The Libertines: sucios y desprolijos

Una década más tarde regresaron los Libertines y la marca sigue presente en esencia: ahora las guitarras sucias y letras filosas buscan armar rock en la era de la adultez. La noche y los excesos aún continúan, pero la amistad entre Pete Doherty y Carl Barat ha renacido; desde Thailandia construyeron el tercer disco de la banda londinense, un compilado de rock bandido y crudo
libertines
Puntaje: 7/10
El alumno más problemático de la clase ha vuelto a las andanzas. Pete Doherty, quizá el Pity Alvarez de la reina Isabel, hizo las paces con su colega Carl Barat y así pusieron nuevamente en marcha uno de los proyectos más refrescantes del rock británico. Los explosivos e imprevisibles Libertines volvieron a las canchas once años después de su separación con Anthems for Doomed Youth, “Himnos para la juventud condenada”, un álbum que no llega a la altura de su glorioso debut pero sí muestra a la dupla compositiva en la misma sintonía exploratoria.
El nuevo rock de los Libertines nace de las cenizas de la recuperación de adicciones. Pete Doherty pasó parte del pasado año en un centro de rehabilitación al sur de Asia, tratando de controlar su deseo de agujas y heroína, una sustancia que en su momento lo ligó a la supermodelo Kate Moss y que también lo alejó de sus colegas de banda, allá por el 2004. Hoy el vital vínculo entre los cantantes del grupo se ha retomado, ya que ambos pelean contra adicciones, y los Libertines fueron los grandes favorecidos con la alianza creativa.
El primer corte de difusión, “Gunga Din”, ronda entre un rock mid-tempo y/o reggae que se cimenta en un fragmento poético de Rudyard Kipling, escritor de la famosa obra El libro de la selva. Plantea que si la rutina es tan inevitable, entonces hay derecho a mandar las cosas al carajo, léase tomar un trago o buscar una vena. Las guitarras están afiladas como espada de elfo, como bien saben hacer estos muchachos, y van a más cuando cierran el tema con unos coros heroicos y un grito primal que exige a quien escucha que se despierte.
Pero no todo es acoples y gritos en la nueva propuesta de estos londinenses. Hay espacio para un trío de baladas donde dos se roban los aplausos. “Iceman” se desarrolla en cinco minutos de rasgueo de guitarras, donde la adultez se hace canción al aconsejar que no es bueno salir de joda con un dealer de metanfetamina, todo bajo un aura bucólica proveniente de Ray Davies y sus Kinks. En la misma dirección de influencia aunque bajo el mando de un piano se destaca “You’re my Waterloo” un tema fundamental del disco que se inicia con una sentencia dura: “Tú nunca fumigarás los demonios, no importa cuánto fumes”.
El rock sucio y alborotado se encuentra en temas como “Fury of Chonburi” o “Glasgow coma scale blues”, en que se muestran algunas de las cartas conocidas de la banda. Un rock pop que cruza joyas del pasado como The Smiths o The Clash, así como tiene algunos guiños contemporáneos (sus coterráneos Arctic Monkeys), todo envuelto en ese paquete británico donde los estribillos guardan un gancho a la pera.
Según trascendidos de prensa, la banda tomó este tercer trabajo como un calentamiento, por lo que resta esperar las nuevas andanzas de estos cuatro vándalos. En caso de que el destino no quiera un cuarto trabajo de The Libertines, este 2015 estuvo marcado por la entrega de un compilado de cicatrices mentales donde los fantasmas no se sabe si son del pasado o aún hoy están presentes.
Sebastián Penni

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