La noche de 12 años es una película fría y confundida, rescatada por el trabajo actoral

La tercera obra de Álvaro Brechner viene impulsada por la sensación de que ya casi tiene el Óscar ganado, y es difícil entender por qué

Foto: captura de pantalla del tráiler de La noche de 12 años

Por Gastón González Napoli

La noche de 12 años es la película uruguaya del 2018. No solo porque adapta un libro como Memorias del calabozo, ni siquiera porque la protagonicen José Mujica, Eleuterio Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof. Es que la envuelve un hype, un “darle para adelante”, tan gigante, que si uno se demoró unos días en ir a verla, se esperaba una maravilla del séptimo arte. Apenas se estrenó ya se hablaba del Óscar.

Mientras tanto, en el otro bando, porque la propia temática divide las aguas, vuelan palos por la construcción de la épica tupamara. Cómo puede ser que no cuente las historias de todas las otras personas que lucharon contra la dictadura, se pregunta.

Mucho se ha dicho en estos días de La noche de 12 años, así que estas son algunas consideraciones como para aportar a la discusión. La primera: sería una verdadera pena que esta fuera la primera película uruguaya en ser nominada a los premios de la Academia de Hollywood.

La segunda…

2. La realización no está a la altura de la historia

Poco después del golpe de Estado de 1973, un grupo de tupamaros presos fue separado de los demás y encerrado en condiciones tétricas. Convertidos en rehenes de la dictadura, como una suerte de garantía para que no se intentara rearmar a la guerrilla. La noche de 12 años toma la historia de tres de ellos: Rosencof, interpretado por el “Chino” Darín; Fernández Huidobro, a quien encarna el único actor uruguayo, Alfonso Tort; y José Mujica, llevado a la pantalla por el español Antonio de la Torre.

Es una historia desafiante para el cine. Estos tres hombres se pasaron encerrados en soledad y sin poder hablar con nadie. Las posibilidades cinematográficas son muchísimas: un silencio desesperante, una suciedad enfermante, una oscuridad que haga dudar de qué es cierto y qué no. El director Álvaro Brechner elige, en cambio, la vía más sencilla.

No toma ninguna decisión fuera de lo común. De lo esperable. No intenta meterse en la cabeza de los personajes, solo los muestra sufriendo. Y tampoco sufriendo tanto: no hay demasiadas escenas de violencia. No corre sangre. Esto hace que la película se vuelva larga y que las fichas de lo emotivo recién caigan en su lugar al final. Hasta el tercer acto, emociona poco.

Brechner no emplea la cámara a su favor. Con la excepción honrosa de la trama de Mujica, sobre lo que se hablará más un poco más abajo, su lente es un ojo que mira y no que participa. Esto convierte a La noche de 12 años en fría. Tampoco se vale del sonido o del montaje. Ni siquiera se vale de la música -con una excepción vergonzosa en el tercer acto, la elección ridícula de una canción en inglés como si no hubieran temas uruguayos emotivos-. Es como un documental clásico. Como si se tuviese un respeto exacerbado por el texto de Memorias del calabozo y no la valentía para romper con la narración literaria. Brechner se ha dedicado a citar a Sartre y a Kafka en todas las entrevistas que da; tanto afán intelectual le limó el enfoque humanista.

Además, los textos que aparecen en pantalla tienen faltas de ortografía numerosas. Faltan primeros signos de interrogación (¿) y se le pone mayúscula a palabras que no la llevan, como “setiembre” o “diputado”. Esa displicencia por el lenguaje es mala señal.

Uno solo puede lamentarse pensando en qué habría hecho con este material un director con una mayor vocación por el estilo. Por la forma.

3. La historia no le hace justicia a la Historia

Brechner también firma el guion, y tampoco toma prácticamente riesgos con la narrativa. Cuenta estas tramas de forma cronológica, suma apenas algún flashback. Pasan los años, indicados con texto en pantalla, y los prisioneros son movidos de un pozo a otro hasta que la dictadura cae y los tres son liberados (ay, sí, spoiler; pasó hace tres décadas).

