Los Premios Iris desnudaron muchos aspectos lamentables de la idiosincrasia uruguaya

La ceremonia cayó en algunos pozos a los que no había llegado todavía
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Luego de su ausencia durante el 2015 -una ausencia que pasó bastante desapercibida pero que le quita seriedad-, la semana pasada volvieron a celebrarse los Premios Iris, los reconocimientos de Sábado Show a lo mejor de la televisión y la radio uruguayas. En 2014 en MOOG caracterizamos al evento ya desde el título como extraño y triste, y lamentamos el machismo abrumador, la informalidad y la organización paupérrima. Pasó un año y medio, y si bien se mejoró en cierto sentido, en otros varios el resultado fue bastante peor, y más triste.
Una vez más: como dicho en aquella oportunidad pasada, los premios a la producción local son fundamentales porque valorizan el contenido nacional frente al extranjero y así no solo se genera más y mejor trabajo sino que también aumenta la calidad. Esto es lo ideal. Quizá para que se dé sería necesario que el organizador de los reconocimientos más prestigiosos de Uruguay fuera alguien más serio que Sábado Show. Serio en cuanto a que los Óscar tienen una Academia compuesta por los propios desarrolladores de las películas y por eso son respetados, mientras que los Globos de Oro son elegidos por una organización no muy fiable -la Asociación de Prensa Extranjera- y por eso suelen tomarse más para la joda, con actores que a veces están algo borrachos y presentadores que sacan a relucir al máximo su humor ácido. Pero por ahora los Iris es lo que hay, y tal como son hoy, son una vergüenza.
No puede ser que las presentadoras (ya vamosa a llegar al punto de que sean únicamente presentadoras mujeres) se queden mirando al costado esperando el OK antes de leer el premio: eso tiene que estar ensayado o debe lograrse que el OK se dé antes de que el video de presentación termine, para que el espectador no lo vea y sienta que está mirando algo poco serio.
Es increíble que se estire una ceremonia ya de por sí demasiado larga metiendo una entrega de premios a los mejor vestidos en el medio, ¡y encima después una a los más originales! Eso debería quedar cerrado en la alfombra roja. Quizá la alfombra roja podría transmitirse por VTV antes de que los canales de aire comiencen con la ceremonia; algo así, pero que no haga enojar al espectador como lo hace.
El evento es interminable de todas formas. Quizá haya que valorar la eliminación de categorías ridículas como Mejor panelista.
No se puede anunciar a Gerardo Sotelo y que después aparezca Maxi de la Cruz y diga “yo no soy Gerardo Sotelo” sin más explicación. Ese tipo de errores evidencian el tercermundismo de todo más rápido que el grupo de WhatsApp en el que entran todas las comunicadoras del país.
Se entiende que la rotación de conductores tiene que ver con dejar contentos a todos los canales, pero quizá se puede buscar un conductor/a por año que pertenezca a cada empresa y dé más coherencia a la fiesta, que pueda generar tal vez un monólogo o que pueda meter chistes en una misma línea.
Esta vez no pasó, como el año pasado, que las propias celebrities se fueron antes o no entraban y se quedaban afuera, pero resulta impactante que el bloque empiece y el conductor deba pedirle a la gente que entre. Ya deberían estar adentro. Saben cómo funcionan los medios.
Y finalmente, el machismo. Machismo descomunal. Ya no la dicotomía conductor hombre-presentadora mujer. Aun en el Mes de la Mujer, en momentos en que la violencia de género y puntos más específicos como la inequidad salarial entre los sexos son tema de discusión en todo el mundo occidental. Ni siquiera los “ahí viene la hermosa tal” y jamás la “talentosa” o algún adjetivo con un poco más de cabeza. No. Siempre la belleza por encima de toda cualidad con sustancia. Pero es más allá de eso. Incluso va más lejos de lo que hizo notar Sara Perrone: el hecho de que prácticamente no hubiera nominadas mujeres en las categorías radiales. Quizá porque ahí la belleza no importa entonces la mujer es pateada a un lado. Quizá porque se apuesta a los mismos de siempre en vez de hacer espacio a las caras nuevas. Quizá porque las caras nuevas son demasiado pocas -por ejemplo, a una de las más ascendentes, Belén Marenales, no se le dio el lugar; quizá por cómo lucha activamente contra el ideal de belleza femenina-.
El problema es más profundo por lo que los propios conductores evidenciaron. Estuvieron bien elegidos, ojo: salvo Maxi, todos son representantes de la radio tanto como de la TV, y el hijo de Cacho es casi sin dudas la personalidad más importante de Teledoce, o sea que tampoco es discutible su presencia. Pero el propio De la Cruz le hizo pasar un mal rato a Camila Rajchman, que ella manejó bastante bien al pararle el carro en seco.
Ignacio Álvarez acusó a Sara Perrone de pretender “una cuota de mujeres en los Iris, como los negros en los Óscar”: la pobre integrante de Consentidas estaba haciendo notar un hecho lamentable que no tiene una explicación simple, y el conductor de Las cosas en su sitio lo quiso convertir en una discusión boba y anticuada entre sexos (y si pensás que lo que quieren los negros es una cuota, no entendiste nada de lo que pasó en Estados Unidos, Nacho; es un tema muchísimo más de fondo, basta con informarse al respecto).
Y lo de Petinatti fue lamentable. Es discutible el valor que tiene hoy Malos pensamientos, es más bien un tema de gustos, si bien es imposible dejar de reconocerle el valor que tuvo en un principio y su influencia masiva (¿alguien puede escuchar el programa de Ariel Pérez, Café express, por el que ganó nuevamente el Iris del público, y no reconocer ingredientes que Peti trajo a la radio antes que nadie?). Pero sus intentos de chistes fueron desubicadísimos, cuando no absolutamente para nada televisivos, y luego directamente se empezó a poner espeso. Lo de reírse de la licenciatura de Raúl Sendic, vaya y pase; pero no bastó con una vez sino que siguió metiendo chistes políticos que desentonaron con lo que había sido la ceremonia hasta el momento -léase más arriba la falta de coherencia que genera la rotación de conductores-. Su comentario de la goleada de Atlético Nacional a Peñarol -y esto viene de parte de un hincha tricolor- fue patéticamente radial, y casi se pudo escuchar al operador subiéndole el volumen de la música en las breves pausas que dejó entre las frases, como hace todas las tardes. Peor en esa misma línea fue cuando de la nada tiró un “penal para Nacional”, por el simple hecho de meter otra referencia futbolera burlona en algún lado. Y el punto más bajo, bajísimo, fue cuando forzó a desfilar a Lucía Cardarello, co-conductora del programa de espectáculos de VTV Free Time, y la convirtió del todo en un objeto decorativo.
Es gracioso ponerse a pensar en cómo sería la situación inversa: Cardarello como conductora invitando a presentar un premio al “bello” Orlando Petinatti y obligándolo a desfilar. A ver si se la banca tan bien como la remó ella.
Lo bueno de estos Iris es que podrían abrir el espacio para una muy necesaria discusión sobre el machismo en la cultura uruguaya. Las críticas contra lo sucedido fueron muchas. Y si todo sigue así, sin dudas que la gente le dará la espalda a una ceremonia que hace lo imposible por ser aburrida. Pero nada garantiza que haya cambios; después de todo, para que algo cambie en Uruguay tiene que venir un terremoto. Y terremotos acá no hay.
Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

One comment

  • Sergio Martinez  

    Excelente nota, concuerdo 100%! Cada año es más aburrido y más lamentable.

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