Game of Thrones: la gloria y la muerte

Game of Thrones vivió un episodio épico y doloroso que sacude el ambiente de cara al último capítulo de la temporada
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La semana pasada había quedado pendiente la pregunta de si Game of Thrones estaría a la altura de su episodio número nueve, históricamente el más épico de cada temporada, luego de un episodio octavo que había tenido un nivel de espectacularidad inmenso. El lunes siguiente, puede decirse que sí: la serie medieval de HBO volvió a superarse a sí misma. Sin una gran batalla ni una carnicería como lo fue la Boda Roja, pero sí con una muerte especialmente dolorosa si bien más íntima y menos espectacular, y con un cierre en Meereen que fue de lo más épico que Game of Thrones había visto hasta el momento.
Hablando específicamente de la muerte de Shireen -que todavía no ha sucedido en los libros pero aparentemente fue agregada por los productores luego de que el autor George R.R. Martin les comentara que piensa agregarlo en el libro siguiente, Los vientos del invierno-, hay que decir que Game of Thrones siempre ha sido un show con muchas capas, una de las cuales tiene que ver con la religión. Desprovista de las complicaciones de hablar de religiones reales, la serie ha podido construir un estudio de la fe y el fanatismo que es de los más elaborados que pueden encontrarse.
Están los dioses antiguos, aquellos con un poder casi olvidado pero latente (algo quizá más específico en los libros, en donde Bran puede ver a Jon a través de los antiquísimos árboles arcianos); están los Siete, dioses modernos que no siempre dan respuestas aparentes pero cuya religión tiene una estructura formal con mucho poder que oscila entre la corrupción y el fanatismo absoluto (inspirada en la Iglesia Católica del medioevo, algo confirmado por Martin, si bien no hay que ser demasiado avivado para entenderlo); y también está R’hllor, el dios rojo o Señor de la Luz, el que tiene el culto más fanático y es mucho más parecido a una secta que a una religión organizada. La del Señor de la Luz es también la más contradictoria para un espectador: Melisandre, su sacerdotisa con más presencia en la serie, parece totalmente loca, pero lo cierto es que su dios responde. Cuando le pide a Stannis para sacrificar a Shireen, el rey reacciona negativamente pero por dentro sabe que si lo hace verá las cosas moverse a su favor. Por eso cuando se ve desprovisto de cualquier salida elegante, no le queda otra que recurrir a R’hllor y realizar el sacrificio. Es un punto sin retorno para Stannis.
También es una muestra certera de cómo funciona la mentalidad fanática en la realidad. Tanto Melisandre como el Gorrión Supremo son figuras que respetan sus religiones al pie de la letra, vendidos al cien porciento a la causa de sus dioses respectivos. Pero allí donde por ejemplo los Hombres sin Rostro aceptan al Dios de Muchos Rostros como un conjunto de todos los demás, una forma integradora de ver las cosas, estos fanáticos consideran que todo el resto está equivocado, y mientras eso perdure no habrá forma de encontrar la paz. Por eso Melisandre y el High Sparrow son dos de las figuras que despiertan mayor temor en Game of Thrones: su poder religioso puede o no estar en disputa, pero lo que consiguen despertar en la gente, esa forma que tienen de inflamarlos -y lo que lleva a los hombres de Stannis a contemplar cómo una niña es quemada sin intervenir-, eso es un poder mucho más real que el de cualquier rey.
Ahora, al episodio en sí:
Braavos
Arya fue la que pasó más tranquila esta novena hora de Game of Thrones. La más joven del las Stark continúa con su entrenamiento para ser una asesina sin rostro, para lo cual le debe dar el regalo de la muerte al “hombre delgado”, un apostador que apareció la semana pasada y que engaña a las familias de los marineros -a las que debe pagar una suerte de seguro de vida si el marinero con que apostó muere-. Arya pasa pasea por el puerto de Braavos vendiendo almejas, ostras y berberechos, buscando atraer la atención del hombre delgado, cuando se distrae con la llegada de Mace Tyrell, que viene para negociar con el Banco de Hierro braavosi, pero en particular con uno de sus acompañantes, Ser Meryn Trant, uno de los nombres de su lista.
Trant era uno de los hombres principales del Rey Joffrey, uno malvado en contraste con el mucho más complejo Perro Clegane. Fue quien se encargó de matar (o por lo menos eso pareció, ya que la muerte no se vio en cámara) a Syrio Forel, el profesor de combate con espadas de Arya; también el caballero al que Joffrey encargó golpear a Sansa en más de una ocasión, ya fuera cuando obligó a la adolescente a mirar la cabeza clavada en una pica de su padre o cuando la hizo responder por los logros militares de su hermano Robb en plena corte real.