Esa devoción por el libro original le pesa a 12 años de oscuridad. Hay cosas que no se entienden si no se leyó Memorias del calabozo. Por ejemplo: de la nada, Rosencof y Huidobro se comunican golpeando los muros que los separan. ¿Es código morse? ¿Cómo lo conocen? Hay otro momento en que Huidobro escucha teclear una máquina de escribir y escribe algo en código en un jabón. ¿Qué es esto? ¿Qué rol cumple?

Esa palabra, rol, se le escapa a esta película. Prefiere contar sucesos y escenas del libro y no armar un guion propiamente dicho. No busca que la historia funcione sino que cuente cosas. Y el guion no es solamente contar sino cómo se lo cuenta. Cómo se hila.

Así se dan escenas incongruentes. Huidobro sueña con un día de campo con su mujer y su hija, a la que, aparentemente, no conoce todavía. Se ve que Brechner quería poner una escena en la que él interactuara con su familia. Hacerlo con un sueño es el lugar común más tremendo imaginable, y tampoco tiene sentido. ¿Cómo sueña con una niña a la que nunca vio? Algo similar sucede más tarde con Mujica, que conoce información de algunos soldados por arte de magia. Nunca se aclara cómo lo sabe. Otro ejemplo: ¿qué rol cumple el personaje de Soledad Villamil, que aparece sobre el final? Ninguno.

Una jugada algo arriesgada que toma Brechner es no pintar a todos los militares como la maldad encarnada. Hay uno, que interactúa con Rosencof, que tiene algo de humanidad. La pena es que no haga lo contrario con sus protagonistas. La noche de 12 años no da contexto, no explica por qué estos tres hombres están presos. Cuando hay flashbacks, no se los muestra cometiendo ninguna atrocidad -que las cometieron- sino que se muestra a las Fuerzas Armadas en plan destructoras de todo.

Y ojo, esto no es para decir que los delitos de unos y otros sean comparables. No lo son. El terrorismo de Estado no es comparable con la guerrilla. Pero al no mostrar a los tupamaros haciendo nada “malo”, se le resta complejidad a estos personajes. Cuando Mujica es capturado, en un flashback, es el policía quien dispara primero. Ni siquiera se le da eso, ni siquiera es él quien ataca. Los tupamaros tenían la cárcel del pueblo, en que las condiciones no eran mucho mejores que estas: ¿no vale la pena mostrar esa ironía?

Esto hace más fácil simpatizar con ellos, claro, pero le resta dificultad a un filme que debería haber sido difícil. Meterse en el barro y encontrar la manera de salir: eso habría sido loable. Mostrarlos como lo que eran -terroristas de poca monta- y aun así sacar una conclusión positiva -no se merecían un castigo como este, ni de cerca-.

4. ¿Importa el contexto?

Aquí es donde aparecen otras críticas de corte histórico. “Como enfoque político es totalmente parcial. Le falta el 99% de la historia de este país”, dijo, por nombrar a alguien, Esteban Valenti. “Le falta el hecho de que así como vivieron esos tres seres humanos, vivieron miles”, continúa el publicista, que militó en filas comunistas. “Y algunos mucho peor, mucho peor. Algunos se murieron, algunos desaparecieron y algunos pasaron niveles de tortura absolutamente inenarrables”. Todo esto es cierto. Pero esta película no puede contar miles de realidades. Puede contar estas. Y está bien.

Este tipo de críticas hay que barrerla de entrada: no cuenta las historias de otras personas porque no quiere ni debe hacerlo. Que lo hagan otros, como ha dicho la productora Mariela Besuievsky. Fin.

Ahora, la falta de contexto le resta complejidad, como dicho antes, y daña a los personajes. Huidobro debería haber sido un personaje fantástico. Un hombre sagaz, ácido como él solo; un hombre de idas y vueltas, a veces incomprensible; un hombre que se fue tornando oscuro, trancando investigaciones de derechos humanos. Brechner se saltea todo eso y muestra a un personaje que podría ser cualquier persona del mundo. A duras penas es un personaje.

