“La forma del agua” contra la voluntad de poder

Guillermo Del Toro trae, junto con un hombre anfibio y una protagonista muda, La forma del agua: una oda al cine, pero más que nada, al amor cualquiera sea su forma

Por Federica Bordaberry

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche dedicó gran parte de su obra a argumentar sobre la voluntad de poder. La consideraba un carácter sustancial del ser humano. La película más reciente de Guillermo Del Toro, La forma del agua (The Shape of Water es su título original), contradice este principio. En ella no gana el más poderoso, sino el que tiene más capacidad de amar.

La protagoniza Eliza (Sally Hawkins, nominada a Mejor actriz en los Óscar), una mujer muda y solitaria. Trabaja como limpiadora en un laboratorio de alta seguridad en la Baltimore de 1962; dentro de él descubre un secreto de Estado: una criatura anfibia (Doug Jones, colaborador usual de las películas de Del Toro), traída desde el Amazonas, viviendo en un tanque. Humana y anfibia desarrollan un vínculo romántico, y Eliza decide evitarle el destino fatal que le depara allí. Lo esconde en su bañera con la ayuda de su amiga (Octavia Spencer), su vecino homosexual (Richard Jenkins) y un científico apasionado (Michael Stuhlbarg), mientras escapan de un general muy violento y autoritario (Michael Shannon).

Del Toro y su co-guionista Vanessa Taylor (que escribirá la remake de Aladdin) construyen su propio cuento de hadas. Como antes había hecho el mexicano con El laberinto del fauno. Los marginados sociales se transforman en los protagonistas y juegan el papel de buenos. Lo socialmente aceptado tiende a lo maligno y a lo opresor. La historia de Eliza pone fe en la humanidad durante la Guerra Fría; época de tolerancia más que volátil.

Así, con una división de personajes al estilo Disney, se crea una mitología de la era de la globalización. Quiere ser también un “antídoto contra el trumpismo” (palabras del propio director), y revalorizar la imaginación. Pero una imaginación que no se despega de la crítica política y social. Tiene como objetivo principal valorar lo extraño, lo injustamente categorizado como raro.

Por si un viaje a un universo de fantasía, que viene con bastante verosimilitud histórica, no es suficiente, La forma del agua se muestra con elegancia de pavo real gracias a sus efectos especiales. Comienzan en la primera escena, con una casa sumergida bajo agua, y se mantienen durante toda la película. Baños inundados, luces en el cuerpo del anfibio. Tampoco es lo único a destacar del diseño de arte. La película está pintada con una paleta de verdes y celestes –un Cadillac turquesa y el cuerpo verde y azul del hombre anfibio- y tonos de óxido –edificios de los sesentas y bases aeroespaciales-; presenta un mundo sombrío que ingresa dentro de un posible realismo mágico. Es digno de aplausos. No hace uso de los recursos digitales avanzados de los que dispone el cine actual por show. Se vale de ellos para contar una historia.

Y esa historia no está contada solamente con referencia a los años sesenta, donde se sitúa. Hace guiños al cine del horror de los cincuenta y a los musicales de los treintas y cuarentas. Como si la trama fuera una cuerda larga, Del Toro hace nudos para incluir un poco de humor y aún más fantasía.

Mucha cosa, ¿no? Pero La forma del agua sella su ambición con éxito por su narrativa basada en la comunicación no verbal. El de Eliza es un romance que no se transmite a través de palabras: su fuerza parece imantar su cuerpo y el del anfibio.

Todo parece maravilloso: tampoco tanto. La forma del agua es cine sonámbulo. Una narrativa muy Joseph Campbell con su teoría del Héroe de las mil caras. La creatividad que pone el espectador es limitada y se pone en peligro. Es fácil imaginar un público cómodamente adormecido frente a la pantalla. De todas maneras se encuentra bien disimulado con personajes que tienen facetas no siempre heroicas –Eliza se masturba rutinariamente todas las mañanas, por ejemplo-. No encajan al cien por ciento con los arquetipos de Campbell. La película funciona porque Del Toro le da un toque personal a cada personaje.

“El curso del amor verdadero nunca fue destinado a funcionar sin problemas”, dice Lisandro, el personaje de Shakespeare, en El sueño de una noche de verano. Y es lo que propone La forma del agua. Un amor que trasciende todas las formas y que contradice la teoría de la voluntad de poder. Le devuelve la esperanza a una sociedad derrotada por la violencia y alienación nietzscheana.

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