“Llámame por tu nombre”: una película de belleza pocas veces alcanzable

Con una historia de amor homosexual emocionante, Llámame por tu nombre es una de las favoritas de los Óscar

Por Federica Bordaberry

Un arqueólogo le muestra a su ayudante imágenes de cuerpos esculpidos por Praxíteles entre los años 370 y 340 a. C. Con delicadeza digna de su profesión, le explica cómo los torsos parecen estar ahí para ser deseados; su sensualidad llama al recorrido y a la exploración. Esa misma pasión admiradora emplea el director Luca Guadagnino en Llámame por tu nombre (título original: Call Me By Your Name). Transmite el amor como un valor universal, explora la homosexualidad como una más de sus caras.

Guadagnino continúa refinando su sensibilidad, ya evidente en sus dramas románticos anteriores, I Am Love (2009) y A Bigger Splash (2015). Lo protagonizan Elio (Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer, que interpretó a los mellizos Winklevoss en Red social). Su historia se sitúa durante el verano en 1983 en el norte de Italia. Elio, un chico de 17 años, pasa su verano leyendo, transcribiendo música y coqueteando con su amiga Marzia. Oliver, un estudiante de 24 años americano, llega como pasante de su padre (Michael Stuhlbarg), el arqueólogo apasionado, especialista en cultura greco-romana. Bajo el sol de paisajes italianos fotografiados con maestría se despierta en estos dos personajes un deseo. Cambia no solo sus perspectivas sobre el amor, sino que sus vidas mismas.

Escrita por el histórico James Ivory (el último bastión aún vivo de la productora Ivory Merchant) y basada en la novela homónima de André Aciman de 2007, la película dura mucho más que dos horas y diez minutos. Sale de la pantalla y continúa desarrollándose en la cabeza -una revisión rápida de Twitter puede comprobarlo-. La causa es su final trágico, que no lo es tanto, pero genera emociones devastadoras. Y se debe a la intensidad calculada con la que juega Guadagnino. Se evade el lenguaje verbal y prioriza el corporal; así Guadagnino provoca una ansia casi física por el momento en que Oliver y Elio dinamiten los convencionalismos y vuelvan carnal su relación.

Si Llámame por tu nombre golpea de una forma tan dura no es por algo a simple vista. Se debe a un antagonista invisible: el tiempo. El romance es postergado con mucha inteligencia; las tensiones van ascendiendo con una cantidad innumerable de sutilezas. En medio de toda esta inocencia en la que viven los personajes, el reloj avanza, el final parece ser inevitable y es ahí donde se abarca un dolor muy universal. Tan universal como el amor.

Filmada en 35mm, la fotografía es luminosa, con ojo para los colores y los sonidos de la naturaleza. Guadagnino enfatiza la belleza del arte, de la poesía y de la arquitectura. Gracias a todos esos elementos, y a una composición de encuadres siempre muy balanceada es que Jordi Costa (periodista del diario El País español) burla un poco este ambiente de cuento de hadas al comentar que Guadagnino “no siempre controla al director publicitario que lleva dentro”; lo compara con un comercial de verano de Coca-Cola. Y aunque suene un poco carente de sensibilidad, es cierto que las escenografías brillan por su aire novelesco.

Sin embargo, la película compensa al incluir escenas sexuales bastante particulares -como masturbaciones con un durazno-. Apela exitosamente a aquello que pocas tienen: un punto medio entre lo intelectual y lo erótico.

De la misma manera que el padre de Elio habla con él y le dice que lo que él tuvo con Oliver es muy raro pero de una belleza pocas veces alcanzable, es que Llámame por tu nombre ha recibido varias nominaciones a los Óscar y ha sido aclamada por su dirección, guion, banda sonora e interpretaciones. Es por ser, justamente, una película de una belleza pocas veces alcanzable.

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