El caballero se queda mirando también a Arya mientras ella sigue a la comitiva de Westeros, incluso cuando los hombres se meten a un prostíbulo y siguen sumando puntos para la lista de la chica -se burlan de Mace Tyrell, insultan a Renly por homosexual y luego Trant exige a la madama del establecimiento que le traiga una niña, luego de rechazar como “muy viejas” a todas las mujeres-. Finalmente a Arya la echan del lugar y regresa a la Casa del Blanco y Negro, en donde le miente a Jaqen H’gar y dice que el apostador no estaba con hambre y que cumplirá con su labor al día siguiente.
La apuesta segura es a que Arya caerá bajo sus propias tentaciones y no podrá terminar el entrenamiento para ser una Mujer Sin Rostro. Quizá mate al hombre delgado, pero difícilmente supere su instinto y decida dejar ir la oportunidad de tachar un nombre de su lista, uno que además se lo merece como pocos.
Castillo Negro
Jon regresa al Muro tras su travesía a Hardhome, liderando el grupo de salvajes -y el gigante Wun Wun- al que rescató de los caminantes blancos. Jon mira a la cima del bloque de hielo gigante con preocupación y ve a Alliser Thorne, quien quedó a cargo, mirándolo desde arriba. Thorne parece dudar, pero finalmente ordena abrirles las puertas.
Una vez dentro, Jon le dice a Sam que considera que fracasó porque no pudo savlar a todos los salvajes, pero Sam le trata de levantar el ánimo diciéndole que sí salvó a muchos. A los hermanos negros no les gusta nada, mucho menos que esté Wun Wun. El pequeño Olly, que vio morir a toda su familia a manos de salvajes, mira a Jon con enojo. “Tenés un buen corazón, Jon Snow”, le dice Alliser. “Nos va a matar a todos”.
En mi opinión, las acciones de Snow le habrán zanjado muchos enemigos dentro de la Guardia de la Noche, pero los salvajes difícilmente se vuelquen en su contra, mucho menos después de haber visto lo que vieron. Con seguridad, sucederá algo que los unirá, aunque dudo mucho que esa alianza quede sellada hasta que los muertos invadan el Muro, y siento que para eso todavía queda mucho. Seguramente Bran tenga un rol que cumplir allí también.
Dorne
El prisionero Jaime Lannister -el legendario y polémico caballero que se ha pasado casi tanto tiempo preso como libre en las cinco temporadas de Game of Thrones– es llevado ante Doran Martell, que está con Myrcella, su hijo Trystane y la viuda de Oberyn Ellaria Sand. Doran se queja de que Jaime no haya ido a hablar con él antes de tratar de secuestrar a Myrcella y el Matarreyes le dice que había recibido una amenaza en Desembarco del Rey y por eso actuó en secreto -Ellaria baja la mirada de una manera poco sutil-. Doran decide perdonarlo y permitirle el regreso a la capital de los Siete Reinos con Myrcella, algo que deberá hacer con Trystane también. Pero Ellaria se niega a brindar por Tommen, derrama el vino y se va. Por último en esta historia de las más débiles y menos interesantes de la temporada, Jaime se ofrece recibir castigo en lugar del mercenario Bronn, pero Trystane decide liberarlo con una condición: que su guardia le pueda romper la boca de una piña.
Es una lástima porque la historia en los libros es mucho más rica y con más vueltas y entreveros de lo que ha sido en televisión. Es cierto que en las novelas Jaime se pasa el tiempo sin hacer básicamente nada, pero acá tampoco ha logrado demasiado y las Serpientes de Arena han estado bastante desaprovechadas. Es cierto que queda un capítulo para sacudir el tablero y quizá otros elementos aparezcan el año que viene, pero lo cierto es que la vistia a Dorne ha dejado mucho que desear.
Lo último que sucede son dos escenas con Ellaria Sand, primero con Doran, ante quien se arrodilla llorando y jura lealtad, y con Jaime, a quien le dice que ella no desaprueba su relación con Cersei, porque en Dorne las cosas son distintas. “Lo único que se mantiene igual es que queremos a quien queremos”, dice Ellaria, parte de una cultura mucho más liberal y libertina que la de la capital. También le dice a Jaime que sabe que Myrcella no tuvo nada que ver con la muerte de Oberyn, y que quizá hsta el propio Jaime sea inocente. Un cambio algo apresurado en Ellaria, de quien sin dudas se verá más, tal vez antes de que el grupo emprenda el camino hacia Desembarco del Rey.
De cara al último episodio de la temporada, y por las palabras de Doran con Ellaria cuando se arrodilló ante él, probablemente el príncipe de Dorne les encomiende algún tipo de misión a la ex de Oberyn y sus hijas, que si no se habrán convertido en los personajes amenazantes pero más inconsecuentes de la serie hasta el momento.
