Los últimos jedi: Star Wars por fin quiebra con su pasado

El octavo episodio de la ópera espacial es su primera película en 30 años que se siente verdaderamente original y no atada a sus instancias más famosas. No quiere decir que alcance la sensación de obra maestra que se ha tratado de generar a su alrededor

Por Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

Puntaje: 7

Nunca fui muy fan de las películas de Star Wars. No las vi de niño, conocía el giro impactante de El imperio contraataca desde bastante antes de verla así que no me impactó, vi las precuelas antes que la trilogía original. Así que esta es una crítica desapasionada. La conclusión es que el Episodio VIII: los últimos jedi es la mejor de las hasta ahora tres películas de la saga desde que Disney compró Lucasfilm. También es un filme larguísimo, de dos horas y media, que se siente bastante pesado en su segundo acto.

Arranquemos por lo más o menos. Decir que Los últimos jedi es la mejor Star Wars de los 20 años pasados no es decir mucho. Las fallas de las precuelas son abundantes y no serán detalladas aquí. El despertar de la fuerza, de 2015, es prácticamente una remake de la primera película de 1977. Rogue One, de 2016, tiene por un lado la crítica de que vuelve aun más confusa la cronología de Star Wars. Por el otro, es un filme construido por entero para solucionar un problema de esa misma película original: ¿de dónde sacó Leia los planos de la Estrella de la Muerte? Tiene una escena fantástica con Darth Vader hacia el final, en el top 5 de los momentos más emocionantes de la saga entera. El resto no es muy memorable. Los últimos jedi, mientras tanto, toma varias libertades que le han ganado el enojo de los fans más recalcitrantes, pero que por fin la despegan del pasado.

Hay unos tres giros de guion, escrito por el propio director Rian Johnson. Eliminan algunos de los aspectos más tontos y pesados de El despertar de la fuerza sin que se sienta como una presión del botón de reiniciar. Al contrario, Johnson lo hace sentir una trayectoria orgánica y sorprendente. Los últimos jedi no tiene nada como Darth Vader revelando que es el padre de Luke. También es cierto que comparar cada película de Star Wars con El imperio contraataca es de las costumbres más molestas de los fanáticos de la ópera espacial de George Lucas. Johnson se anima a ir contra las expectativas de los foros y los videos de teorías de YouTube, por no decir que le importan un carajo, y menos mal.

Gracias a él, Kylo Ren se convierte en un villano mucho más amenazador. Rey en una heroína con menos posibilidades de caer en el maniqueísmo telenovelesco. Luke deja de ser el héroe impoluto y por eso es diez veces, y qué raro decir esto de Star Wars, más real. Por supuesto que los actores Adam Driver, Daisy Ridley y Mark Hamill -quien ofrece por lejos su interpretación más emocional e interesante- tienen gran parte del crédito. En este rubro hay que destacar también a Laura Dern, con un papel breve pero intenso, y por supuesto a Carrie Fisher en su última actuación como Leia. El responsable último es Johnson, creador del policial adolescente Brick, director de episodios excelentes de Breaking Bad (“Fly”, el de la mosca; “Ozymandias”, el antepenúltimo), y realizador de Looper: asesino del futuro, una de las películas de ciencia ficción más atractivas de los 2010.

Los problemas

Sin embargo, el mayor éxito de Los últimos jedi no está en su guion. Su humor abundante no siempre funciona y contribuye a disminuir al militar de Domhnall Gleeson a poco más que una caricatura. Rey parece pasar mucho tiempo entrenando, fuera de contexto con los sucesos frenéticos del resto de la película. Y puede argumentarse que todo lo que sucede en el segundo acto le da más peso a las resoluciones del tercero, e igual se contestaría que ese segundo acto es demasiado largo y cargado.

Finn, el stormtrooper desertor de El despertar de la fuerza, se siente algo desperdiciado por más simpatía que desprenda su actor John Boyega. Se ve tapado por los dos personajes que lo acompañan, que se roban las escenas en que participan: un descifrador de códigos interpretado con gracia por Benicio del Toro y una empleada de poca monta y gran valentía llamada Rose (le da vida la hasta ahora ignota estadounidense-vietnamita Kelly Marie Tran). El droide BB-8 por poco y es un superhéroe. Los AT-AT destrozan todo en la batalla del clímax, excepto cuando queda una única nave de la Resistencia y NADIE le dispara. Se entiende que el Poe Dameron de Oscar Isaac es un anti héroe a lo Han Solo, y Isaac tiene carisma para repartir, pero su personaje es un insolente al que sus superiores deberían castigar.

En esos momentos, lo que salva a Los últimos jedi es una característica de la saga en su totalidad.

Un arte despegado

El fenómeno de Star Wars no nace de su trama. La historia de Luke Skywalker y Leia Organa es un viaje del héroe, una de las estructuras más clásicas. De las más efectivas también, eso es cierto. Su sencillez, que no simpleza, es importante, pero no es su distintivo. Es decir: el gran artífice del éxito arrollador de la saga espacial no es George Lucas en solitario sino todo su equipo artístico.

Lucas es responsable del universo, que no es poco; otros tienen el crédito de algunos de los aspectos más reconocibles de Star Wars. Como Joe Johnston, que creó el Halcón Milenario; Gilbert Taylor, director de fotografía de la primera película; o Ben Burtt, que diseñó los sonidos reconocibles al instante de los blasters y los sables de luz. Ni que hablar de John Williams, creador de una de las bandas sonoras más famosas de la historia del cine. De entre ellos, nadie más fundamental que el artista conceptual Ralph McQuarrie. Propuso que Darth Vader utilizara un respirador artificial, y fue quien se inspiró en los samurái para el diseño del casco mítico del villano y creó la armadura de los stormtroopers. No habría Star Wars sin ellos.

Es aquí donde Los últimos jedi sale ganador. El arte y el sonido son espectaculares. La utilización que se hace de los colores, especialmente del rojo, pinta planos hermosos y súper estilizados. Hasta las criaturas, tanto los ya famosos porgs como los zorros de cristal, juegan a favor de la historia y no solo operan como el merchandising animado que son. Para ser una franquicia que esconde al máximo eso de que en el espacio no se transmite el sonido, los juegos con el silencio son impresionantes. No se oye un susurro en la sala del cine. Ah, eso: es una película para ver sí o sí en una gran pantalla. Es cine espectáculo bien entendido.

Todo esto, incluso los problemas, le saca el polvo a Star Wars y le permite mirar hacia el futuro. Al menos hasta que el año que viene Disney estrene otra precuela, esta vez sobre la juventud de Han Solo, y Star Wars vuelva a enamorarse de su pasado.

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