Las lluvias de Liliana Villanueva

Publicó este año Lloverá siempre. Las vidas de María Esther Gilio, conjunto de conversaciones con la fundamental entrevistadora uruguaya. Sirve de excusa para conocer más a esta arquitecta argentina que casi de casualidad se metió en el periodismo y que acaba de editar su tercer libro en dos años

Por Gastón González Napoli

En Lloverá siempre, su colección de entrevistas a María Esther Gilio, Liliana Villanueva elige desaparecer. Deja a Gilio hablar sola, no incluye ninguna de sus preguntas, y elimina cualquier aspecto privado. Su lado de la historia, dice, “no le importa a nadie”. Pero el subtítulo del libro, Las vidas de María Esther Gilio, aplica bastante bien a su propia biografía.

Una biografía que parte de Buenos Aires, pasa por Berlín, muta en Moscú y da una serie de giros en Montevideo. Es la historia de una arquitecta argentina con sueños de crónicas de viaje que de casualidad se sienta en un ómnibus junto a una entrevistadora uruguaya estelar.

La historia de una mujer de mediana edad que traba una amistad entrañable con una anciana, y que decide entrevistarla cuando la anciana empieza a perder su memoria prodigiosa.

Una historia que culmina, tras un camino difícil, con un libro gracioso, dramático, lleno de vueltas de tuerca, con una protagonista monumental.

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Lloverá siempre atenta contra las normas periodísticas y coquetea con la ficción. Villanueva tomó conversaciones incontables entre amigas y las condensó en una sola charla imaginaria, que extendió, profundizó, chequeó y detalló en un trabajo de investigación y documentación tras la muerte de su entrevistada. Como escenario, seleccionó una tarde de apagón lluvioso que supo compartir con Gilio, nueve horas que terminaron en la playa de Pocitos. Bajo una luz del sol que se va apagando, Gilio narra una vida tan recargada que a veces resulta increíble.

E insiste, en más de una ocasión, en que a nadie le debe importar lo que tiene para decir.

En entrevista -extensa, llena de bifurcaciones- telefónica con MOOG, Villanueva aclara que Lloverá siempre no es una biografía. Lo que buscaba era “rescatar una voz”. Prefirió tomar técnicas aprendidas en talleres literarios y trabajar la voz de Gilio, en lugar de transcribir palabra por palabra las charlas “muy caóticas” que habían tenido.

“Eran más charlas que entrevistas, porque ella daba vuelta la entrevista enseguida, era muy curiosa, te preguntaba por tu vida, qué te parece tal cosa”, dice Villanueva. “Te terminaba entrevistando a vos”.

Se ve que la argentina escuchó y leyó a su protagonista, quien lejos estaba de contentarse con una mera desgrabación.

“Eso mejor no lo pongas”, le dice Gilio más de una vez en Lloverá siempre, y le aconseja cómo quedaría mejor armado. Villanueva lo pone igual, lo que en teoría viola el acuerdo de off the record, una finta más a las normas frías. Y al hacerlo pinta a Gilio en cuerpo y alma, como un personaje fantástico, una mentora querible, divertida, imperfecta. Dan ganas de ir a comprar sus obras completas.

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En los papeles, Liliana Villanueva es arquitecta. Nació en Buenos Aires, y desde niña quiso escapar de la capital argentina. Lo hizo con 21 años. A la semana de recibirse se fue a Berlín, donde vivía su novio: era 1989, un mes antes de la caída del Muro. El periodista era su pareja, y a través de los contactos de él descubrió no solo que le gustaba el oficio, sino que tenía talento para él. Aunque no se desvinculó de su carrera: dice que no se puede dejar de ser arquitecta, y que se refleja en cómo estructura y planifica -además de cuánto le gustan los concursos-. En 2017, un par de décadas después de encontrarse con el periodismo, Villanueva ganó con su manuscrito de Lloverá siempre el prestigioso premio cubano Casa de las Américas, en la categoría Testimonios.

