Los olvidados: La música contra la precariedad

Un documental que muestra la vida cotidiana en el Marconi de la mano de dos raperos locales: Don Cony y su hermano Kitty

Por Gastón González Napoli

La televisión lo busca cuando pasa algo en el barrio. Y es el Marconi: el “algo” tiene que ser pesado para que la televisión vaya a cubrirlo. Un homicidio no basta. Tiene que haber pedradas a la Policía, un ómnibus prendido fuego. Algún cronista rojo debe deslizar la expresión “zona de guerra”. La televisión se acuerda y va, entonces. O incluso él va a la televisión. María Inés Obaldía conjura todo su melodrama y suspira antes de hacerle una pregunta. Como diciendo “qué terrible tu realidad”. Sea en la calle o en el estudio, Aníbal González responde con buena cara. Pero sabe que después las cámaras se van. Que no se quedan para hablar de su música. De lo que a él, que graba hip hop con el seudónimo Don Cony, le gustaría hablar.

Tal vez ese es el mayor logro de Los olvidados. En la superficie es un documental sobre el barrio Marconi. Sobre la vida en el Marconi. La búsqueda de trabajo, las charlas con amigos en la esquina, los picados. La construcción de una casa. Los hechos de sangre que le dieron notoriedad al barrio son tan solo un marco. Fragmentos de Claudia García en Telemundo abren y cierran la película. Sin embargo, Los olvidados también es un documental de música. Del arte que brota por los poros aun en las más precarias de las condiciones. Está condensado en el póster, con ese revólver que se desgrana en notas musicales.

Su director Agustín Flores tiene la idea brillante de darle cámaras a Don Cony y su hermano Cristian, alias Kitty, para que filmen ellos mismos su día a día. Sin la intervención del documentalista, que por más invisible que intente ser, siempre es una presencia distorsiva. Ellos son los dos guías de Los olvidados, sus figuras centrales. Uno trabajador, serio, responsable. Vocero involuntario del Marconi. Al otro le cuesta conseguir laburo, la criminalidad ronda a la vuelta de la esquina, y se vuelve el corazón trágico del documental.

La película sufre, por otro lado, de cierta desprolijidad narrativa. No contenta con las historias de los hermanos González, suma la perspectiva de dos concejales del barrio. Esas personas heroicas que luchan por levantar una zona que el Estado abandonó. Pero los caminos no se intersectan y las tramas quedan desconectadas. No deja de ser interesante el aporte, suma una mirada más generalista de los problemas en el Marconi. Pasa que lo verdaderamente distinto de esta película son los González, su lucha por salir adelante y hacer arte; cómo quedan, a veces, engullidos por la máquina amarillista. Los concejales se sienten como una distracción. Sobre todo por cómo está estructurada la película, lo poco que se los ve, y en las circunstancias ajenas al hilo fundamental.

Justamente por lo poco que aparecen tampoco logran quebrar el balance de Los olvidados. No son lo que queda en mente cuando termina. Sí queda la resiliencia, el poder del arte y la cultura para cambiar las cosas. Las cámaras en mano de los González operan como metáfora: si no filmaran ellos, tal vez no nos animaríamos a entrar. Volveríamos a darle la espalda al Marconi, y a ser cómplices en el olvido.

Los olvidados está en cartelera los jueves en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño

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