Ignacio Alcuri: si precisara desgracias para hacer humor, “¡prefiero no escribir más!”

La novia de Johnny Storm ve la vaca y llora es el octavo libro de cuentos de Ignacio Alcuri, un retorno al formato corto luego de una novela gráfica en 2016.

En el marco del Especial Fin de Año Atrasado, aprovechamos para charlar con él sobre el oficio de escribir humor, sobre vivir el fútbol como una película y sobre por qué, siendo fanático de DC, eligió un personaje de Marvel para el título de la colección

Fotos: Josefina Brum

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

En Multiverseros está publicada la primera entrevista que te hicieron. Ahí contabas que escribías en el bondi. Ahora lo hacés caminando.

Es una cosa geográfica nada más. Vivía en Punta Carretas y trabajaba en Malvín Norte, tenía dos bondis de ida y dos bondis de vuelta. Había que aprovechar el trayecto. Ahora vivo más cerca del trabajo. Me gustaría escribir en mi casa, pero me pongo a mirar la tele. ¿Para qué me voy a poner a escribir habiendo cosas tan lindas para ver?

También contabas que Sobredosis pop, tu primer libro, lo habías publicado encuadernado.

Al principio eran hojas sueltas que circulaban. Lo bueno de que fueran cuentos cortos es que entraban en una hoja y lo pasaban. Después eran carpetas, que le hacías agujeros y los enganchabas. Después era ir a una papelería y ponerle un rulo. De a poquito iban ganando en páginas. Y seguían circulando… Alguno sigo teniendo.

Y ahora publicás con todo el tour mediático.

Sí, desde Problema mío de 2005 estoy con Sudamericana. Me han tratado siempre divino. Vengo más seguido de lo que debería, están podridos de verme.

Sin embargo laburás en un ambiente de gente cultural, que no se asocia tanto con una editorial tan comercial como Sudamericana [propiedad de la gigante interncional Penguin Random House].

Cuando pasé a Sudamericana estaba todo el tema de editoriales emergentes, y no me hicieron sentir menos… Si me hacen sentir menos es por escribir cuentos y por escribir humor. No por ser publicado en Sudamericana. Que además, justamente desde que salió el primer libro amplió la oferta de autores nacionales que editaba. No tenía tantos, pero cada vez más. Seguramente porque va fagocitando editoriales. Ya era grande cuando yo entré, no es que mi éxito de ventas les haya posibilitado comprar Ediciones B…

Que sepamos.

Está en discusión. La verdad que en el trato del día a día no te enterás de que es una editorial grande o chica.

¿Cómo fue ese salto de hojas A4 a Random House?

En 2002 empecé a decir “ya me embola cada vez que le agrego cuentos ir a hacer una encuadernación nueva, imprimir”. Estaba trabajando en una imprenta y pensé que podía ser una buena opción imprimirlo ahí. Pero sabía que era fundamental que no fuera una edición puramente “de autor”. Te dan 400 libros, los tenés en el cuarto de tu casa y quedan ahí. No es que yo fuera un genio especulador ni mucho menos, ni experto en márketing, nada. Lo que quería era pasarle la responsabilidad al lector; que si no lo leía era porque él no quería. No porque no lo pudiera encontrar. Que estuviera en las librerías.

Publicaste Sobredosis pop y Combo 2 en Editorial Cauce.

Sigo trabajando con ellos por la revista Túnel, donde publico cuentos. Era 2003, no había un peso para nada, no había muchas ediciones uruguayas, fue una de las razones por las que Sobredosis pop llamó un poco la atención. Permitió que estuviera en las librerías sin que yo tuviera que ir una por una, ese laburo nunca me interesó. No soy gestor, no soy productor, no sé venderme bien. Si querés que eso funcione, tenés que estar arriba del libro; prefiero que alguien se lleve su parte y haga ese trabajo. A mí me gusta escribir. Me encantaba hacer el diseño de las tapas, pero eso también lo peloteamos acá [en Sudamericana]. No es que no me guste quedarme en mi casa escribiendo ocho horas, es que además tengo que laburar. Me gusta laburar de otras cosas y no tengo tiempo para el trabajo de hormiga con el libro.