En los papeles, María Esther Gilio era abogada. Los que escribían eran sus amigos; un tal Juan Carlos Onetti, un tal Carlos Maggi. De a poco se fue acercando a la palabra y haciéndose un hueco en medios de estatus hoy mítico como Marcha. Pero no se desvinculó del Derecho: con su título, Gilio podía entrar a las cárceles y hablar con los tupamaros presos durante el gobierno de Pacheco Areco. Es de ahí que nace su primer libro, cuando ya pisaba los 50 años, en 1970: La guerrilla tupamara. Con él obtuvo el prestigioso premio cubano Casa de las Américas, en la categoría Testimonios.

Pero basta de paralelismos. Para entender el camino hacia Lloverá siempre, hay que volver a Alemania.

Nueve años vivió Villanueva en Berlín, como arquitecta-solo-arquitecta. Trabajó “muy intensamente”. Cuando la agencia de noticias en que se desempeñaba su pareja le ofreció un puesto en Moscú, dudaron, pero terminaron armando las valijas. En Sombras rusas, publicado en 2017 por la editorial Blatt & Ríos, Villanueva narra su vida en esa ciudad y a través de eso muestra la vida moscovita de los 90.

Un recorrido por el mausoleo de Lenin, una visita a Siberia, el frío incomprensible, un encuentro fortuito con la supuesta hija de Stalin, una entrevista con el traductor ruso de Cortázar y Borges. Una charla con un mendocino que convenció a Menem de hacer viajes al espacio y terminó en Rusia buscando apoyos.

Las dificultades para tener hijos, algún episodio súper interno de su pareja, un incendio que la dejó sin casa y le regaló una frase para encuadrar: “Moscú no cree en lágrimas”.

Su amistad con Natasha, una rusa que se quedó con sus jacarandás y palos borrachos cuando Villanueva regresó a Argentina; plantas que actuaron como un germen de la argentinidad, ya que ahora Natasha está enamorada del tango y fantasea con visitar Jujuy.

También en Sombras rusas cuenta cómo fue descubriendo su habilidad para el periodismo, cómo le fueron dando espacio en la agencia de su pareja, primero con crónicas más coloridas y más tarde con confianza para encarar temas políticos. Luego un periodista uruguayo radicado en Europa le ofreció una columna radial.

Qué sabría ella que años más tarde tendría un espacio sobre escritura en Radio Uruguay.

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-¿Cómo definirías Sombras rusas? No es exactamente una crónica de viaje.

-No, no, me da la sensación de que no me tomo muy en serio los géneros. Cuando trabajás en periodismo no podés irte tanto por las ramas, pero cuando no tenés un jefe o un editor te da más libertad. Había una versión de Sombras rusas que la terminé en 2012, que tenía otro título, Moscú no cree en lágrimas. Era más periodístico. Estaba para publicar, pero era otro libro. Y era muy difícil encontrar un editor que crea en vos… que crea en vos no es tanto, me pasa que les gusta mucho lo que escribo, pero después me dicen “yo no sé si lo puedo vender”.

Volviendo a tu pregunta, Sombras rusas tenía ya ese formato más periodístico, y fui a muchos talleres, me armé mis pequeños círculos de lectores, porque el taller literario, o el de escritura, para lo que más sirve es para encontrar tus primeros lectores; uno aprende sólo o leyendo. Entonces muchos de mis compañeros me decían: “Están buenas las crónicas rusas, pero no se entiende qué estás haciendo vos en Rusia”. En algún momento retomé el libro, fui a otro taller, el de mi primer editor, Damián Ríos, y cambió totalmente.

Es la antítesis del periodismo de agencia que vos estabas haciendo en ese momento.

-Totalmente.

-¿Intentabas ponerle algo más personal a ese género? Debe de ser el más frío de todos.

Personal es muy difícil de poner en un texto de agencia de noticias. De cualquier manera, yo no podía escribir ni de política ni de economía, entonces de repente escribía sobre unos pingüinos chilenos que habían llegado a un zoológico de Moscú. Era como un cuentito. Y lo más interesante es que cuando vos escribís, muchas veces está la divisoria entre la ficción y la no ficción, pero cuando viajás y te pasan cosas así, y conocés a un mendocino que convenció al presidente de construir una estación espacial en el medio de Córdoba o de La Rioja, no necesitás tener mucha imaginación.

-Me acordaba de ver el discurso de Menem

-“En una hora, en dos horas, vamos a estar en Japón”. El muchacho este lo había convencido, Pablo Flores. Después perdí el contacto, pero era un personaje lindísimo. Él y su mujer súper celosa.

