La flor de la vida: El complejo tesoro de la vejez

Adriana Loeff y Claudia Abend estrenaron el viernes pasado su segunda película, en la apertura de la edición número diez del DocMontevideo

Gabriella y Aldo en su juventud. Crédito: La flor de la vida

Por Gastón González Napoli

“Hay que saludar a las novias”. Claudia Abend y Adriana Loeff habían salido a la puerta de la Sala Zitarrosa e iban saludando a quienes entraban a ver su segunda película, La flor de la vida. Su primer trabajo conjunto desde aquel hit bien titulado Hit, de 2008. La sensación de fiesta fue confirmada por un cuarteto de jazz que acompañó el ingreso y únicamente fue interrumpida por una falla breve en la proyección. No tenía solo que ver con que arrancaba la décima edición del DocMontevideo: la fiesta tenía dos anfitrionas, que por fin habían llevado a la pantalla el trabajo de casi una década.

Abend y Loeff partieron en busca de historias de octogenarios. Publicaron un aviso en el diario y consiguieron un montón de testimonios, entre ellos de algunas caras conocidas, como el cineasta Mario Handler, la actriz Cristina Morán y la pintora Linda Kohen. Las directoras hallaron una historia de amor y desamor, y un ensayo sobre qué significa la ancianidad en un mundo que valora tanto la juventud y su divino tesoro. La flor de la vida es una película muy graciosa, a la vez que amarga. Es iluminadora sobre una experiencia humana cotidiana y desdeñada.

Entre los veteranos con ganas de contar su experiencia, a quienes filmaron en el Auditorio del Sodre, pasó un italiano que hablaba español con acento de Venezuela, donde había vivido años. Les dijo que era el protagonista de la película. Según contó Loeff, micrófono en mano tras el estreno, ambas directoras demoraron muchísimo material filmado y varios años de visionado en darse cuenta de que el hombre tenía razón.

La flor de la vida se estructura entonces alrededor de Aldo Macor, un personaje monumental -hilarante, magnético, falible, a veces odioso, a veces sabio- y su esposa desde hace unos 50 años, Gabriella, una mujer que transmite tristeza, dolor y fuerte entereza moral. La pareja vivió un amor apasionado, y sintió la llama de la pasión apagarse recientemente. Lo cuentan con una honestidad tal, hacen partícipe a la audiencia de una relación tan compleja, que entra en terreno de la ficción. No porque lo que cuenten no sea cierto: porque puede afirmarse que el documental narra la realidad pero se topa con una puerta íntima que no puede cruzar, un sitio a donde solo llega la ficción -la mentira como camino hacia la verdad más elemental-, y La flor de la vida no es el caso. Gabriella y Aldo visten su verdad como una escarapela. Para bien y para mal, para dolor y para alegría.

Aldo resulta además un aliado enorme para las documentalistas gracias a su extenso archivo. Quizá por su gigantesco ego, que reconoce enseguida, desde muy joven filmó y documentó su vida. Primero con cámaras de Super-8, en imágenes escapadas de una película italiana de los 60; luego con calidades superiores, típicas de los VHS familiares de 80s y 90s. Incluso se abrió un canal de YouTube, que no se utiliza en la película de forma explícita, pero sí se aprovecha para dejar a Aldo hablando solo a cámara: el momento en el que da su testimonio más trascendente, cuando elabora sobre qué tiene bueno llegar a la vejez si estás en soledad y nadie escucha lo que has aprendido.

El resto de los testimonios se convierte en un coro griego, como lo definen las autoras en los créditos finales. Recuerda a cómo se hizo, ahí sí falseado, en Cuando Harry conoció a Sally, con aquellas entrevistas a parejas que hablaban sobre el amor. El coro acompaña, complementa y deja una buena cantidad de mensajes y enseñanzas.

Les costó ocho años y tres hijos, como presentó la película el director de DocMontevideo, Luis González Zaffaroni, pero Abend y Loeff sacaron adelante un documental a la vez nostálgico y removedor, que mira hacia atrás para poder mirar hacia el futuro.

LA FLOR DE LA VIDA (2018) – trailer oficial from MMS Films on Vimeo.

One comment

  • Liliana  

    Acabo de regresar del cine de ver este interesante documental, y me sorprendió creer encontrar entre el coro griego a una señora que fue profesora mía de matemáticas hace muchísimos años. Me gustaría que alguien me contestara si es ella efectivamente. Su nombre es Blanca. Si me confirman el apellido, me harán muy feliz. Muchas gracias.

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