Estás casi todo el día laburando, básicamente.

Algunos días más, algunos días menos, pero tengo cositas siempre salpicadas, y por suerte casi todas están relacionadas o con escribir o con el humor. Estoy muy agradecido no con el destino ni la diosa Fortuna, pero sí con la recepción de lo que hago que me permitió que mi primer currículum sean los libros. Eso me permitió estar en radio, armar el programa de televisión de Los informantes en Canal 4, en Tevé Ciudad. Ahora cuando hay determinado laburo, me llaman. Eso está buenísimo. Porque nunca me sentí capacitado para trabajos vocacionales.

Tipo: “¿Qué querés ser cuando seas grande?”.

Yo qué sé, en un momento quería ser arquitecto, porque de las carreras tradicionales era la que no me disgustaba tanto. Estudié Publicidad, Ciencias de la Comunicación, porque decía “ta, creativo publicitario ponele que sea la forma más cercana de tener una idea y alguien te pague por eso”. Pero soy una persona que no tiene planes. No proyecta. Nunca pensé trabajar en radio, ni en editar los libros. Salvo cuando lo iba haciendo. Iba encontrando cosas. Podría haber salido todo mucho peor, uno tiene que trabajar para que se den las condiciones. Dentro de todo lo vengo haciendo…

Bastante bien.

No me puedo quejar ni un poquito.

En esa primera entrevista decías que tus cuentos autobiográficos te daban licencia para repartir palos. Que creo que esa licencia no la precisás más. Pero seguís haciendo los cuentos autobiográficos. ¿Seguís sintiendo que precisás la excusa, o es lo que te sale?

Creo que no es necesario ya “un cuento mío, un cuento del otro”. Porque además he aprendido a ser mucho más sofisticado en los mecanismos del humor. Lo mismo que antes quedaba más evidente, más de que a alguien le podía chocar como una referencia, como que Paulo Coelho lea el primer libro y vea que digo que es un idiota, esos mecanismos, en lo que respecta a la crítica hacia el otro, están mucho más afinados. Ya hace que el otro no tenga tantas chances de enojarse. Por otro lado, los cuentos autobiográficos se van reduciendo, porque no eran psicoanálisis pero tenían algo de sacar demonios para afuera de alguna forma, sin diván, sin buena comunicación con mis amigos, sin procesar las cosas tan bien como lo puedo hacer ahora, y había que publicar, que vomitar cosas en el papel. Eso sentía que me daba libertad de hablar de ciertas cosas. Ahora la libertad me la da el buen uso de los mecanismos.

Todo el tema de los límites del humor.

Que por supuesto que hay, cada uno tiene los suyos, y yo internamente manejo cosas que uno maneja a nivel abstracto. Cada una de las piezas de un chiste, cuando lo hacés para saber que el otro tiene permiso de ofenderse. Cuando hacés humor político es mucho más sencillo, porque como tirás para arriba… El otro no se puede ofender porque un cualquiera que gana 100 veces menos haga un chiste de la plata que se roba él. Te vas afinando. Para mí siempre es mejor equivocarte por exceso que aguantarte. De eso vas aprendiendo, los límites los vas encontrando.

En los distintos lugares en que trabajás, encontrás distintos ángulos del humor.

Sí, es un humor muy medido si es una nota de Montevideo Portal, que puede tenerlo en el título, también me encantaba hacer radio, que a veces te tenías que aguantar de las barrabasadas que podías decir, y en otras, sabiendo que era radio y que diez segundos después desaparecía, salvo que alguien lo estuviera escuchando, te da otra libertad. Es lo bueno de tener múltiples ocupaciones e ir jugando con la musculatura del humor. Como cuando vas al gimnasio y hacés bíceps por allá, piernas por acá. Lo que más me gusta termina siendo siempre la literatura, porque es la más libre de todas.

En Multiverseros con las críticas, como las de Game of Thrones, es otro tipo de humor.

