La demente Los buenos modales ganó el festival de Cinemateca

Una película brasileña que toma el género de terror, lo cruza con un drama social en las calles paulistas y se divierte esquivando las expectativas

Por Gastón González Napoli

Los cinéfilos de Montevideo deberían celebrar. Lo que pasó el sábado en el Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, es decir el festival de Cinemateca, no es moneda tan corriente en los círculos del cine “artístico”. Una película de terror ganó el Premio del Jurado. ¿No es como para descorchar un champán?

Aunque la etiqueta no se le ponga, eso es Los buenos modales: terror. Se puede matizar hablando de trasfondo social, de humor negro, de romance. Y está bien que en círculos como Cinemateca o el muy prestigioso Festival de Locarno en Suiza, donde Los buenos modales ganó el mismo galardón que en Montevideo, se le tenga cierta alergia al género. Más que solo “bien”; está bárbaro. Se necesitan como el agua espacios libres de cine comercial. Pero esta es una película de hombres lobo. El terror está en su corazón.

En una comparación que seguramente no agrade demasiado a los organizadores, puede decirse que el festival de Cinemateca está en línea con los Óscar y su lluvia de amor a un filme fantástico. La diferencia es que Los buenos modales es mucho mejor película que La forma del agua. Cien veces más sutil en su comentario social, jamás explícito. Bastante más sensual y romántica y tierna y ajustada. Por más que le interese poco la estructura de guion clásica -a los manuales no les gustaría la ruptura radical en tono, colores, locaciones y ainda mais que se da a media duración del largo-, está construido con más cuidado y esmero que la hollywoodense. Se toma su tiempo cuando debe tomárselo. Las dos hacen un chiste de alguien comiéndose vivo a un gato; solo Los buenos modales saca una carcajada negrísima a pura samba.

No puede discutirse la trama de esta película sin tropezar en el spoiler. Basta decir que no es de terror en el sentido de saltar del asiento, ni tampoco en el de “no puedo soportar más esta tensión”, sino más en la línea de la francesa Crudo. Impresiona, revuelve el estómago, provoca unos cuantos “nooo” colectivos en la sala. Los directores-guionistas Marco Dutra y Juliana Rojas (Trabalhar cansa, 2011) se animan a mostrar su criatura, si bien tienen la paciencia para revelarla de a poco. Jugando con segmentos de animación y con el cuento de hadas (“tiene boca grande, manos grandes…”). La criatura está sorprendentemente bien diseñada y renderizada para ser un filme latinoamericano.

Como las mejores películas de terror, la criatura también opera como símbolo. De la pobreza, del racismo -de nuevo, jamás en su versión más obvia y violenta-. De la destrucción de la etiqueta, de -por supuesto- los buenos modales inexplicables e intrínsecos a la clase alta. Todo en una San Pablo que dan muy pocas ganas de visitar.

Y todo interpretado con una calidad que da envidia. Ahí se ve que la industria de las telenovelas es una escuela de actuación excelente. Una de las intérpretes, Marjorie Estiano, salió de la fábrica de la todopoderosa Globo: interpretó a la versión joven de la malvada Cora en Imperio. En Los buenos modales es Ana, la embarazada rica y blanca que ama bailar y contrata a una niñera para dar el puntapié inicial a la historia. A la niñera, Clara, le da vida Isábel Zuaa, portuguesa de origen angoleño y talento múltiple; visto en este filme a través de su canto, de sus miradas tristes y su posterior fortaleza de carácter. Clara es el sacrificio en persona, un personaje tremendamente bien construido. Hasta el niño actor, Miguel Lobo -nombre real, posta- la rompe en un papel complicado.

Un arma que se ve en el primer acto va utilizarse siempre en el tercero, pero Dutra y Rojas le buscan la vuelta para jugar con las reglas y las convenciones. El final toma uno de los clichés de la creature feature, la película de criatura, y lo enfrenta. Es un gran final. Mejor no comentarlo más.

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