Leer para sobrevivir: “El cuento de la criada”

Una columna de recomendación de libros no necesariamente actuales empieza con la novela distópica feminista de Margaret Atwood

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

El País Cultural no es bastión de la novedad, así que puede sonar chistoso que hace un par de domingos más de uno de sus colaboradores eligiera entre los libros del 2017 a uno que se editó en 1985. Pero no viene al caso la fecha de publicación de esta novela distópica de la canadiense Margaret Atwood, que imagina un gobierno teocrático evangélico en Estados Unidos. El cuento de la criada vivió un repunte de popularidad este año con el estreno de una adaptación televisiva, The Handmaid’s Tale. Obtuvo el Emmy a Mejor Serie Dramática. Y se convirtió en simbólica en un año turbulento para el feminismo en Estados Unidos -y en el mundo en general, como prueban las discusiones que se dieron tras la cadena de feminicidios del mes pasado en Uruguay-. El País Cultural eligió bien.

Los sucesos en el país norteamericano, donde la ultraderecha evangélica es la base del gobierno de Donald Trump, pusieron a The Handmaid’s Tale (de aquí en más, cuando va en inglés la referencia es a la serie y cuando en español, a la novela) en el foco. La propia Atwood dijo que con la victoria de Trump, que se dio durante el rodaje, el equipo sintió que ya no estaba filmando ficción sino un documental. En la multitud de protestas que brotaron por el país, mujeres aparecieron con el traje que es forzada a vestir la protagonista de la novela, rojo con una suerte de capucha blanca que no permite mirar a los costados. En Texas se metieron en silencio al parlamento estatal para protestar la discusión de leyes anti-aborto. En New Hampshire, una mujer creó La Coalición de las Criadas (The Handmaid’s Coalition) para “luchar por que la ficción no se convierta en realidad”. Hasta en Inglaterra llegaron los disfraces.

Como el título de esta nota indica, aquí no se hablará de The Handmaid’s Tale. Más cuando quien escribe no ha tenido aún oportunidad de mirar la serie. En cambio, esto va de El cuento de la criada. Primero que nada, de su género. Es una novela distópica, aunque Atwood prefiere no hablar de ciencia ficción sino de “ficción especulativa”, porque si bien la historia se desarrolla en el futuro cercano, no presenta nada que no haya sucedido antes en algún sitio del mundo. El secuestro de niños en la dictadura argentina es indicado al final del libro como una de las inspiraciones. La escritora estaba viviendo en la Berlín dividida por el Muro infame cuando comenzó a trabajar en la novela, y ha hablado de cómo eso le daba una visión de primera mano de un totalitarismo. Ficción especulativa, entonces. Más cercana que la ciencia ficción.

El cuento de la criada narra mayoritariamente en presente y exclusivamente en primera persona la historia de Offred, una mujer que ha sido obligada a abandonar su nombre real y que ha perdido su libertad. El gobierno democrático cayó hace años, a caballo del miedo anti-islámico, y Estados Unidos -al menos en la zona donde Offred vive, que se revela al final como el antiguo estado de Maine, al norte de Nueva York- ahora lleva el nombre de Gilead (en español la referencia al Antiguo Testamento también puede leerse Galaad). Los evangélicos aprovecharon el pánico por el terrorismo para establecer una teocracia en la que hasta los católicos están ilegalizados; el ateísmo es un crimen que puede penalizarse con el destierro a las misteriosas “Colonias”, el aborto y hasta el segundo matrimonio son crímenes de pena de muerte, y se ha instaurado un sistema de castas en que la mujer está brutalmente oprimida. Antes del comienzo de la trama se realizó una limpieza social de base puritana, que Offred va recordando de a poco. Prefiere no hacerlo, ya que eso significa pensar en su pareja y en su hija, de los que no sabe nada.

El punto central de la mitología construida por Atwood es la existencia de las Criadas. Este futuro ha traído consigo un descenso abrupto de la natalidad, vinculado con catástrofes medioambientales por la contaminación. Pocas mujeres tienen ovarios viables, y las que no están ya casadas con Comandantes son forzadas a entrar al Centro Rojo y formarse como Criadas. Luego cada una será entregada a un Comandante y se le dará un nombre. Su objetivo será tener hijos para él. Los gobernantes de Gilead instauraron un sistema por el que estas mujeres funcionan como esclavas con el fin único de reproducirse. Es violación aprobada por el Estado. La inspiración viene de una cita bíblica: Raquel, que no puede tener hijos, le dice a su marido Jacob que sus criadas los tendrán con él por ella.

La protagonista Offred es una de estas Criadas: su nombre viene de “Of-Fred”, “de Fred”, por el nombre del Comandante al que ha de servir. Su narración es atroz. Como Atwood se basó en elementos reales para la mitología, Gilead no se siente imposible como pueden ser otras distopías -léase The Walking Dead-. Esto no quiere decir que vaya a darse, como ha anunciado en tonos ominosos la “izquierda” estadounidense (difícil hablar de izquierda real en ese país), pero sí propulsa el golpe emocional de El cuento de la criada.