Ahora casi que quedo yo solo en la página, fue prioridad en los años en que tenía menos laburo, cuando nos echaron de Tevé Ciudad. Miraba más series y me gustaba escribir. Aparte me sirvió muchísimo como ejercicio. Las de Game of Thrones me encantan, aunque me termino acostando a las cuatro de la mañana después de hacer unos photoshops aberrantes. Son otros músculos. Es disfrutar mucho de las cosas que uno hace. Más cuando hay gente que las lee, las está esperando. Sabiendo que hay alguien que le vas a alegrar un lunes de mierda… Hay que tenerlo en cuenta. No te vas a hacer tan el superado.

La última que leí fue la de La Liga de la Justicia, un poco en otro plan.

Yo no me considero crítico, más allá de que hago trabajos parecidos. Me gusta contar historias acerca de historias. Centrarme en la parte narrativa, no entiendo lo suficiente de cine como para ponerme más técnico; me gusta contar el cuento de lo que experimenté yo enfrentándome a determinada película. A veces arranca desde que compré el pop antes de entrar. Añadiendo detalles… hay millones, todo el mundo escribe de lo que vio, entonces es tratar de darle algo distinto. Ni mejor, ni peor, pero que sea la visión única de esta película o de esta serie de televisión. Me dieron la libertad de irme por las ramas. Así llegamos a las reseñas de Juego de tronos, que empezaron serias y después fue un monstruo imposible de aguantarse. Anda por allá, se le fue la moto. Me gusta hacerlo como si fuera un cuento y tratar de atraparlo desde el principio hasta el final.

La de La Liga de la Justicia era un poco más solemne y me imaginé que por tu fanatismo.

Cuando los personajes son los que te acompañan desde que empezaste a leer, que los viste en dibujos animados; más allá del debate de si hay que elegir DC o Marvel, si hay una grieta, me parece una estupidez pensar en grieta como me parece una estupidez esa onda amor y paz de que son todos iguales. No. Si hay un equipo de fútbol que te tira más que otra, si hay una comida que te gusta más que otra, ¿por qué no puede haber un universo de superhéroes que te guste más que otro? ¿Que haga que cuando te enfrentás a esas historias te resuenen distinto? Nunca voy a poder disfrutar de la misma manera una película de Iron Man que una de Batman. Olvidate.

Igual para el título del libro metiste un Marvel.

Bueno, porque quedaba bien [se ríe]. En realidad es un tuit. Iba a ser solamente eso. El título del libro era Incompatible. Y Leroy, que era el editor que estaba antes acá, con el que empecé a trabajar este libro, nos encontramos en un bar por otra cosa y me dice “por qué no le cambiamos el nombre”. Y yo que no hago grandes pedidos, por lo general nos llevamos muy bien porque ninguno exige mucho del otro, igual dije “vamos a ver qué onda” -siempre repito la misma frase de que “loco es aquel que haciendo siempre lo mismo espera resultados distintos”-. Y cuando tira ese tuit, fue como “pah”, y cada segundo que pasaba lo entendía más. Lo único, que no sé si quedará tan claro que es un libro de cuentos. Aunque creo que eso está bastante claro en el juego vintage de la contratapa. Con este libro estoy muy contento.

Cuando lo presentaste en la Noche de las Librerías una señora te pidió que le explicaras el título y se fue, ¿no?

Pero después me escribió y me dijo que había llegado tarde. Capaz que yo lo actué demasiado bien, me dijo que le pareció que yo me puse demasiado nervioso y era un chiste. Fue un gaje del oficio, con el cual me sirvió para hacer humor en las redes. En ningún momento fue un golpe a la mujer.

Hablando con Martín Otheguy por este libro recordaban una vez que te habían criticado por no leer a los clásicos.

Nunca sabemos qué pregunta fue que pasó eso.

