Making a Murderer: el triunfo de la no-ficción

La serie de documentales de Netflix sobre un hombre mal encarcelado por 18 años y vuelto a caer preso dos años después tiene bajo la lupa al sistema judicial estadounidense
making a murderer
Desde que comenzó a publicar contenido original en 2013, Netflix se ha erigido como una fuerza a tener en cuenta en los mundos del cine y la televisión, y el documental fue uno de los géneros que más rápido se adaptaron al formato nuevo. El fantástico The Square (sobre la crisis en Egipto desde la revolución de 2011 hasta el derrocamiento del presidente democráticamente electo en 2013) no fue una producción original de la compañía de Ted Sarandos, pero sí se difundió por primera vez allí; y desde entonces han habido otros a destacar como Keith Richards: Under The Influence (sobre el legendario guitarrista de los Rolling Stones) y Hot Girls Wanted (sobre la industria del porno estadounidense, producido por la actriz Rashida Jones). Sin embargo, ninguno hasta ahora ha causado el revuelo que está liderando Making a Murderer.
Este no es novedoso por el hecho de ser una docu-serie de diez capítulos de una hora, ya que se pueden encontrar ejemplos anteriores como los Seven Ages of Rock de VH1 o el Chef’s Table de la propia Netflix, ni tampoco por desenterrar un caso criminal de esos llamados fríos, es decir que han pasado años sin resolverse. De hecho, Making a Murderer más bien sigue una tendencia actual de investigaciones policiales que logran entrar en la categorización de “adictivo”, esa que tanto persiguen los shows hoy: el podcast Serial lo hizo a fines de 2014 al sacarle el polvo al homicidio de Hae Min Li en Baltimore en 1999; y el documental de seis partes The Jinx, producido por HBO y emitido a principios de 2015, fue la primera vez que el presunto homicida Robert Durst colaboraba con un perodista y fue parte instrumental en su detención. La historia de Making a Murderer no es ni tan bizarra como esa última (Durst es un personaje muy extraño y en un momento del documental admite, cuando se olvida de que lleva un micrófono grabando, los homicidios que cometió) ni tan fría como la de Serial, sino que es más bien injusta, y por eso está despertando campañas de junta de firmas y llamados a reformar el sistema judicial estadounidense.
La historia de Making a Murderer es la de Steven Avery, un hombre perteneciente a una familia poco querida en el condado de Manitowoc, en el estado de Wisconsin; una familia llena de gente problemática entre la que él destacaba, según los entrevistados, por ser honesto a pesar de también haberse visto involucrado en roces con la ley. Avery no era un santo, sino que había estado preso de manera justa por robo, aunque siempre había admitido sus errores. Pero en 1985, luego de perseguir a su prima y enfrentarla por rumores sobre él que ella había aparentemente esparcido, fue detenido y acusado de intento de violación a una mujer muy querida en la zona. El proceso judicial fue irregular y lo metió preso por 18 años. Avery jamás admitió su culpa, y recién fue liberado en 2003, cuando se descubrieron las deficiencias de la investigación y se comprobó que el responsable era otro. Su prima estaba casada en 1985 con el sheriff, lo que levantó sospechas de motivos ocultos para meterlo preso. Una vez liberado, Avery pretendió llevar al condado de Manitowoc a juicio por US$ 36 millones, y apenas dos años después fue acusado de un homicidio y vuelto a caer en la cárcel. Un homicidio que, otra vez, Avery niega haber cometido.
Making a Murderer está sustentado por una investigación de diez años de duración a cargo de Laura Ricciardi y Moira Demos, y repasa desde el juicio original que metió a Avery tras las rejas hasta su situación actual todavía encarcelado. Por eso las campañas de firmas: los fans de la serie de documentales de Netflix pretenden que se revea su caso. Mientras tanto, en el condado de Manitowoc ya han salido a decir que la evidencia del documental fue manipulada para mostrarlos a ellos de forma negativa. En cualquier caso, Making a Murderer está moviendo el piso. Y se debe no solo a su tema de estudio, sino a que está excelentemente llevado a cabo, con un trabajo de montaje tremendo más allá de lo estrictamente periodístico. Por algo es que de verdad es adictivo.
Esto es vital para el periodismo y el género de no-ficción. Hoy como pocas veces se nota cómo el periodismo y la investigación posibilitan los cambios en el mundo, por más que lo hacen de forma distinta. Las grandes investigaciones de diarios como la del Washington Post que tiró abajo a Richard Nixon quizá no sean ya tan habituales, pero sí lo son las que se adaptan al mundo de hoy. El programa Last Week Tonight, por ejemplo, ha liderado bajo la conducción del humorista británico John Oliver una serie de investigaciones en profundidad que fueron claves en casos tan distintos como el de la corrupción en la FIFA (sobre la que echaron luz, además de tener un papel fuerte en la retirada de apoyo de anunciantes al presidente Joseph Blatter) hasta en las elecciones en Canadá; SerialThe Jinx y ahora Making a Murderer son otros ejemplos, todos ellos distintos y valorables de diferente manera.
En un año en que la Academia Sueca le dio el Nobel de Literatura a una autora de no-ficción, la bielorrusa Svetlana Aleksiévich (quien también desarrolla un tipo de investigaciones poco convencionales), el género vive un respaldo importante. La periodista argentina Leila Guerriero y el uruguayo Leonardo Haberkorn -dos referentes del periodismo narrativo regional- han sabido hablar de cómo no tienen intenciones de pasarse a la ficción como si eso fuera un logro, sino que pretenden quedarse en la no-ficción porque es lo que aman. Making a Murderer es otro ejemplo de que hay arte en la no-ficción. Es otra muestra de que el periodismo no está muriendo, sino que ahora vive con más fuerza que nunca en otros formatos. Y es otra muestra de que los límites de Netflix son pocos.
Gastón González Napoli (@GastonGonzalezN)

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