Los Increíbles 2: Nada que temer

La secuela cae más en lugares comunes y tiene menos para decir sobre el género superheroico, aunque lo compensa con su sentido del humor

Por Gastón González Napoli

Lo bueno de encontrar funciones con subtítulos de películas animadas es que no hay niños molestos en la sala. Hashtag opinión impopular. Lo que sí hay son adultos jóvenes que crecieron con Pixar y que no se dan cuenta -no nos damos cuenta- de que quedan -quedamos- como unos boludos. Pero boludos pasando un rato excelente.

En la función subtitulada de Los Increíbles 2 del viernes pasado, eso significó oír a una chica gritar “¡la amo!” cuando apareció Edna Moda en pantalla, y presenciar a un conjunto de gente grande aplaudiendo cuando terminó una película para niños. No voy a mentir: se me puso la piel de gallina apenas sonó la banda sonora del insuperable Michael Giacchino (el de la secuencia de apertura de Up: Una aventura de altura y las famosas composiciones de la serie Lost), y me divertí como cuando tenía once años. Muy lejos del doblaje argentino triste con el que se estrenó por estos lares la primera de la saga.

Pero, cual periodista deportivo en conferencia de prensa del “Maestro” Tabárez, tras esta chupada de medias introductoria llega una pregunta: ¿está a la altura de esa obra maestra original?

La respuesta es que mayoritariamente sí. También la respuesta es que Los Increíbles 2 es una película que bien podría haber producido otro estudio. El toque mágico de Pixar queda algo diluido, en un filme mucho más de manual superheroico que el primero.

Los Increíbles tiene el estatus que tiene porque es una mejor versión de Los cuatro fantásticos que cualquiera de las que Fox llevó al cine. Porque es una comedia familiar clásica y una película de acción adrenalínica, oscura y adulta -la secuencia con los superhéroes muertos supera largamente al número de cadáveres de las grandes franquicias de hoy-. También porque tiene una sensibilidad tremenda para el humor apto para todo público, y le agrega toques muy negros que caminan por la cuerda floja (la explicación de por qué no se le debe poner capas a los trajes viene a la mente). Y porque es rebelde, subversiva, con meta-comentarios certeros y burlones sobre el género de superhéroes que no caen en la caricatura chota (léase Deadpool). O sea que el panorama recargado de supers súper serios de este 2018 era perfecto para una secuela.

Y la trama, en los papeles, parece encajar con las expectativas. Un millonario y su hermana inventora pretenden impulsar una campaña para que los superhéroes sean legales de nuevo. Para eso llama a Elastigirl, una mujer con súper elasticidad y tan valiente como su marido, el súper fuerte Mr. Increíble, pero menos propensa a provocar daños edilicios irreparables. Él, sin trabajo, debe quedarse en casa y cuidar a los niños Dash (súper rápido) y Violet (puede hacerse invisible y crear campos de fuerza). Así descubre algo que solo los espectadores habíamos visto en la conclusión de la original: que el bebé Jack-Jack tiene poderes muy fuertes y aleatorios, metamórficos, interdimensionales. Pero un villano que hipnotiza a las personas por medio de las pantallas omnipresentes supone un desafío tal vez demasiado grande para Elastigirl.

Si a eso se suma que en la silla del director vuelve a estar el enorme Brad Bird, que dirigió la primera (y el clásico fundamental El gigante de hierro, y la hermosa Ratatouille, y tal vez la mejor Misión Imposible, la cuarta, Protocolo Fantasma)… estamos del otro lado. ¿No?

El problema es que allí donde Los Increíbles rompe fórmulas y tiene a un villano tremendo en Síndrome, una representación del fanático tóxico (como esos que lograron que Kelly Marie Tran, actriz de Los últimos Jedi, dejara Instagram por tantas amenazas e insultos que recibía), Los Increíbles 2 camina por varios lugares comunes del género. Un tren fuera de control, un barco fuera de control, una caída desde un avión… ¿Cuántas veces se han visto? El giro narrativo del tercer acto se ve venir desde el primero, lo que no suele ser una buen señal, y los personajes nuevos que entran a la saga no tienen el desarrollo suficiente como para ser más que meros sparrings de la familia protagonista.

Una vez que la historia está en movimiento y la comicidad se desboca, no hay cómo parar a Brad Bird. Además de que la animación es un disparate, notoriamente más realista que la primera, que queda prácticamente berreta en comparación. Pero ojalá Pixar tuviera el hambre que tenía la década pasada. La historia habría sido otra.

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