Lo mismo con el militar que interpreta César Troncoso. Lo único que se sabe de él es que es malo. Como caracterización, es escasa. La falta de contexto le quita cuerpo y lo caricaturiza. Sí, militares como él los hubo y eran objetivamente malos, pero esto es cine y los villanos que más se recuerdan son los que atraen de alguna forma. Aparte de que está mal distribuido en el guion, porque apenas aparece en las más de dos horas de metraje; se recurre a otros militares ignotos, tal vez para mostrar una responsabilidad compartida, que acaba jugando en contra. Troncoso hace lo que puede casi sin espacio para trabajar. Si le hubieran dado un personaje real, como a los demás, un José “Nino” Gavazzo, como había trascendido al principio, habría tenido un impacto mayor.

Tampoco habría estado mal si le hubieran eliminado la voz en off en la que básicamente explica qué están haciendo con estos rehenes, porque -como casi todas las voces en off- sobra.

5. El tono son varios y no es ninguno

La noche de 12 años es una película confundida. No sabe qué tipo de película quiere ser. Arranca con un largo plano en 360 grados, violento pero musicalizado con alegría, un contraste que hace pensar que se viene una onda tarantinesca. No se vuelve a apelar a un recurso tal.

El personaje de Mujica parece estar en un filme diferente de los personajes de Huidobro y Rosencof. Es con él con el único que Brechner prueba algunos recursos más psicológicos a través de un montaje rápido y una fotografía más subjetiva. Es quien tiene las escenas más dramáticas y mejor construidas, como todo lo relativo a su madre. Y al tener la menor cantidad de diálogo, se vuelve el personaje más misterioso y atractivo. Se presiente en él el magnetismo del verdadero expresidente. Mujica está en un drama casi bélico. Fragmentos cómicos alivian y potencian los otros más trágicos.

Rosencof y Huidobro, en cambio, están en una comedia dramática. La tensión debería ser mucho más alta en sus tramas. Brechner se desenvuelve bien en la comedia y esas escenas -Huidobro en el baño, Rosencof con las cartas- funcionan perfectamente en el vacío. Pero en el esquema mayor de la película, hacen ruido. Los segmentos de estos dos parecen fotocopiados de Sueños de libertad (The Shawshank Redemption), uno de los filmes carcelarios por excelencia.

La Historia es durísima. Pero esta no es una película durísima.

6. Los actores la salvan

Las faltas de la realización quedan compensadas en gran parte por una producción estelar y por las actuaciones de Darín, Tort y de la Torre. La producción está despegada de la media uruguaya: la alianza con Tornasol Films los llevó a filmar en España, en locaciones de primera. Se desembolsó la plata que el puro tamaño de La noche de 12 años demandaba.

Lo mismo con los actores. Tort, que este año también estuvo en Las olas, tiene un mero sketch de personaje con el que trabajar y le exprime jugo. Su transformación física es la que más impacta.

Darín le pone carisma a su Rosencof. Es inteligente, es un poeta. Tampoco tiene demasiado de lo que agarrarse, pero no desentona.

Y Antonio de la Torre se roba la película. El español le agarra la manera de hablar a Mujica sin imitarlo. No es el Mujica de hoy, es como uno se imagina que hablaba el Mujica de hace cuarenta, treinta años. Es un trabajo fenomenal. Y es de quien más se exige, porque es el único con el que se explora el costado de la tortura mental. De la Torre le emboca a cada nota.

7. Mujica superstar

Las críticas quedan anuladas por el star power internacional de José Mujica. Tal vez baste él para garantizar una nominación. Los Óscar son premios comerciales, en los que el triunfo se debe casi tanto al lobby como a la calidad del filme en cuestión. La noche de 12 años tiene detrás a Tornasol Films, que supo ganar esta distinción con El secreto de sus ojos, por lo que la experiencia con los mecanismos internos está.

Una pena que la película no se haya animado a más.

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