Franz Ferdinand al borde de quedarse sin nafta

La banda escocesa critica la auto-obsesión actual en su último disco y hace un intento honorable por actualizar su sonido

Por Gastón González Napoli

De entre las bandas guitarreras que le dieron un lifting al moribundo rock anglosajón de los 2000, pocas mantienen el nivel y la regularidad. Los White Stripes se disolvieron hace años, los Strokes se convirtieron en un fantasma de sí mismos, los Yeah Yeah Yeahs y los Hives están desaparecidos. Salvo los Arctic Monkeys y los Killers, no son muchos los referentes que quedan al alza. Franz Ferdinand venía en un segundo plano de popularidad, aunque no necesariamente de calidad. Con el flor de show que dieron en Montevideo en 2013, no deberían quedar escépticos. Pero esa tendencia entra en un terreno crítico con Always Ascending.

El guitarrista Nick McCarthy dejó el grupo en 2016 y el vocalista Alex Kapranos ha explicado que querían aprovechar la oportunidad para refrescarse. Los escoceses cambiaron su formación de cuarteto a quinteto y sustituyeron a McCarthy por dos personas. Una de ellas es el tecladista Julian Corrie, que amplía los experimentos de Franz Ferdinand por fuera de las seis cuerdas, comenzada en el Tonight de 2009. Los cambios de ritmo impredecibles y la onda bailable siguen siendo el corazón de la banda, pero su evolución queda patente desde la apertura con el tema homónimo “Always Ascending”. Arranca como una balada de piano, hija del britpop. Pasada la barrera del minuto, obvio, el piano muta en sintetizador y el bajo de Bob Hardy da un shock eléctrico necesario. Se trata de Franz Ferdinand: podrán hacer ajustes, nunca van a cambiar del todo.

Sin embargo, algo distinto hay. Por la mayor parte de Always Ascending, esa chapa y pintura funciona a favor del grupo. La balada oscura “The Academy Award”, que se vuelve dulzona en un estribillo burlón, complementa su “experimento” sonoro con la letra más lograda del álbum. Franz Ferdinand satiriza los tiempos de Instagram (“Somos estrellas de la película de nuestras vidas/Y el Premio de la Academia a los buenos tiempos va para vos”), un tema repetido en la pegadiza y disquera “Glimpse of Love” (“El amor vendrá como una fotógrafa”), y con sed de sangre en “Lois Lane”. En esta última, la banda apunta contra el altruismo egoísta. “Tomaste buenas decisiones/Para cambiar el mundo/Para poder ser feliz”.

Los giros y vuelcos que sin parar da “Huck and Jim” por poco y la hacen parecer un montaje de temas distintos, sostenidos por el pegamento de un comentario político leve y el carisma de Kapranos. En el resto de Always Ascending, se aferran menos a la movilidad e incorporan otros elementos. Las teclas hundidas en la mezcla de la por lo demás olvidable “Paper Cages”, por ejemplo. El sentido cool intachable de los sintes de “Glimpse of Love”. El saxofón tremendo en la coda de “Feel The Love Go”. Las texturas de “Slow Don’t Kill Me Slow” que cierra el tracklist con romance elegante. Cuando apelan a las guitarras sucias más típicas, como en “Lazy Boy”, suenan a viejo. Eligieron el camino creativo correcto.

El problema más fuerte de Always Ascending son las letras plagadas de lugares comunes. Cuando encajan, como en “The Academy Award”, está buenísimo. Cuando solamente zafan gracias a la banda sonora, como en “Feel The Love Go” (que no tendría chance sin ese cierre espectacular a puro saxo), uno recuerda que tampoco era que “Take Me Out” fuera a disputarle el Nobel a Dylan. Pero cuando dicen cosas como “Al fin encontré a mi gente/Encontré a la gente que debía ser encontrada por mí” en “Finally”,  o cuando la crítica social les sale demasiado berreta e infantil (“Vivimos nuestras vidas en jaulas de papel”, en “Paper Cages”), da un toque de vergüenza ajena.

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