La encontré la entrevista. Era por Benedetti, Galeano…

¡Ah! Es porque en un bar yo no estaba y un tipo le dijo a Leo Lagos algo de que Alcuri nunca leyó a Kafka, y Leo medio que se paró y lo tuvo que aguantar. Sé que esa respuesta generó muchas cosas, entiendo que el famoso parricidio artístico es un hecho necesario, sobre todo en los primeros años. Desde 2003 que salió el libro y unos cuántos años más, seguíamos estancados en los mismos autores. No me voy a incluir entre los autores nuevos, pero era necesario que aparecieran otras voces. Que aparecieron ahora porque se murieron todos. El recambio, desde los setenta hasta el 2003, los autores uruguayos eran los mismos. A mí no me interesaba tanto leerlos. No existían las redes sociales y ya se malinterpretaba todo. No importa. Entiendo que al hablar uno se presta a que lo malinterpreten.

¿Cuáles te parece que son estas voces nuevas?

Las más variadas. Las editoriales como Random House editan muchos más autores uruguayos; después tenemos Estuario, Hum, se abrió el panorama. Un poco porque de verdad se murieron todos y no van a publicar más libros. Hay un par de generaciones perdidas en el medio, que tienen entre cuarenta y pico y cincuenta y pico, que quedaron entre la salida de la dictadura y que los que venían antes eran casi héroes y se los comieron, y los que vinieron después se olvidaron de ellos. Creo que el panorama literario desde la poca lectura de él, porque no me llama tanto, es muchísimo mejor que hace quince años.

En la presentación digital del libro con Leo Lagos él te decía que quería que vos siguieras saliendo y teniendo citas fracasadas, teniendo malas experiencias, por lo bien que las contás. A mí me pasaba que me sentía mal porque no quiero que te dejen de pasar esas cosas pero es horrible a la vez sentir eso. ¿En tus períodos de más felicidad te cuesta más escribir o nomás apuntás a otras cosas?

Yo me encargué de jugar mucho con eso. Son muchas cosas. Vamos en orden. Lo que me pasaba a mí es que en los momentos oscuros, grises, no es que fueran negros, había mucha cosa para decir. Mi único miedo fue que eso hiciera que yo no me apurara tanto a salir de esos momentos, porque los estaba aprovechando creativamente. Con el tiempo lo superé. Punto dos: me encargué de generar que el personaje, la exageración mía, la caricatura mía, cada tanto vuelve sobre eso. El tipo que feliz no puede escribir. Yo creé mi “leyenda” del escritor desahuciado que cuando se ponía de novio empezaba a escribir unas pedorradas, terminaba pobre y ahí empezaba a escribir bien de nuevo. La tercera parte es que hace tiempo estoy convencido de que eso no es así, pero que si fuera así: ¡prefiero no escribir más! ¡No me importa! Prefiero estar bien.

Por supuesto.

Puedo decir tranquilamente que 2017 es el mejor año de mi vida, parezco Susana Giménez en la tapa de Gente, y parte de que sea el mejor año es que fue el mejor creativamente. Pero fue retroalimentado. No me puse más contento porque escribí más. Estaba bien, estaba mejorando, surgieron un montón de oportunidades y no fallé. Nunca creí en ese personaje que yo escribía; ahora, muchísimo menos. Estoy trabajando en tres libros al mismo tiempo, y coincide con que estoy feliz como una lombriz. La leyenda queda pulverizada, pero perfectamente puedo volver a hacer humor con eso.

Está buenísimo que no dependa de que estés triste.

El proceso que hice fue eso de afinar el enfoque, lo que hablábamos antes, y además poder escribir de un humor más puro, en el sentido de que no dependiera de cómo me sentía. Desenganchado de lo que me pasaba a mí y enganchado a la parodia, o a la burla, o a dos ideas cualquiera que se juntan en una nueva idea que no te esperabas. Básicamente el humor es sorpresa, el tipo que estaba caminando y no esperabas que se tropezara. Al haber hecho más sofisticados esos mecanismos, crear un humor separado de mí, que siempre estuvo pero el porcentaje era más bajo, lo que tiene ahora es que hablo de mí pero si me pasa algo que considero que es algo gracioso o dramatizable.

¿Como qué?