-Con el Mundial se te habrán venido un montón de recuerdos.

-Más o menos. Mantuve el contacto, pero Rusia cambió muchísimo. Yo no viví la era Putin. Sí viví todo el proceso cuando él llegó al poder. Después hice un viaje, y vi un cambio.

-¿Para mejor o para peor?

-No sabría decirte, porque estuve en Moscú creo que una semana y después seguí viaje al sur, a la zona de Cáucaso. Fue un viaje medio personal. Después estuve invitada a un casamiento, no fui como periodista. Fui a ver a un amigo, a una amiga y después a un ex amante [se ríe]. Estuve muy poco preocupada del tema político.

-Pero hay cambios que se ven en el caminar por la calle.

-Sin embargo, hay cosas que no cambian. Los cambios se ven en las ciudades grandes. La Unión Soviética no se derrumbó. Fue un cambio de manos, fue un tratado, sacaron la bandera soviética de las torres del Kremlin y pusieron la de la Federación Rusa. Pero han quedado muchas cosas. El ser soviético persiste. Hay todavía una generación que creció en la Unión Soviética. Tengo una amiga que ahora tiene cuarenta y pico, y amigas de mi edad, y toda su infancia fueron soviéticas.

Esta amiga, Natasha, que está en el libro, al final, ella cuando la conocí me decía que su sueño en la escuela era ser cosmonauta. Y cuando la visito unos años más tarde me dice: “No, nunca, yo siempre quise ser bailarina”. Creo que ella misma no se da cuenta. Es realmente otra actitud hacia la vida, hacia el mundo. En épocas en que estaba activa en Facebook, yo ponía algo por el 1º de mayo, un póster soviético, que me encanta la vanguardia rusa, y ella me decía: “Ay, pero Lili, eso ya pasó, tenés que pensar en el futuro, en las flores”.

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Unos cuatro años vivió en Moscú, hasta que a su pareja le surgió un puesto de agencia en Argentina. Hacia allí marcharon, y se separaron al tiempo. Aguantaron Moscú, pero no Buenos Aires, como dice la misma Villanueva en Sombras rusas.

En un viaje a Montevideo, a mediados de los 2000, iba en ómnibus desde Colonia con la compañía de un libro ruso, Sózgorod. Una señora mayor se le sentó al lado, se interesó por que las páginas estuvieran en cirílico, y le sacó charla. “No me di cuenta de que me estaba entrevistando”, recuerda al inicio de Lloverá siempre. Cuando la señora le dijo su nombre, Villanueva no daba crédito: hacía pocos días había terminado uno de sus libros, Pepe Mujica. De tupamaro a ministro.

Las diferenciaban 40 años, pero Liliana Villanueva y María Esther Gilio se hicieron amigas. “Era la única persona que podía llamarme a las ocho de la mañana, sin que yo me molestara, para preguntarme si ya me había despertado”, cuenta en la misma introducción. “Fue un ancla cuando mi vida navegaba a la deriva”.

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-En 2010 te mudaste a Montevideo. ¿Por qué?

-Es una pregunta que todavía no puedo responderle a nadie. Quizás porque me quería escapar de Buenos Aires. Desde chica que me quiero ir de la Argentina y no me sale bien. Por eso viví mucho tiempo afuera. Me fui con mi hijo, la perra y dos gatos a Montevideo, y me fue todo mal. Mi hijo tenía nueve años, tuvo una experiencia desastrosa en la escuela, una maestra que era medio nazi. Fue muy feo, estaba horrorizado. Después yo me quería comprar una casa, no me salió bien, después me caí de un techo. María Esther me fue a visitar, hacía mucho frío, y salía en taxi y se perdía. No se acordaba. Tenía 88 años, se perdía en Pocitos, que lo conocía como la palma de la mano. Y de repente terminaba en un bar tomando una cerveza y yo no podía caminar y la tenía que ir a buscar. El Hospital de Clínicas me salvó la vida dos veces, seguí viviendo en esa casa que se caía abajo, me robaron cinco veces.

-Montevideo no fue muy simpática contigo.

-Pasaron las dos cosas. Todo lo legal, digamos, todo salió mal. Una señora que venía a limpiar me estafó. Y al mismo tiempo tengo unos amigos fantásticos.

