“Lo que hay que tener”: revisitar el Nuevo Periodismo abre los ojos

En esta serie de columnas literarias desenganchadas de actualidad que es Leer para sobrevivir, le toca el turno a una vieja luminaria del periodismo narrativo y su obra más famosa: Tom Wolfe y su Lo que hay que tener

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Repasar la historia de la Carrera Espacial es repasar los hitos conocidos. El Sputnik, primer satélite artificial. La perra Laika, primer animal que orbitó la Tierra. Yuri Gagarin, primer ser humano en el espacio. Neil Armstrong, Buzz Aldrin, la misión Apolo 11. La bandera estadounidense estática en la Luna. La primera foto de la Tierra desde el espacio. “Houston, tenemos un problema”.

No hay grandes secretos.

Si se investiga un poco más, se lee entre líneas. Los manejos de poder y el temor bélico, combustible de la competencia espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Que no les importaba demasiado la ciencia. Que los yanquis temblaron al saber que un hombrecito ruso había sobrevolado el planeta. Que John Fitzgerald Kennedy puso la llegada a la Luna como una prioridad para su gobierno. Tampoco las sorpresas son muchas.

Lo que no se lee en los libros de Historia son las razones detrás de los tipos que se sentaban en una máquina endeble, una cañita voladora, dispuestos a arriesgar su vida para la satisfacción de políticos y científicos. ¿Qué motivos puede tener alguien para jugarse el cuello ante los ojos de todo el mundo?

La misma pregunta se hizo Tom Wolfe, periodista estrella en una época de periodistas estrella, cuando de la revista Rolling Stone lo mandaron en 1972 a cubrir una misión espacial. La atención del público se había desinflado bastante desde el cénit de 1969; Wolfe, que de periodismo sabe, olfateó que la historia estaba en la depresión que le agarraba a los astronautas cuando el furor pasaba y estaban de regreso en tierra. En la Tierra.

Wolfe ya tenía en mente que pertenecía a una generación que estaba borroneando los límites y las definiciones de qué era el periodismo, junto con nombres como Joan Didion, Norman Mailer, Gay Talese, Truman Capote o Hunter S. Thompson -al año siguiente los agruparía en un libro que los etiquetaría para la posteridad, El Nuevo Periodismo-. Mailer ya había escrito un libro sobre el alunizaje de 1969, y a Wolfe, a la vuelta de escribir su reportaje titulado “Remordimiento post-orbital”, se le encendió la lamparita de la competitividad. Decidió que para superar el trabajo de Mailer, pondría la lupa en la chispa original: el Proyecto Mercury. Los primeros astronautas estadounidenses, los encargados de rescatar el honor yanqui ante los avances soviéticos en la bóveda estrellada.

Ahí podía responderse esa pregunta básica: cuando el riesgo mínimo es explotar en una bola de fuego y el máximo quedar boyando en el espacio exterior, ¿qué hay que tener para animarse?

El resultado de su trabajo es una clase de periodismo narrativo, Lo que hay que tener. En inglés su título es aún más descriptivo: The Right Stuff. Lo correcto, lo adecuado, para subirte a una cañita voladora y dejar que otro encienda la mecha –la imagen del fuego artificial es de Wolfe-. Comienza con la previa, la aviación de prueba, los pilotos que volaban los aviones más inestables y peligrosos, que morían uno atrás del otro, y de entre los que la recién creada NASA tomaría más tarde a sus siete primeros reclutas. Muchos de ellos héroes de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra de Corea. Lo que hay que tener continúa con la ruptura de la barrera del sonido a bordo de uno de esos proyectiles que con mucho rostro llamaban aviones. Wolfe erige en héroe a un tal Chuck Yeager, el responsable de ese récord.

Luego se centra en los siete astronautas del Proyecto Mercury y en las pruebas médicas casi cómicas que debían atravesar, en la atención inusitada que recibían, en la competencia silenciosa que se daba entre ellos por ostentar el mismo título que Yeager: el del primero. A la vez que los pilotos de siempre los veían con una mezcla de envidia y burla, porque ellos sí tenían el control de sus naves mientras los astronautas no serían más que pasajeros. Pasajeros en una bala de cañón. Aquí Wolfe erige en héroe a John Glenn, no el primero en llegar al espacio pero sí el primer estadounidense en orbitar el planeta.

Lo que hay que tener es una lectura adrenalínica que roza la inverosimilitud, así de cinematográficas las escenas que Wolfe reconstruye. Y no se necesita ser periodista para reconocer que su uso muy personal del lenguaje –se caga con fuerza en un montón de reglas gramaticales- le brinda algo distinto al género. Ni que hablar de la forma en que toma herramientas de la ficción para enriquecer la trama. Periodismo entendido como literatura. Con esa búsqueda de la verdad de la condición humana que la mejor literatura tiene como característica, más que únicamente un repaso cronológico de hechos.

La épica se sitúa a medio camino entre los héroes americanos de la ciencia que estiran al límite las capacidades del ser humano, y un grupo de locos de mierda sin cuidado por el peligro, impulsados por un ego enfermizo y una masculinidad tóxica. Esto último puede reconocerse desde el 2017. Wolfe admira visiblemente su valentía clásica desenfrenada y no va por ese camino. Pero es difícil no verlo: Lo que hay que tener describe una suerte de pirámide socio-laboral entre los pilotos, y cómo lo que cada uno quiere es ascender, es ser admirado y envidiado por los demás, mirarlos desde el vértice de la pirámide (mientras sus esposas amas de casa sufren ya viendo los despegues por la tele, ya con miedo de escuchar el timbre y que del otro alguien de uniforme les dé la peor noticia). Cómo cada uno quiere probar que tiene lo que hay que tener. Y cómo las miradas burlonas del resto de los pilotos se convierten en desesperación por entrar al programa de la NASA cuando queda patente que esa es la nueva gran prueba para llegar a la cima. Morir en un accidente aéreo no era tanto una tragedia como una comprobación de que sí, bueno, pobre, pero no tenía lo que hay que tener.

Es fascinante de leer.

El periodismo está complicado hoy por hoy. Absorbido por la opinión, un género que no debería tener la trascendencia que tiene; confundido por las nuevas tecnologías, que no le permiten asentarse; alejado de la palabra escrita en un intento triste por acercar al público masivo. Con sus falencias, que las tiene, es una revelación leer libros como Lo que hay que tener y darse cuenta de las posibilidades del género cuando se lo trabaja con el cariño, el profesionalismo y hasta el arte que se merece.

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