No me acuerdo de si fue en esto o en el anterior que me quedé sin agua y estaba cagando, llamé a mi vieja para ver qué hacía y entre los dos nos dimos cuenta de que podía descongelar hielo para lavarme las manos. Y me quedaron las manos heladas, porque no quería esperar a que se calentara y no quería tocar nada mucho. Hablando con mi vieja yo me cagaba de risa. O puede ser como me pasó hoy en el supermercado, que mandé una selfie por WhatsApp y estaba con los auriculares, y por algún motivo en el momento de la foto por un segundo y medio la música sonó fuerte. Ese segundo y medio se escuchó Juan Luis Guerra en el supermercado. Es una situación que no da para un cuento, capaz que sí para un microcuento, que es algo que me gustaría retomar. Sí da para un tuit y hacer reír a alguien.

Pasando a otra cosa, ¿cómo fue trabajar con Gustavo Sala [con quien publicaron en 2016 la novela gráfica Parto de nalgas]? Vos lo admirabas, ¿no?

Pah, sí, de verdad. Yo admiraba mucho su obra, su humor así descarnado y ordinario. Él vino para Montevideo Cómics alguna vez, nos encontramos en el Bar Las Flores, donde nos encontramos con mis amigos, y quedó una onda bien. Gustavo es un crá. Una vez estaba leyendo una nota y Gustavo decía que nunca había trabajado con un guionista, yo tenía el mail y le escribí utilizando una imagen de una entrevista a un guionista de superhéroes. Decía: “Me arrastro sobre vidrio molido para poder trabajar con vos”. Me planchó. En la mejor. “Estoy acostumbrado a hacer todo yo”. Años después él empezó a venir cada vez más y yo estaba viviendo solo, entonces su base de operaciones era quedarse conmigo porque tenía otra cama. Empezamos a pergeñar algo juntos, en el medio lo contraté para hacer la tapa de Basurita, con lo que quedamos más unidos. Y quedó esto, que salió por los Fondos Concursables porque nadie quería poner un peso. Tenía tantas ganas de que saliera esa historieta que hasta me presenté a los Fondos Concursables. Porque considero que en el lugar en que estoy yo debería tener otras opciones para la publicación. Claramente. Con un libro no me va a pasar, con la historieta nadie se animaba.

Es mucho más caro también.

Era blanco y negro, no iba a cambiar mucho, pero era algo nuevo, distribución rara. Empezamos con eso, y con los espectáculos y los podcasts, y es, más allá de que él dice que es mi marido, es mi segundo marido de la comedia después de Leo [Lagos]. Con Leo jugamos de memoria, lo extraño muchísimo porque en radio pasaba eso de que con los ojos cerrados ya sabés lo que te va a contestar el otro. Con Gustavo de a poquito vamos mejorando. Ahora mi tercer marido es Paul Fernández en la murga La Margarita, que estamos cupleteando juntos y también necesitás algo de rapport, que el otro te devuelva las paredes. Con Gustavo hicimos una amistad preciosa, cuando yo voy me quedo en la casa de él, nos encontramos en Rosario, en la convención de cómics. Es mi marido argentino.

Amante, si querés.

Capaz me divorcio y me caso con alguien más, por ahora es él.

Específicamente sobre La novia de Johnny Storm ve la vaca y llora, recién decías que querías retomar los microcuentos. Alguno hay acá.

¿Sabés lo que tengo menos? El experimento literario. Desde el microcuento al cuento que era solo un título, o a las instrucciones para ganar al tutti frutti. Esas cosas que las podés hacer una vez sola y no son para salir publicadas en la revista Lento o independientes, se bancan dentro de un grupo. El otro día me compré un libro de una escritora de microcuentos que son mil páginas y mil cuentos. Incluso mucho más cortos de lo que escribo yo. Lo mío a veces son una carilla de un bloc y esta mina es menos de media carilla. Estoy más acostumbrado a las fechas de cierre, de pensar en el cuento mínimamente extenso. Por eso me gusta poner los tuits. Por tener un contenido que tena una mediana variedad dentro del cuento corto.

Romper con el formato.

Eso me gusta.

Está la obra de teatro también.

