Las herederas: Cine paraguayo premiado en Berlín

Esta película paraguaya, en coproducción con Uruguay y otra buena cantidad de países, estará en cartel una semana más

Por Gastón González Napoli

Las herederas es un drama romántico paraguayo con etiqueta de coproducción uruguaya. Decirlo es estirar un poco el concepto: a diferencia, por ejemplo, de Benzinho, ni siquiera cuenta con un actor oriental. Pero sí va en la línea con la filmografía de Mutante Cine y su antecesora Control Z. Historias pequeñas, estudios de personaje, apuntados a la fibra íntima. Esta cuenta, además, con una actuación protagónica de una sutileza memorable, y una fotografía recatada, que pasa desapercibida, pero resalta la belleza de lo cotidiano y se vale de la subjetividad de su personaje central.

Ahora sí, a la historia. Una mujer de mediana edad, “Chiquita”, debe entregarse voluntariamente en la cárcel, procesada por estafa. Asegura que lo que tiene es deudas, que la engañaron para que firmara “documentos” que resultaron en la acusación criminal. Para tapar el agujero, se ve obligada a poner en venta muebles, juegos de comedor, copas de cristal, pinturas… herencias varias. Y cuando parece que Las herederas se convierte en Paraguay Is The New Black, la película deja a Chiquita presa y se queda con su pareja, Chela, callada, inactiva, triste como ella sola, propietaria original de la mayoría de elementos que están vendiendo, que ve cómo su vida material se esfuma un comprador a la vez. La casa queda más y más vacía (otra cosa que comparte con Benzinho es el hogar como metáfora de la vida. Pero Las herederas lo teje con más subtexto).

De casualidad empieza a trabajar llevando a señoras del barrio, como un Uber a la vieja usanza, y así conoce a Angy, una mujer más joven. Angy es heterosexual, pero el contacto con ella le mueve el piso a Chela. Claro, el movimiento de piso es suave. Acá no hay radicalismos. No son necesarios. Ana Brun, que interpreta a Chela, dice con sus ojos todo lo que necesita decirse. Ni siquiera es que tenga un rostro particularmente expresivo: su gestualidad es tan mínima como la trama. Brun tiene la capacidad de transmitir un menjunje de emociones solo con eso.

Chela es todo lo que no debe ser una protagonista. Las herederas centra entonces su trama en empujarla a tomar una decisión. Ese es el resumen más básico de esta película. Una mujer frágil, con una cara de cachorra mojada que no puede más, se ve despojada y por primera vez -basta verle la cara para saber que es la primera vez- evalúa dejarse tentar por el peligro.

El director y guionista Marcelo Martinessi, novel, sabe aprovechar el talento de Brun. Sabe cuándo mostrar una espalda dice mucho, cuándo compartir un cigarrillo puede ser el pico del erotismo, sabe que esta historia es de mujeres y deja a todos los actores hombres al fondo de los planos en los que aparecen, muy lejos de atinar a robarle el foco a ellas.

Las herederas llega con el viento de cola de cinco premios en la Berlinale, uno de los festivales de cine más prestigiosos del mundo. Se llevó el reconocimiento de la prensa independiente, el de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica, el premio del público, el Oso de Plata Alfred Bauer (que se entrega a obras que abran “nuevas perspectivas en el arte cinematográfico”) y el Oso de Plata a la Mejor Actriz para Ana Brun.

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