Lo que había que hacer ahí, lo más difícil, ya estaba hecho: abrir el bar fundido y que empezara a venir gente. Nadie me creía que la vendía.

Cuenta, como si una cosa fuera consecuencia de la otra, que Dylan publicó el Modern Times en agosto de 2006 y él bajó la cortina y se fue a Francia, a Poitiers, atrás de una francesa. Con la idea de quedarse allá. Los fondos le duraron hasta noviembre.

Dylan no me giró nunca la guita.

De vuelta en Montevideo, armó un puesto en la Fiesta de la X y se clavó con un montón de comida y bebida. O literalmente pisó un clavo durante el evento. Es que a veces Felipe resulta tan entreverado que uno no termina de entenderle los pormenores.

En fin, son pormenores. La Ronda reabrió con un cartel: “El clavo de la X”.

Todavía en Europa le había escrito una diseñadora, Josefina Babilonia, que quería sacar fotos para su marca en Cheesecake Records. Apenas la conoció pegó el chicle abajo de la mesa del bar.

Mi novia francesa iba a volver. Yo no me iba a enganchar con nadie. De hecho ella llegó a venir de Poitiers a Montevideo y durante un tiempo estuvimos operativos. En la parte más alta del chicle. Había quedado muy enganchado con esa chica… finalmente ella se volvió a Francia y yo volví con Josefina.

Dos años más tarde, siguiendo en el Galgo la gira sudamericana de -quién más- Dylan, Josefina se desmayó y a Felipe le quedó claro que por “Visions of Johanna” no era: iban a tener un hijo.

Casi lo nombran Calexico; para tranquilidad de la mujer del Registro Civil que, según cuenta él, ya había escrito el nombre, dieron marcha atrás y le pusieron Felipe. Él lo sigue apodando Calexico.

Por un tiempo La Ronda creció. Felipe abrió La Otra Ronda a unas cuadras, sobre la calle Soriano, junto a la vieja redacción de la diaria. También puso una barra en Punta del Este, en el boliche Purple.

Pero se empezó a cansar otra vez.

***

En la carretera

En 2007, aniversario de On The Road, o En el camino, de Jack Kerouac, Felipe compró el Galgo y soñó con “poner La Ronda en el camino”. En las invitaciones al casamiento con Josefina, ya aparecía, dibujada, esa idea.

Le llevó años cumplirlo. Separado ya de Josefina, le propuso a su amigo Javier, el mismo que le había recomendado que no se metiera en La Ronda, que se asociara con él. Volvió a negarse. Le dijo que era una muy mala idea. Felipe no lo oyó y en 2013 se fue en solitario de la ciudad para vivir en el parador Los Cardos, en el kilómetro 86 de la Interbalnearia. Se llevó el Galgo.

Yo no tenía un problema que resolver cuando abrí La Ronda. No era que quería ser popular. Simplemente quería que hubiera un bar bueno. Cuando me di cuenta de que eso exigía mucho más, todas las noches y todos los días, y que estaba solo todo el tiempo, con los casilleros y el hielo y los vasos, y no es que le tuviera asco al trabajo, pero no quería estar en ese vínculo tan esclavizante.

La Otra Ronda cerró en ese 2013. Felipe vendió la mitad del bar original a Mauro Correa, dueño del vecino Bluzz, y arregló que seguiría trabajando allí de domingos a miércoles. La Ronda cerraba a la una y el siguiente ómnibus a Los Cardos salía a las cinco: en ese espacio, de qué otra manera pasar el tiempo, Felipe iba a la radio y conducía Segundo Intento. Se iba caminando desde La Ronda con los vinilos.

Terminó de vender el bar en agosto de 2015. Y dejó de ir al El Espectador cuando echaron al sereno. ¿Quién iba a abrirle la puerta? Por suerte le avisaron, dice, o se habría quedado afuera de madrugada.

Ya no le quedaban motivos para seguir en Montevideo. Por un tiempo grabó el programa desde Los Cardos, dentro del Galgo, hasta que llegó a su fin.

La Ronda siguió abierta. El nuevo dueño la reformó: le sacó la barra del medio y la corrió a un lado. Sí dejó el cartel de neón. Pero no funcionó. Cerró en marzo de 2018.