-Hay para hacer un libro de vos también.

-Es agotador. Ahora vengo de China, y tengo tanto material… Es un poco difícil. A veces me gustaría, no te digo vivir menos, porque no se puede vivir menos, pero sí menos agitada.

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María Esther Gilio murió en agosto de 2011.

Villanueva ya había vuelto a Buenos Aires y al tiempo su hijo se fue a Berlín, a vivir con su padre. Ella entró a talleres literarios. Aprendió con Hebe Uhart; tanto que en 2015 publicó su primer libro al respecto, Las clases de Hebe Uhart. Después fue al taller de Daniel Ríos, que le dio una mirada a sus textos sobre Rusia y la convenció de que eso era algo más. Aprendió a trabajar la voz de un personaje.

De a poco, Villanueva empezó a escaparse una vez más, de nuevo para Alemania. Allá se puso a practicar monólogos con acento oriental.

“Tenía unos personajes maravillosos, como una señora que me llevó una vez en auto, que se llamaba Estrella. Los nombres uruguayos son fantásticos”, dice. “Estrella me llevó a la costa del Uruguay, mi nene era chiquito, y me contó todo lo que había hecho en su vida. Yo, no parece, pero soy de escuchar. Estrella estaba casada con un argentino, vivió en Israel, tenía una boutique en 18 de Julio, pero su trabajo principal son las sillas vestidas. Yo dije: ‘¿Cómo?’. ¡Sillas vestidas! Entonces escribo un cuento con ese título”.

Hasta que entre las sillas vestidas se largó a escribir en primera persona. Se dio cuenta de que no era su voz, ni la de Estrella, ni la de ningún personaje: era la voz de María Esther Gilio. No tenía consigo ningún material, ni grabaciones ni notas, nada más se acordaba de los cuentos de su amiga. De su relación extensa con Juan Carlos Onetti, del femicidio de su madre, de sus entrevistas famosas, de su vínculo con los tupamaros, del atentado con bomba contra su casa, de sus exilios varios y duros, de su regreso y su vejez y aquella charla interminable que habían tenido durante un apagón. Se fue perfilando una obra.

Lo trabajó con Damián Ríos, que consideró que el libro era demasiado grande para su editorial, y básicamente lo metió en el freezer. Ella lo presentó entonces al concurso de Alfaguara, que está convencida de que está arreglado -“alguien tendría que investigar”, dice-. Se empezó a frustrar. Asegura que la plagiaron, que gente vinculada con el concurso tomó frases suyas “para títulos de obritas de teatro”. Se frustró más. En eso dio con una pequeña editorial uruguaya con muchos bríos: Criatura. El sol fue dejándose ver, en contraste con el título onettiano del libro (“Como ya fue escrito, lloverá siempre”, es la última frase de Cuando ya no importe, la novela final del escritor).

La publicación se demoró otro año, pero esta vez por una buena causa: en 2017, Lloverá siempre ganó el Casa de las Américas y los cubanos pedían el retraso de la edición hasta que ellos lo publicaran en la isla.

Finalmente vio la luz del lado oriental del río Uruguay, donde fue presentado en abril. Tantos retrasos provocaron que saliera casi a la vez que el cuarto libro de Villanueva, Maestros de la escritura, que llega la semana próxima a Montevideo. Es un conjunto de perfiles y ensayos sobre popes de la palabra de ambas márgenes del Plata: Abelardo Castillo, Liliana Heker, Hebe Uhart, Mario Levrero, Alberto Laiseca, Alicia Steimberg, Leila Guerriero y, claro, María Esther Gilio.

La edición en Argentina de Lloverá siempre quedó trancada un tiempo más. Siguió lloviendo.

***

-¿Y qué recepción tuviste?

-Mucha gente de prensa que se lo dieron no entendió el tema del género. “¿Es ficción o es no ficción?”.

-A mí me pasó leyéndolo que me generaba dudas eso mismo. Pero al final, funciona tan bien que digo: ¿por qué me molesta?