El campamento de Stannis
El ejército de Stannis Baratheon que marchaba hacia Winterfell con tanto ahínco fue frenado por la nieve ya hace días, y el ataque que Ramsay Bolton le había prometido a su padre la semana pasada resultó ser tremendamente exitoso. En medio de la nieve y protegidos por la noche, el bastardo y sus 20 hombres quemaron las tiendas de víveres y a varios caballos. Melisandre estaba contemplando las llamas en ese momento, pero solo vio la catástrofe segundos antes de que ocurriera, lo que puede relacionarse con un factor: el Señor de la Luz exige un sacrificio a cambio de su poder, ya que la Mujer Roja no ha matado a nadie desde que quemó a Mance Rayder.
Stannis siente el golpe, que también los dejó desprovistos de armas de asedio. Sin comida ni la capacidad de forzar los muros de la capital del norte, los Baratheon tienen poco para hacer más que volver atrás, como bien le señala su Mano Davos Seaworth. Pero Stannis ya había afirmado que no volvería atrás y cuando el antiguo contrabandista le pregunta qué piensa hacer si no pueden avanzar y no piensan retroceder, al rey se le va la mirada a Melisandre. Malas noticias.
Al rato, el Baratheon del medio le ordena a Davos que regrese al Castillo Negro y exija a Jon Snow que le mande provisiones y hombres, que a cambio él armará a la Guardia con tantos hombres como precisen. Davos acepta sin muchas ganas y pide por lo menos llevarse a Shireen, pero el rey dice que su familia se queda con él. Otra mala noticia.
Mientras una larga fila de hombres helados espera por un plato de comida, Davos pasa caminando a ver a Shireen, la hija de Stannis, que está leyendo el libro Una danza de dragones, que recordemos es el título de uno de los dos libros en que se basa esta temporada. El contrabandista le regala a la niña un ciervo de madera y ella queda contenta y pide que él le fabrique luego una hembra para acompañarla. De acá pueden sacarse un par de conclusiones: primero, que el ciervo, el escudo de la familia Baratheon, es de madera, o sea que se puede quemar, lo que adelanta un poco los sucesos a venir. Y también el hecho de que no haya hembra: un ciervo solitario, como Stannis está a punto de quedar. Seaworth, que no se da cuenta de nada de eso si bien parece tener sus sospechas, le dice a Shireen que es un regalo por haberle enseñado a leer, cosa que su hijo no pudo hacer. Dice que le enseñó a ser un adulto… suena un toque pedófilo, Davos, pero igual te aplaudimos por ser tierno.
Al rato, Shireen juega con el ciervito -que aparece, ominosa y para nada sutilmente, frente al fuego– y es visitada por su padre, a quien le cuenta emocionada la historia de Una danza de dragones: narra el suceso histórico de dos hermanos Targaryen que se enfrentaron a muerte y dividieron al reino en dos, una batalla de la que la familia nunca se recuperó. Algo de que a los dioses no debe de gustarle que la familia se enfrente con la familia, una lección que Stannis no aprendió la primera vez. El rey le pregunta por quién hincharía ella si hubiera vivido la Danza de Dragones, y le recuerda a la niña que a veces no hay que elegir, sino que el destino fuerza los acontecimientos.
“Si un hombre sabe qué es y se mantiene honesto consigo mismo, entonces no son elecciones”, dice Stannis, “debe cumplir su destino y convertirse en quien debe ser, sin importar cuánto lo odie”. Es un diálogo muy bien escrito, perfectamente actuado por el muchas veces demasiado seco Stephen Dillane. Transmite el dolor del ser humano que Stannis todavía es, sin dejar de entrever que está dispuesto a dejar de serlo con tal de ser rey. Stannis supo decir que él no quería ser rey pero es lo que le toca por ley y está dispuesto a hacerla cumplir. Pero esto muestra que los sueños de poder que Melisandre le ha pintado han roto algo dentro de él.
Shireen le pregunta si puede ayudar y le dice a su padre que quiere hacerlo. Lo abraza, Stannis parece morir por dentro y le pide perdón.
Con el ciervito en la mano todavía, llevan a la niña a una pira. Cuando Shireen entiende lo que es, trata de irse, pero no la dejan. Stannis y Selyse miran desde lejos mientras los hombres de Melisandre la atan al poste frente a la impenetrable Mujer Roja. Selyse le dice a su marido que es lo que el Señor de la Luz quiere, si bien no parece del todo segura. Y de a poco los gritos desesperados de la niña la convencen de que no es lo correcto, pero Stannis se niega a liberarla sin apenas demostrar emoción y Melisandre enciende la hoguera. Selyse corre a soltar a su hija pero no la dejan y cae arrodillada en la nieve llorando. Melisandre, a todo esto, mira el fuego casi que sonriendo.
