Los ocho más odiados: Tarantino para fanáticos de Tarantino

El cineasta estadounidense no alcanza el mismo nivel de obras anteriores con su última película, pero sus fans encontrarán mucho para disfrutar
hateful eight
Puntaje: 8
A pesar de transcurrir casi por entero en un bar en que los personajes están atrapados por una tormenta de nieve, Los ocho más odiados (The Hateful Eight) es un filme de excesos. Exceso de sangre, exceso de diálogos, exceso de duración (casi tres horas), exceso de Quentin Tarantino. El último filme del autor -el octavo, si se considera a las dos Kill Bill como una única obra- no está a la altura de su mejor trabajo, porque el director-guionista estadounidense se pierde entre sus virtudes y se enreda con una película que se hace lenta y algo pesada durante algo así como una hora. Luego gana tracción y termina de manera más que satisfactoria, pero no termina de paliar los problemas iniciales.
Es decir que si hubiera tenido un poco menos de ego y se hubiera animado a hachar y pulir un poco más un guion que de tal forma habría sido sensacional, Tarantino habría tenido entre manos otra obra maestra. Es simplemente la propia grandeza de su filmografía previa la que impide que Los ocho más odiados se disfrute tanto; Tarantino pone la barra demasiado alta. Además de que la película tiene una historia particular detrás: el guion se filtró en la red antes de que el filme entrara en producción y el director decidió entonces con mucho enojo que no lo filmaría, pero el buen recibimiento que obtuvo el material filtrado lo llevó a primero organizar una lectura pública del guion con los actores que tenía en mente para interpretar a los personajes, y finalmente Tarantino fue convencido de que ese debía ser su octavo largometraje. Cuando llegó a la gran pantalla, precedido por una importante controversia en torno a las peleas del director con la Policía estadounidense, en el marco de un cada vez más agitado ambiente social en ese país por las muertes de jóvenes negros a manos de las fuerzas del orden, Los ocho más odiados cargaba con una mochila de expectativa más alta de lo habitual.
Que sea una decepción dentro de una carrera que incluye Perros de la calle, Pulp Fiction y Bastardos sin gloria no es sorprendente, porque ese tipo de éxito artístico sostenido no es habitual. Y además, Los ocho más odiados sigue estando por encima de la media, si bien el exceso de ingredientes tarantinianos típicos lo hace algo más dirigido al público fanático del director que al público en general. Está más bien apuntado a quienes apenas ven la tipografía del título aparecer en la pantalla murmuran “amo las tipografías de este loco”. Y los que sonríen cuando ven que los créditos de apertura remarcan que la película se filmó en “glorioso Ultra Panavision 70mm”, un formato que entró en desuso hace 50 años y que Tarantino decidió revivir en su campaña por impedir que el formato digital invada el cine y lo haga más parecido a la televisión (es una de las razones por las que ha anticipado que se retirará luego de su décima obra).
La historia básica es la de un grupo de personajes que queda atrapado en el bar de Minnie, ubicado en el medio de la nada en el desolado Wyoming de fines del siglo XIX, pocos años después del fin de la Guerra Civil. Samuel L. Jackson -un habitué tarantiniano- interpreta al Mayor Marquis Warren, cazarrecompensas negro que se enfrenta con un panorama de racismo a donde vaya. Kurt Russell -que protagonizó Deathproof, quinta película del director- es John Ruth, alias El Ahorcador, un cazarrecompensas conocido por llevar vivos a sus captivos para verlos ahorcados por la Justicia en persona. Walton Goggins destaca como Chris Mannix, un hijo de un racista reconocido que afirma ser el próximo sheriff de un pueblo cercano, a donde Ruth se dirige a llevar a su última prisionera, Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh).
Los cuatro deben detenerse en lo de Minnie cuando entienden que no podrán escapar de la tormenta que los sigue, y allí se encuentran con que Minnie ni está, sino que en lugar de ella está el mexicano Bob (Demián Bichir), el vaquero solitario Joe Gage (Michael Madsen, de nuevo un habitué de Tarantino desde su primera película), un exgeneral del ejército Confederado, los derrotados en la Guerra Civil (el enorme Bruce Dern) y un británico simpático que afirma ser el verdugo del pueblo al que se dirigen y que ostenta un genial nombre espectacularmente tarantiniano, Oswaldo Mosbray (Tim Roth, otro que está desde el inicio en la obra del director).
Ningún personaje es heroico, sino que son todos resentidos, llenos de odio y violencia, lo cual la diferencia del anterior trabajo de Tarantino, Django sin cadenas. En esa ocasión los temas que se trataban también tenían que ver con el racismo, pero visto de forma más buenos contra malos. Acá el tema es más complejo y profundo, lo que muestra un crecimiento del director en cuanto al guion, un regreso a su primera y todavía superior obra, Perros de la calle, en que no había ni tonos blancos ni negros sino todo gris. Además, desde el punto de vista cinematográfico, Tarantino no se ve circunscripto por lo reducido de la locación, sino que explota los recursos de la cámara de forma excelente, en particular en una secuencia de enfoques y desenfoques que funciona de manera magistral.
Fue algo criticada por los comentarios típicos que Tarantino enfrenta debido a su incapacidad de comprometerse con las reglas de la corrección política -la cantidad de veces que se repite la palabra “nigger”, por ejemplo, un insulto racista que era habitual en la época en que tiene lugar la película y que hoy es prácticamente tabú para los blancos- e incluso por algunas transgresiones nuevas, como la violencia considerada misógina contra el personaje de Leigh, y como las veces anteriores, esas críticas no tienen sustento. Lo que hace con Leigh es prácticamente feminista: se merece cada uno de los golpes que recibe, porque de los ocho más odiados ella es la peor por lejos.
La actriz es lo mejor de Los ocho más odiados, lo que hace al filme memorable a pesar de sus problemas. Leigh está increíble en su rol. Es que por más que no es Tarantino en su mejor versión, sí es Tarantino queriendo trascender sus límites. En muchos sentidos se tropieza con sus obsesiones de siempre, pero cuando funciona, es magia cinematográfica. Sigue siendo el director más particular que hay en la vuelta.
Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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