Felipe mantuvo cierto estatus: cuenta que oyentes de Segundo Intento pasaban por Los Cardos a conocerlo y le decían que no los dejaba dormir. Se quedaban despiertos escuchándolo a él.


Foto tomada del Instagram de Felipe Reyes

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Into The Wild

El plan de Los Cardos -poner La Ronda en el camino- iba a llevar tiempo. Había que asentar esa costumbre, la de parar rumbo al este. Y el tiempo le hizo pesar la soledad.

Los autos pasan muy rápido, la gente pasa muy apurada. Un cartel de Starbucks habría sido una gran sucursal. Una sucursal de McDonald’s habría sido la mejor del mundo. Ahora, si es un tipo con barba que a veces tiene los ojos rojos porque anduvo llorando o fumando un contento, y la leyenda de un tipo que tenía un bar en la Ciudad Vieja y lo vendió…

Además, se dio cuenta de que no podía hacerlo sin otra persona.

Estaba Into The Wild, estaba solo. Sólo que no me morí en el techo del Galgo. No le pifié al cardo, no comí algo que estaba mal, pero confirmé que iba a llevar tiempo, plata, amor también. It takes two. Se necesitan dos.

¿Por qué volviste a Montevideo?

Entregué la llave de Los Cardos. Se comió a La Ronda entera. Un invierno media Ronda, otro invierno la otra mitad. Y un tercer invierno sin vender nada.

¿No funcionaba?

¡No! No era para nada rentable.

Volvió a vivir con su hermana, la misma casa en la que habían vivido juntos por el 2000, antes de que él se independizara y arrancara su periplo nocturno.

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Rock del Galgomundo

Federico Deutsch invitó a Felipe una noche a pasar música en el bar Baker’s, en Pablo de María y Charrúa. Charlie Sarli, el dueño de Baker’s y de Inmigrantes, lo conocía de vista, de haber sido habitué de La Ronda. Se llevaron bien, y le ofreció convertir esa ocasión especial en fija de lunes y martes.

Volvió a ponerse la etiqueta de DJ.

En diciembre de 2017, se anunció que Radiomundo 1170 AM comenzaría una renovación en marzo. En enero, a Pablo Izmirlian, periodista y parte del proyecto, le sonó el celular: Felipe quería hablar con él. Se encontraron en el Bacacay y resolvieron que iba a sumarse de alguna manera.

Pablo había sido oyente de Segundo Intento, visitante recurrente de La Ronda, y uno de los clientes escasos de discos en Cheesecake Records. Juntos diseñaron Galgomundo, que tuvo su temporada cero los sábados y domingos entre marzo y diciembre del 2018, con música, entrevistas, historias y la participación de la joven Candela Stewart.

Volvió a la AM.

Charlie Sarli tenía un buen recuerdo de La Ronda, y verla cerrada le tocó algo. “Es algo que me pasa cada vez que veo algo que me gusta cerrado: no lo entiendo”, dice. Se contactó con el dueño y la compró.

El siguiente paso era Felipe: “Si el lugar va a seguir siendo La Ronda, tiene que estar él adentro”. Le planteó una sociedad; si Felipe no aceptaba, iba a cambiarle el nombre e ir por otro camino con el local. Aceptó. “Se recontra copó”, aclara Sarli.

Abrieron el 22 de julio, con perfil bajo, “para agarrarle el pulso al lugar”, dice Sarli, y sabiendo que en invierno no era su mejor estación. Es, de nuevo, la esquina más ventosa de Montevideo. Pero a pesar del frío húmedo, asegura que desde el arranque funcionó “muy bien”.

“La música, que te reciba, charlar con él. No sería lo mismo sin Felipe”.

Volvió a La Ronda.

Hasta el Galgo rodó otra vez: estuvo como motor bar en el Festival Música de la Tierra, en Jacksonville, a fines de noviembre. Don’t Look Back.

Es el mismo bar del 2001, 17 años después. Ahora La Ronda hace algo que nunca antes había hecho por mí: pagarme un sueldo. Soy un tipo feliz, porque tengo un sueldo. Entro y le doy un beso, le digo “gracias, Ronda, por los últimos 17 años y por los que van a venir”.

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