-Es que todo es construcción. No puedo copiar lo que ella dice. Lo que hice fue un trabajo de la voz, que si querés es literario, porque un periodista no se puede poner a escribir en primera persona; lo que podés hacer es dejar hablar a tu entrevistado. Pero fue mucho más que eso. Es una construcción, tratando de, con honestidad, rescatar la voz de María Esther, que ella me cuente su vida, no poner en duda lo que ella me dice, o a veces sí, como uno discute entre amigas, porque ella era muy fabulera, tenía una cosa maravillosa que era su memoria, se acordaba de todo, pero también existe la memoria falsa. Si me dice que matan a la mamá en su casa, y otros me dicen que fue en un hotel o en la calle, ahí está la idea de que uno tiene que confiar en la respuesta del entrevistado.

-No es una biografía.

-No. El biógrafo tiene que investigar todo el alrededor. Yo lo hice de forma limitada. Después de que tenía listo el libro, la primera versión, volví a viajar a Montevideo y entrevisté a algunas personas que la conocieron. Ese material lo fui sumando al libro. Después hablé con las hijas y armé, desde lo que ellas recordaban, escenas como las del secuestro en Brasil, o cuando los paramilitares fueron a buscar el material a la casa de María Esther, o de la explosión de la bomba [en su casa]. Hay dos frases en el libro que no son de María Esther, que yo lo aclaro al final.

-Son de las hijas.

-Sí, dos frases magníficas. Me tomé la libertad de hacérselo decir a María Esther, soy muy respetuosa de la voz del otro. En la primera versión había muchos “por qué” y me di cuenta de que eso era mío, que no era la voz de María Esther.

-No termino de entender cómo fuiste sumando material si hay solo dos frases que no son de ella.

-Me pasó con el libro de Las clases de Hebe Uhart, tengo cientos de cuadernos con apuntes, más notas que le han hecho, de repente tengo una frase de ella, “la desmesura se paga”. Y en una nota que le hicieron dice “la desmesura se paga porque…”. Entonces completo la frase. No invento nada. Lo que hago es armar dentro de las citas de la misma persona, una frase que tenga mayor sentido. No es una entrevista directa. La entrevista siempre se queda por el camino. Las entrevistas de María Esther son fantásticas, no hay quien la iguale, y ella trabajaba la entrevista. Nunca ponía lo que le decía directamente el entrevistado.

-¿Cómo fue el apagón histórico que utilizaste de escenario?

-Un sábado de lluvia. Tuvimos muchísimas charlas. La que más duró, me fijé en el reloj y le dije “María Esther, ¿sabés hace cuánto que estamos hablando?”, fue en el 2008. Ella me decía “qué barbaridad”, “qué maravilloso”. Yo estaba preparando mi tesis de doctorado, me preguntaba muchas veces, pero eso por supuesto no lo puse porque no le interesa a nadie. Entonces lo que me planteé es, si me pongo a trabajar la voz de ella desde el monólogo, era muy importante que la voz no hablara desde el vacío. Estoy un poco en contra de la tercera persona de la ficción. No me gusta ese dios que no sabés bien quién te habla.

-Querías darle cuerpo.

-En el apagón, la voz venía realmente desde la nada. No fue todo el tiempo así porque había velas, porque la oscuridad venía de a poquito, pero hubo un momento en que no nos veíamos. Escuchaba la voz en el vacío. Era una sensación muy rara, no muy agradable. No quería eso.

-¿De verdad bajaron juntas a la playa, como al final de Lloverá siempre?

-Sí, yo le insistía. Soy de ir mucho de ir caminando por la playa, sacarme los zapatos. Ella venía con sus historias: “Nosotros los montevideanos no bajamos nunca a la playa, la gente que ves es de las afueras”. No sé si es cierto, pero es lo que ella decía. “Hace décadas que no bajo a la playa de Pocitos”. Un medio novio que tuve de Malvín, bajábamos a la rambla y nos sentábamos con la espalda al mar. Yo soy porteña: ¡quiero ver el mar! ¿Cómo voy a ir a la rambla y darle la espalda al mar? Es el problema que tenemos los porteños, que le damos la espalda al río. Con María Esther fue una sola vez, era muy mayor, había que ayudarla, pero se arregló bastante bien. Era el día del apagón. A ella le encantó, después se puso a jugar con la arena… era muy lindo. Y debe de haber sido la última vez que estuvo en la playa.

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