Me resultó muy divertida la idea, y me armé un pedo al final, cuarta pared, quinta pared, sexta pared. Podría haber seguido, me hubiera encantado que eso fuera de 30 páginas. Además, terminás el libro más rápido. Pero en el momento en que se terminó, se terminó.

Por ver tus procesos creativos. Ese cuento/obra de teatro, que termina con un oficial de Agadu que asesina a todo el mundo, ¿partías de esa idea o fue un “a ver, cómo termino esto”?

El tema con el origen de las ideas es que, no porque sean un montón de grandes ideas, pero sí son un montón. 59 en este último libro nada más. De ese en particular, ni siquiera me acuerdo por dónde apareció. Sé que en un momento le quise hacer esas paredes derribadas, y si hubiera tenido paciencia hubiera metido uno o dos niveles más, pero… habría empezado a sudar tinta, sudar sangre, y me parece que queda compactito.

¿El fútbol está más presente en este último libro?

Tengo idas y venidas. Hay algún cuento antes de que me retiré del fútbol, podrido de todos los tejemanejes. Por un año creo que no fui. Pobre mi viejo, que va siempre a ver a Defensor y es un poco la salida que tenemos, pero me calenté. Y en las elecciones pasadas del club estaba en una de las listas… Tengo los dos extremos. Pasa que empecé a escribir en la revista Túnel, entonces cada dos meses tengo un cuento de fútbol. Lo que trato es que sea una excusa. Porque entiendo que si van a quedar quince cuentos de fútbol, que no queden todos muy parecidos. No es una cosa como de Fontanarrosa, “los cuentos de fútbol”. A veces es el récord Guiness del tipo dominando la pelota, a veces es sobre la huelga de jugadores. Es una excusa muy sencilla casi para colarme en la revista. Por suerte el editor de la revista, que es el mismo que me editó los dos primeros libros, sabe que Túnel gana en variedad. Gustavo [Sala] está editando en Túnel y en Lento también. Me sigue a todos lados.

Mi relación con el fútbol sigue siendo estrecha. Lo defino como una película de 90 minutos que voy a ver el domingo o el sábado, en la que por lo general hay uno que para vos es el bueno, y que la historia no siempre termina bien. Capaz que en los últimos minutos, cuando corren los créditos, estás más contento o más triste. Pero salís del cine y la vida continúa. Claramente. Más siendo Defensor, tenés que acostumbrarte a esas cosas. A veces me cuesta ver la táctica porque veo la historia. Veo cómo al principio uno de los dos insistía más, no veo si el nueve se desdobla por la punta… No entiendo nada de eso y mi viejo tampoco. Pero está la historia. Y cuando termina, se terminó. Creo que es la mejor forma de ver el fútbol. No puede depender mi estado de ánimo de once tipos que no tienen nada que ver conmigo.

Dijiste que estás trabajando en tres libros. El próximo de cuentos lo tenés pronto.

Sí, me falta solo recopilar los tuits.

El segundo es una novela en que estás trabajando. ¿Y el tercero?

Ayer de mañana, caminando para el trabajo, escribí un cuento, y yo ya había decidido que el otro ya estaba cerrado. Así que hoy pasé por una papelería, compré una carpetita, todavía ni le saqué el precio. Voy a arrancar esa hoja, ponerla en la carpeta del décimo libro de cuentos. Me divierte pensarlo como gran producción; es simplemente seguir escribiendo como hice siempre. Pero tenerlo en lugares distintos, y seguir escribiendo uno, ver cómo va este, es ponerle un poco de sal a ese oficio del tipo que va caminando sin mucha gracia. Es fundamental para que me siga gustando lo que hago y para divertirme.

¿Tu objetivo es publicar uno el año que viene?

Va a depender de la editorial. Si a este le va bien, vamos a cruzar los dedos, capaz que les interesa sacar otro el año que viene. Por lo general el promedio es dos años. Para mí terminarlos es algo que está lindo, la edición me encanta, pero es escribirlos y pensar que alguien tenga ganas de leerlos. A veces pasa más y a veces pasa menos.

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