Cuando los gritos de Shireen paran, Stannis se da vuelta, un millón de emociones atravesándole el rostro, entre ellas la duda. Ni aunque triunfe Stannis será feliz. En la gran tragedia griega que es Game of Thrones, el último Baratheon selló su hybris, su ir demasiado lejos. No tiene salvación. Y sin embargo tiene a su lado a una fuerza de la naturaleza que es de las más poderosas de Westeros.
Meereen
Los sucesos del campamento de Stannis fueron más dolorosos, pero sin lugar a dudas los de Meereen fueron más espectaculares. En una suerte de Coliseo, Daenerys Targaryen, Daario Naharis, Tyrion Lannister y Missandei esperan la apertura de las Arenas de Combate, en donde dos luchadores se enfrentarán a muerte al estilo gladiador. Hizdahr Zo Loraq llega tarde y asegura que estaba cerciorándose de que todo estuviera en orden, lo que suena más que un poco sospechoso. Pero con la gente enloquecida y la rápida salida a la arena de Jorah Mormont a pelear por su reina, la duda se despeja para trasladar la preocupación a otro lado.
Durante la primera pelea tiene lugar un gran diálogo entre Hizdahr, Daenerys, Tyrion y Daario. Zo Loraq dice sobre la primera pelea, en que se enfrentan un grandote y un flacucho, que suele ver a los hombres más grandes ganar, a lo que Tyrion lo mira como diciendo “ey”. Daario trata de hacerse ver delante de Daenerys y dice que siempre dudaban así de él pero siempre terminaba ganando, aunque al final el grandote gana y Hizdahr sonríe. El esposo de Daenerys se pregunta qué grandeza se ha logrado sin muerte, y Tyrion dice que es fácil confundir lo que es con lo que debe ser, especialmente si te ha servido antes. El pequeño Lannister dice que Hizdahr le habría caído bien a Tywin. Y eso se llama foreshadowing: pequeñas pistas que dan a entender sucesos futuros. Si Tywin Lannister estuviera vivo, ¿cómo aprovecharía la posibilidad de tener a la reina madre de dragones, a Tyrion Lannister y a su guardia principal en un mismo lugar? La Boda Roja debería sonarle a alguien.
Cuando aparece Jorah en la arena, Daenerys lo mira fijo como dudando pero finalmente aplaude y da comienzo a la lucha. Mientras Mormont pelea, ella sufre visiblemente por él, sobre todo porque el caballero está a punto de morir unas cuantas veces. Pero finalmente gana, gira hacia la reina y le tira una lanza. Cuando parecía que Mormont había sufrido un síndrome de psiquiátrico-que-decide-matar-a-la-mujer-que-lo-rechazó, la lanza se clava en un hijo de la arpía que se acercaba sigiloso por detrás de Daenerys. Descubiertos, decenas de enamascarados se revelan en las gradas y arrancan a a matar a todo el mundo, al estilo Boda Roja (eso del foreshadowing). Incluso atacan a Hizdahr y lo matan, lo que anula la teoría de que es el Tywin Lannister detrás de todo esto. Jorah y Daario tratan de sacar a la reina de la carnicería, pero lo que parece ser un millón de hijos de la arpía los rodean en el centro de la arena. Jorah y Daario tratan de defenderlos pero es evidente que es imposible y ella se agarra de la mano con Missandei y cierra los ojos.
En eso se siente un rugido desde los cielos y todos se quedan quietos. De en medio de una llamarada aparece Drogon, una creación tan majestuosa y magistral que deja en ridículo a los encargados de efectos especiales de muchas películas. Los hijos de la arpía corren y Drogon destroza a uno e incendia a varios. Sin embargo, el dragón no está del todo desarrollado y es vulnerable: le clavan varias lanzas en el cuello y Daenerys se empieza a preocupar. Se acerca a él y le saca una lanza, lo que provoca que le ruje en la cara a su madre. Pero ella no se amedrenta y él la reconoce, lo que permite un momento tierno entre los dos. Cuando la chica Targaryen entiende que Drogon no está seguro allí, se sube a su lomo y le susurra “valahd”.
Lo que sigue es un momento glorioso, acompañado por la banda sonora acostumbradamente sensacional del show de HBO, mientras en el suelo quedan Tyrion, Jorah, Daario y Missandei mirando al cielo, solos, desprotegidos y cargando sobre sus hombros con una ciudad entera.
Si lo querés ver de nuevo:
Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

One comment

  • Andres Rijo  

    muy buen episodio, aunque para mi gusto es el mas flojo de los cinco 9 episodios que han habido (estuvo muy bueno igual), pero creo que el episodio 9 en esta temporada fue el 8

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