Las horas más oscuras: Winston Churchill, comediante

Gary Oldman entrega otra medalla de oro para su palmarés, pero Las horas más oscuras no está a la misma altura de su actuación

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Joe Wright es un director inconsistente. Por cada Orgullo y prejuicio, se manda un Anna Karenina. Por cada Hanna, que es una joyita de acción pasada por alto, tropieza con la última versión de Peter Pan. Pero en el acierto o en el error es un realizador técnico experto. El ejemplo más famoso de su mano es el plano secuencia en la playa de Dunkerque de Expiación, deseo y pecado. Una coreografía impensable. Pueden nombrarse también esta pelea en el subte  o este tracking shot de Keira Knightley recorriendo una fiesta del siglo XIX.

¿Por qué entonces su última película, Las horas más oscuras, es tan poco inspirada? Más cuando el material del que se nutre es tan inspirador. Un recuento de los primeros días de Winston Churchill como primer ministro británico. Cargada de sus discursos míticos, que levantaban a un muerto -sumado al espíritu yes we can que Hollywood le imprime a toda película sobre la Segunda Guerra Mundial-. Y aun con una actuación descomunal de un Gary Oldman casi irreconocible, a Joe Wright se le escurre entre los dedos. A ver, no es mala. Pasa que recuerda a otras obras, más ajustadas, en las que se notan menos las costuras.

La Historia con mayúscula es harto conocida y aun así inagotable. Mayo de 1940: Neville Chamberlain renuncia, su política conciliadora con el nazismo fracasada. En su lugar se eleva a Churchill, un político veterano, ex militar, quien más de dos décadas después todavía carga con la culpa de errores garrafales en la Gran Guerra. Churchill debe armar gobierno, ganarse la confianza del rey Jorge VI -el tartamudo-, y definir si conviene comenzar negociaciones de paz. Mientras del otro lado del Canal de la Mancha llega la noticia de que 300.000 soldados británicos están atrapados en la playa de Dunkerque. Su pérdida significa la derrota absoluta.

No va a ser inspirador, no.

Que sí, que Churchill, sobre todo en tiempos recientes, es una figura controvertida; ahora, cuando enfrente tenés al demonio en persona, poco espacio hay para la polémica. Gary Oldman a full, la música conmovedora de Dario Marianelli… ¿Cómo hacés para errarle?

La caída tiene la culpa

Churchill me habría mirado con el desprecio que dirigió al fotógrafo que le sacó el habano. Pero comparé Las horas más oscuras con La caída, la película de Oliver Hirschbiegel que narra el final de Adolf Hitler en su búnker berlinés. Abundan las locaciones subterráneas, escenas con mapas, actuaciones centrales que humillan a la competencia. La guerra como un trasfondo, el manejo de políticos que nunca ven una bala. Además del vínculo obvio: el punto más bajo de dos de los líderes máximos de la Segunda Guerra. Y la cosa va más allá, porque las dos películas hacen foco en las secretarias del británico y del austríaco.

De la comparación, sale perdiendo Las horas más oscuras. Parte de la culpa está en hacer de Churchill un personaje cómico. No solo porque John Lithgow lo hizo con maestría hace muy poco en The Crown. Sino porque así se fomenta el cliché de que a la gente crack se le perdona que sean hijos de puta. Ya basta con tomárselo para la chacota. Un ápice de originalidad no viene mal. Este no es un alegato en contra del humor, jamás se leerán esas palabras de parte de quien escribe. Es que acá se perdió la chance de darle más peso a la trama para poner otro chiste de Churchill dictando un discurso desde adentro del baño.

Y lo de la secretaria es rarísimo. El guionista Bernd Eichinger tomó la decisión de apoyarse en ella en La caída porque de lo contrario el protagonista de su película habría sido Hitler, y no querés forzar a nadie a empatizar con Hitler. No se puede, ni se debe. ¿Por qué en Las horas más oscuras está Lily James emocionándose de fondo con las palabras que ayuda a transcribir a Churchill? ¿Llorando porque él la trata mal, tomando coraje luego? Bueno, aparte de porque Lily James es una actriz de moda (es el amor de Baby en Baby Driver), se entiende poco.

Y también la tiene el guion

El guionista Anthony McCarten, que antes escribió La teoría del todo, ni siquiera intenta hacer de la secretaria un personaje. Es un mero croquis, quizá fruto de un requerimiento del estudio de poner a alguien joven. Quizá fruto de la incapacidad de McCarten de mostrar un crecimiento en un personaje sin necesidad de recurrir al truco gastado de hacerlo mirar una foto. ¿Por qué, si no, no se enfoca más en Clementine, la célebre esposa del primer ministro? Más cuando Kristin Scott Thomas es una rival más que digna de la bestia de Gary Oldman. Su Clemmie cobra vida, lejos del estilo de actuación del protagonista.

Es poco aconsejable juzgar un guion a partir de la película terminada; hagámoslo igual. Si hay que buscar culpas, ha de tenerla más McCarten que Wright. Se adivina bastante rápido, cuando los parlamentarios que apoyan a Chamberlain se reúnen con él y proponen como sucesor a Lord Halifax. “Nuestro ministro de Relaciones Exteriores”, aclaran. Enseguida suenan las alarmas: esa aclaración es directa para el espectador. Si el guionista no sabe transmitir esa información de manera menos obvia, pierde la confianza. En este caso, el presentimiento se cumple.

La escena de Churchill en un subte, una suerte de focus group, camina la cuerda floja del patetismo. De la vergüenza ajena. Dejar afuera de la película la resolución de la Operación Dínamo, el rescate de aquellos 300.000 soldados de Dunkerque, tampoco ayuda. Está cantado que ese era el clímax. Una decisión de Churchill que salva a cientos de miles. Que salva las pretensiones del Reino Unido en la guerra. No. McCarten prefiere terminar con un discurso. El mismo discurso que el inteligentísimo equipo de márketing puso en el tráiler.

Al menos tenemos a Gary

Cuando Joe Wright se suelta de las restricciones de un guion tambaleante, consigue un puñado de planos que dejan entrever su calidad como autor. Que incluso lo muestran maduro, sin necesidad de recurrir a grandes planos secuencia. Le basta con jugar con la oscuridad. Y la actuación de Oldman es brutal. Prediseñada para ganar el óscar, sí, premio que por cierto Oldman jamás ha obtenido. No por eso menos valiosa.

No faltan buenas películas sobre la Segunda Guerra Mundial, menos todavía sobre Dunkerque. Si Christopher Nolan sacó una con ese mismo título a mediados del año pasado. Así que lo de Las horas más oscuras no es la gran pérdida. Sigue siendo un rato entretenido y hasta emocionante en el cine. La lástima es que eso se deba más a los discursos de Churchill que a las herramientas del cine. Los discursos pueden escucharse en YouTube.

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