Atwood, ganadora del Príncipe de Asturias en 2008, tiene una prosa prolija y directa, sin chirimbolos, que le calza a medida justa a Offred. Tampoco es un estilo despojado; las digresiones casi intelectuales de la protagonista son de lo más atractivo de la novela. En esa misma línea, qué clave que es que la mitología sea rica pero mantenga el pie en la realidad que Atwood buscaba. Una distopía mala se distingue enseguida con solo ojear lo rebuscado de la Historia interna. Solo de vez en cuando causa un poquito de gracia involuntaria: la autora no tiene la habilidad de, por ejemplo, J.K. Rowling, para ponerle nombre a las cosas inventadas. Offred va revelando que el pasado inmediato a la instalación de Gilead era híper sexualizado, y a veces los términos -como el de las tiendas de pornografía- provocan una pizca de vergüenza ajena.

Lo que sorprende de El cuento de la criada es que pasa más bien poca cosa y aun así no es un libro corto. Más sorprende sabiendo que se la ha adaptado en formato de serie. Es una novela psicológica, otro punto a favor de Atwood. La escala reducida sin ser claustrofóbica, estresante por el mismo aburrimiento que sufre la protagonista y no por el suspenso, terrorífica en lo cotidiano y banal de la maldad y no en las grandes demostraciones de ella, tipo Tercer Reich o los desfiles recientes que ha televisado al mundo Kim Jong-un, refuerza mucho el impacto.

Offred reflexiona sobre su vida pasada y actual, tanto sobre la opresión totalitaria como sobre nimiedades aparentes que tienen importancia solapada. Como cuando piensa en que existe el verbo “fraternizar” pero no uno que signifique lo mismo entre mujeres. El feminismo es fundamental en la literatura de Atwood y es la base de El cuento de la criada en varios sentidos. Incluso se dan discusiones entre distintas visiones del feminismo, y las propias “Tías”, que imparten el nuevo orden en el Centro Rojo, se escudan en una versión retorcida de la misma ideología. Obligan a las futuras Criadas a mirar pornografía y les hablan de las violaciones y del miedo de una mujer a andar sola por la calle como la norma previa: en Gilead eso no sucede. Por tanto, es mejor para la mujer. Un falso matriarcado.

Tranquilos, defensores de los derechos del hombre y profetas de la criminalización del género masculino (leer los comentarios de los tráilers de The Handmaid’s Tale en YouTube es tragicómico). El cuento de la criada no es un libro anti-hombre -ojalá no hubiera que aclarar estas cosas-. Ni siquiera es anti-religión. Más bien, como se ha dicho, es anti-fundamentalismo.

El crítico español Alberto Nahum García, uno de los más cracks en la escritura sobre televisión, destroza The Handmaid’s Tale en una columna extensa, algo polémica y bien fundamentada de su blog Diamantes en serie. Nahum explica por qué es una locura el comentario leído una y mil veces en torno a esta serie de que se siente “escalofriantemente real”, eso que dijo Atwood de que se trataba más de un documental que de una ficción: porque la estructura democrática de Estados Unidos es demasiado firme como para un descalabro tal. Nahum afirma que los voceadores del apocalipsis deberían mirar y criticar más a las teocracias islámicas y a las salvajadas del ISIS que a la derecha evangélica estadounidense, y acusa a los creadores del show de un “maniqueísmo dramático” que le socava su sustento.

Tal cosa no se aprecia en la novela. Los personajes ajenos a Offred son inescrutables algunos y otros ostentan aristas suficientes como para no ser caricaturescos. Salvo la villana Tía Lydia, una de las entrenadoras lava-cerebros del Centro Rojo, hasta en el Comandante que le toca a Offred y su mujer Serena Joy puede apreciarse más que maldad. Ella tiene una tristeza y un dolor agudos de fondo; él, cierta curiosidad y misterio. La propia Offred no era intachable antes ni lo es en el presente de la obra. La crítica Emily Nussbaum, del New Yorker, otra peso pesado del ambiente, afirma que El cuento de la criada no es inspiradora -quien escribe esto sumaría que, al revés, resulta traumática- y reconoce en esto la mayor diferencia con la serie The Handmaid’s Tale. En la novela “Offred es una testigo, no una heroína”, dice Nussbaum. El cuento de la criada es tan doloroso porque no hay perspectivas de la posibilidad de tirar abajo al gobierno. No hay luz al final del túnel. No es La carretera de Cormac McCarthy, uno no termina de leer con un nudo en el estómago, pero no hay épica. No hay lucha. Uno espera y espera, pero a Offred no le da el cuerpo para el combate ni la resistencia. Esto la distingue de la mayoría de las protagonistas de distopías. No es Katniss Everdeen. Menos mal.

Una discrepancia con Nussbaum. Sí que hay algo inspirador enterrado en el trauma de El cuento de la criada: la frase en falso latín nolite te bastardes carborundorum, algo así como “no dejes que los desgraciados te tiren abajo”. Se convierte en un discreto mantra para Offred y al final dan ganas de estamparlo en una remera o de tatuárselo. Es una novela que hace hervir las ganas de quemar la pradera. Por más que como explica Nussbaum sus políticas de género sean de los 80 y no de los 2010 -es triste, pero muchos aspectos se mantienen, sobre todo en el lenguaje y más en el español que en el inglés-. O que como se queja Nahum García la corrección política suela impedir tirarle los palos que correspondan a las culturas donde esta opresión totalitaria ya se da -igual hay que leer más Persépolis y menos Houllebecq-.

Nolite te bastardes carborundorum.

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