En Isla de perros, Wes Anderson hace lindo lo feo

Animación detallada y una historia enternecedora signan un nuevo gol de Wes Anderson, aunque su manejo de la cultura japonesa deje alguna que otra duda

Por Gastón González Napoli

Por supuesto que la animación se adapta como ninguna otra técnica al estilo de Wes Anderson. El cuidado estético obsesivo es señal inmediatamente reconocible de su obra; la posibilidad de fabricar cada fotograma desde cero le cae como anillo al dedo. Ya lo había demostrado con El fantástico Sr. Zorro (Fantastic Mr. Fox, 2009), así que su nueva película, Isla de perros, no tenía nada que probar por ese lado. Sí significa un intento doble de Anderson por desafiarse: sale de Occidente y se mete en la cultura japonesa, y transcurre en un entorno marcado por su fealdad distópica.

La historia es la de la familia Kobayashi, amante de los gatos, que trató de eliminar a los perros tiempo atrás. El último de la dinastía es el alcalde de Megasaki, y está dispuesto a tomar venganza contra los mejores amigos del hombre. Kobayashi aprovecha que un virus se esparce entre ellos para afirmar que la salud humana corre peligro, por lo que debe desterrarse a todos los perros, callejeros y domésticos, a la Isla de la Basura. Eso incluye a Spots (Manchas), el perro del joven pupilo del alcalde, que es el primer can enviado en una jaula a esta tierra de desperdicios.

Tres años más tarde, Atari, el pupilo, viaja a la isla para encontrar a Spots. En su búsqueda lo acompañan felices de ayudarlo cuatro viejos perros domésticos, y uno ex callejero, Chief (Jefe), más violento y desaliñado, que los sigue a regañadientes. A los animales les ponen la voz estrellas como Bill Murray, Jeff Goldblum, Scarlett Johansson (tan identificable, aunque aparezca poco) y Bryan Cranston. Es Cranston (Walter White en Breaking Bad) quien da vida a Chief, y le provee delicadeza a momentos emotivos que en manos de otra dupla actor-director caerían del lado empalagoso del mostrador.

El panorama de la Isla de la Basura es desolador. Ese desafío Anderson lo aprueba como si nada. Como era de esperarse, él y su equipo de arte y fotografía minan belleza de una pila de botellas coloridas o un parque de diversiones fuera de servicio. Es animación stop-motion, por lo que todo lo que se ve se creó en el mundo real; los perros resultan mucho más admirables cuando se piensa eso. Y aunque simetría y atención milimétrica al detalle se dan por sentado en la filmografía de Anderson, sí hay una particularidad. El director utiliza una y otra vez un mismo tipo de composición, con un personaje en primer plano a un costado y otros, igualmente enfocados, al fondo de la otra punta del cuadro. En sus manos, parecería obvio que todas las películas por hacerse deberían emplearla, de tan linda que queda.

Mientras tanto, del otro lado del agua, el alcalde Kobayashi se acerca a la reelección, en una campaña impulsada por el miedo a los perros enfermos y la promesa de “solucionar” el “problema” que suponen. Los paralelismos con el Holocausto abundan, tanto narrativa como estéticamente. Los planos cenitales de un grupo de perros encerrado no son arbitrarios. Pero no se diga más para no sucumbir al spoiler. Menos cuando Anderson no cae en el facilismo. El autoritarismo de Kobayashi, en esta era en que están regresando los líderes demasiado fuertes, contrasta con las votaciones constantes de la troupe de perros, desprovistos de alguien que tome decisiones por todos. A pesar de que tengan nombres como Jefe (además de Chief, también hay un Boss), Rex o Duque.

Tanto la “fealdad” como la temática hacen evidente que Anderson tampoco se aleja de otro de los signos de su trabajo, la comedia dramática. Isla de perros es muy graciosa, en la que cada vez que hay una pelea se levanta una nube de polvo que se asemeja al algodón, pero no se toma para el chiste sus aspectos más duros ni evita la emoción. Para todo el trabajo técnico que acarrea, no tiene nada de fría.

Hasta ahí, uno de los desafíos de Anderson. ¿El otro, el salir de Occidente y viajar a Japón? Lo cumple con menos éxito. Puede argumentarse que no es Japón, así como El Gran Hotel Budapest no transcurre en Europa del Este ni Moonrise Kingdom en Estados Unidos. Es el universo Wes Anderson. La respuesta a ese argumento es que por algo elige que los personajes japoneses solo hablen en su idioma original. Y por algo habla de pagodas y encierra un buen número de referencias a Akira Kurosawa. Será a través del filtro pastel de Wes, pero sigue siendo Japón. Es rara entonces la decisión de no subtitular a los personajes japoneses, sino poner una “traductora” (Frances McDormand) en los actos públicos de Kobayashi, o a una estudiante yanqui de intercambio (Greta Gerwig) como la punta de lanza de la resistencia contra el plan macabro del alcalde. Se ha acusado a ese personaje de encajar con el viejo cliché del “salvador blanco” que viene a rescatar a los locales de sí mismos.

En fin. Los wesandersonistas no tendrán quejas, y los que lo ubican no harán más que reafirmar lo que opinen de él y su obsesión por la belleza. Para los aún no iniciados, es una entrada aceitada a una obra personalísima.

One comment

  • Carmen  

    El comentario de la película invita a mirarla…
    Gracias!

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